La guerra de hoy tiene el sonido metálico de los drones y la persistencia ciega de la artillería. Y tiene también una geografía silenciosa: la de las periferias rusas que alimentan el frente. En una entrevista publicada por The Moscow Times, la investigadora Maria Vyushkova advierte que en 2026 el peso del reclutamiento recaerá sobre las mismas regiones periféricas. Especialista en desigualdades regionales y étnicas en las bajas militares, Vyushkova sostiene que 2025 ha sido el año con más pérdidas desde el inicio de la invasión a gran escala de Ucrania. Y para sostener el ritmo del frente, el Kremlin necesita un flujo constante de nuevos soldados. El problema es que los presupuestos se estrechan. Algunas regiones ya han reducido los pagos por contrato. Cuando menguan los incentivos, aumenta la presión.
Empresas obligadas a aportar “voluntarios”. Trabajadores empujados a firmar. Detenciones utilizadas para forzar contratos. Incluso el servicio militar obligatorio —que en 2024 ya derivaba en contratos profesionales, en cerca de un 30% de los casos— podría convertirse en un vivero aún más explotado. La investigadora alerta que prácticas como los abusos físicos, la privación de sueño o la falsificación de firmas podrían devenir sistémicas.
La geografía del sacrificio no variará mucho. Bashkortostán y Tartaristán continuarán liderando las cifras absolutas de muertos. Moscú, a pesar de su peso demográfico, se mantendrá comparativamente al margen. Si se analiza la tasa per cápita, el desequilibrio es aún más pronunciado: Tuvá, Buriatia, la República de Altái y el Distrito Autónomo de Chukotka encabezan el ranking. Las periferias aportan los soldados. El centro preserva la estabilidad.
El control del relato (digital)
Pero la guerra no solo necesita hombres; necesita relato y comunicación. Y aquí entra en juego otro frente, menos visible pero igualmente estratégico. El mismo Estado que presiona a las regiones para que aporten más soldados depende de una infraestructura digital que solo controla parcialmente. Telegram, con sus 94 millones de usuarios, funciona como altavoz de autoridades regionales, espacio de oposición en el exilio y herramienta logística para divisiones militares en el frente. Blogueros de guerra difunden imágenes y vídeos enviados directamente por soldados; el flujo es constante, inmediato y cronológico, sin filtros de algoritmos que regulen su visibilidad. La plataforma permite que las informaciones circulen en paralelo a la propaganda oficial, creando un ecosistema complejo donde conviven narraciones oficiales, periodismo independiente, reportajes de soldados y voces críticas del exilio.
Al mismo tiempo, el Kremlin acelera el aislamiento digital, bloqueando WhatsApp, YouTube, Instagram y sitios web de medios internacionales etiquetados como “agentes extranjeros”, como la BBC o Radio Liberty. Esta política de “internet soberano” busca centralizar el tráfico interno y reducir la dependencia de infraestructuras occidentales, pero genera una paradoja: controlar completamente la narrativa de la guerra es imposible sin destruir al mismo tiempo la plataforma que permite coordinar y difundir información, oficial y no oficial. Esto convierte la guerra informativa en un campo de tensión constante entre control estatal y necesidad operativa.
Las repercusiones de este frente digital son múltiples. Los canales de noticias funcionan como altavoces locales, los chats de Telegram permiten la coordinación logística y la recaudación de fondos, y los blogueros de guerra establecen una cronología casi inmediata del conflicto. La información circula rápida y sin filtros, alimentando tanto la propaganda como la resistencia simbólica y la vigilancia ciudadana. Cada vídeo, cada notificación, cada mensaje forma parte de un entramado que sostiene el frente físico y el frente narrativo a la vez.
Así, la guerra se libra en dos frentes paralelos: en trincheras y en pantallas. Sin soldados no hay frente; sin relato, no hay control. En 2026, si las previsiones se cumplen, el Kremlin tendrá que intensificar la presión sobre sus periferias humanas y ajustar aún más su periferia digital. Ambas batallas exigen lealtad, disciplina y una permanencia constante bajo vigilancia, física e informativa, tejiendo un engranaje donde sacrificio humano y manipulación de la información van de la mano, en una guerra que hoy se extiende más allá del campo de batalla y entra directamente en la vida digital de los ciudadanos.
