Durante años, gobiernos, inversores y organismos internacionales han confiado en modelos económicos que transmiten un mensaje tranquilizador: pase lo que pase, la economía continuará creciendo, aunque sea a un ritmo más lento. Pero un nuevo informe de expertos advierte que esta confianza puede ser profundamente errónea. El riesgo no proviene de una burbuja financiera ni de una crisis de deuda clásica, sino de una acumulación de choques físicos que los modelos actuales simplemente no saben calcular.
Según investigadores de la Universidad de Exeter y del centro de análisis financiero Carbon Tracker Initiative, el impacto acelerado de la crisis climática podría desembocar en un colapso económico global comparable, o incluso superior, al de 2008. La diferencia clave es que, esta vez, no habría margen para un rescate similar. Cuando el sistema financiero falló, los estados pudieron intervenir; ante el colapso de sistemas naturales, esta opción no existe
Los efectos del cambio climático
El problema de fondo no es solo el aumento de la temperatura global, sino la manera como se está analizando. Los modelos económicos utilizados por gobiernos y grandes instituciones parten de una premisa cómoda: que el futuro se comportará como el pasado. De esta manera, los daños asociados al clima se traducen en pérdidas graduales y asumibles. Sin embargo, este enfoque ignora los fenómenos extremos, las crisis encadenadas y los efectos dominó que pueden hacer descarrilar economías enteras en poco tiempo.
A medida que el mundo se acerca a un calentamiento global de 2 grados, aumenta el riesgo de desastres simultáneos: olas de calor persistentes, sequías prolongadas, inundaciones graves o alteraciones en sistemas naturales clave. Algunos de estos procesos, conocidos como puntos de no retorno, podrían tener consecuencias irreversibles a escala global. El deshielo acelerado de Groenlandia o el colapso de corrientes oceánicas fundamentales no son escenarios lejanos, sino riesgos que muchos científicos sitúan cada vez más cerca
Un impacto económico subestimado
Las consecuencias económicas de estos choques van mucho más allá de los daños materiales inmediatos. Una sucesión de catástrofes puede arruinar cosechas, disparar el precio de los alimentos, colapsar el mercado asegurador, hundir el valor de la vivienda y obligar a los estados a gastar enormes recursos en reconstrucción. Hablar de “ajustes graduales” en este contexto resulta, según los expertos, excesivamente optimista.
Otro elemento clave es la manera como el producto interior bruto esconde el coste real de los desastres. El PIB puede crecer después de una catástrofe gracias al gasto en reconstrucción, aunque la población sea más pobre, esté más enferma o haya perdido su hogar. Aspectos como las muertes, el deterioro de la salud, la ruptura social o la degradación de los ecosistemas quedan fuera del recuento, generando una falsa sensación de estabilidad
El próximo choque no tendrá rescate
Para los autores del informe, esta visión parcial representa un grave error en la gestión del riesgo. Alertan que gobiernos e instituciones financieras se están preparando para una crisis similar a la de 2008, cuando el próximo choque podría ser mucho más difícil de contener. Sin herramientas adecuadas para anticipar los escenarios extremos, las bases mismas del crecimiento económico quedan en cuestión.
Algunas voces del sector financiero ya comienzan a compartir esta preocupación. Gestoras de grandes volúmenes de inversión advierten que subestimar los riesgos físicos no solo distorsiona las decisiones económicas, sino que traslada los costes al conjunto de la sociedad, afectando pensiones, seguros y estabilidad fiscal.
Las proyecciones a largo plazo refuerzan el mensaje. Diversos estudios actuariales apuntan que, entre el 2070 y el 2090, la economía mundial podría perder hasta la mitad de su PIB a causa de choques climáticos catastróficos, una cifra muy superior a las estimaciones habituales. Ante este escenario, los expertos insisten en que prevenir es mucho más barato que gestionar el colapso
El informe concluye con una advertencia contundente: ignorar estos riesgos no es una posición neutral, sino una apuesta peligrosa. La pregunta ya no es si el clima importa, sino si la economía puede continuar funcionando con modelos que no contemplan los peores escenarios. Porque, cuando estos escenarios lleguen, no habrá ningún banco central capaz de devolverlo todo a la normalidad.