Rusia ha advertido de que adoptará “contramedidas apropiadas, incluidas las técnico-militares”, si Groenlandia se militariza con capacidades que considere dirigidas contra sus intereses. El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, lo ha afirmado este miércoles en una intervención ante el Parlamento, en un nuevo episodio de tensión geopolítica en torno al Ártico, una región cada vez más estratégica tanto en términos de seguridad como de recursos naturales.

“Si Groenlandia se militariza y se crean capacidades militares orientadas contra Rusia, tomaremos las contramedidas adecuadas”, ha declarado el jefe de la diplomacia rusa. A pesar del tono contundente, Lavrov ha matizado que Moscú parte de la premisa de que la cuestión de Groenlandia “no concierne directamente” a Rusia y que deben ser los Estados Unidos, Dinamarca y la misma isla quienes resuelvan su estatus y sus decisiones estratégicas.

El ministro ruso ha añadido que cualquier decisión debería tener en cuenta la opinión de los habitantes de la isla más grande del mundo, y ha aprovechado para criticar el trato que, según él, Copenhague ha dispensado a Groenlandia “durante muchos años y décadas”. Moscú insiste en que su posición de fondo es que “el Ártico debe continuar siendo una zona de paz y cooperación”, una formulación que contrasta con la advertencia de posibles respuestas militares.

El Ártico, nuevo escenario de rivalidad

Las declaraciones de Lavrov se inscriben en un contexto de interés creciente por el Ártico, donde el deshielo abre nuevas rutas marítimas y facilita el acceso a recursos energéticos y minerales. Tanto Rusia como los Estados Unidos, así como otras potencias árticas, han reforzado en los últimos años su presencia militar y científica en la región. Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía danesa, ocupa una posición clave en este tablero estratégico.

Hasta ahora, altos cargos rusos habían evitado criticar abiertamente una eventual anexión de Groenlandia por parte de los Estados Unidos, e incluso habían llegado a cuestionar que la isla forme parte indiscutible de Dinamarca. Esta cautela se ha interpretado como un intento de Moscú de no cerrar la puerta a un hipotético reconocimiento internacional de sus conquistas territoriales en Ucrania, en un juego de equilibrios diplomáticos con Washington.

El presidente ruso, Vladímir Putin, ya había afirmado anteriormente que los planes de la actual Administración norteamericana de “anexionarse” Groenlandia no son ninguna “ocurrencia descabellada”, sino que tienen “raíces históricas”. Con esta lectura, el Kremlin sugiere que el interés de los EE. UU. por la isla no es nuevo, sino que forma parte de una estrategia de largo recorrido vinculada a la seguridad y al control del Atlántico Norte

Línea roja: la militarización

A pesar de esta ambigüedad sobre el estatus político de la isla, Moscú se ha mostrado categóricamente contrario a cualquier proceso de militarización que altere el equilibrio de fuerzas en el Ártico. Para el Kremlin, la instalación de nuevas infraestructuras militares o sistemas defensivos que puedan afectar su capacidad estratégica constituiría una línea roja

Las palabras de Lavrov dejan claro que Rusia quiere enviar un mensaje preventivo antes de que se materialicen cambios sustanciales sobre el terreno. La referencia a medidas “técnico-militares” es habitual en el lenguaje oficial ruso y puede incluir desde el despliegue de nuevos sistemas de armas hasta el refuerzo de bases aéreas y navales en el Ártico ruso.

En un momento en que la guerra de Ucrania ha deteriorado al máximo las relaciones entre Moscú y las capitales occidentales, cualquier movimiento en el Ártico se lee en clave de competición estratégica. Groenlandia, hasta hace pocos años un actor periférico en el debate global, se ha convertido así en una pieza más de un tablero internacional cada vez más tenso