El presidente de EE. UU. Donald Trump no deja ningún territorio sin su tradicional comunicación agresiva. La estrategia comunicativa de su administración en las redes sociales vuelve a estar bajo escrutinio después de la publicación, esta semana, de una imagen oficial de la Casa Blanca que varios expertos vinculan con el imaginario del supremacismo blanco. El mensaje, difundido en la plataforma X, ha sido calificado de un nuevo ejemplo del uso deliberado —o como mínimo negligente— de referencias propias de la subcultura neonazi.

La imagen en cuestión muestra dos equipos de trineos groenlandeses, cada uno con tres huskies, apuntando en direcciones opuestas. Por un lado, una escena serena con las columnas blancas de la Casa Blanca y el jardín sur; por el otro, un paisaje tempestuoso con la Gran Muralla china y la plaza Roja de Moscú. Acompañando la ilustración, la cuenta oficial de la Casa Blanca añadía una sola pregunta: “Which way, Greenland man?” (‘¿Hacia dónde, hombre de Groenlandia?’).

El mensaje que se esconde detrás de un tuit

A primera vista, el mensaje podría interpretarse como una alusión gráfica a la presión reiterada de Donald Trump para que Groenlandia —territorio semiautónomo bajo soberanía danesa— pase a formar parte de los Estados Unidos. Pero, según Heidi Beirich, cofundadora del Global Project Against Hate and Extremism y una de las voces más reconocidas en el seguimiento del neonazismo norteamericano, el lenguaje utilizado tiene una carga ideológica mucho más precisa.

“Este es un concepto clave dentro de la subcultura neonazi y supremacista blanca”, explica Beirich en declaraciones recogidas por The Guardian. Según la experta, la expresión Western man —a la que remite la pregunta del post— es un código habitual para referirse al “hombre blanco”. El mensaje conecta directamente con Which Way Western Man, un libro publicado en 1978 que continúa siendo una lectura de referencia en la extrema derecha norteamericana.

La obra fue escrita por William Gayley Simpson, un ideólogo nacionalista blanco vinculado a la National Alliance, una organización neonazi fundada por William Luther Pierce, el autor de The Turner Diaries, texto que inspiró varios atentados, entre ellos el del edificio federal de Oklahoma City en 1995. “Es absolutamente chocante ver cómo este tipo de imágenes y referencias se normalizan desde la administración”, advierte Beirich. “Este discurso apela directamente a sectores que creen que solo las personas blancas deberían ejercer el poder”.

Este episodio no es aislado. En los últimos meses, carteles de reclutamiento del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) han sido comparados con propaganda del Tercer Reich, mientras que figuras cercanas al ecosistema Trump, como Elon Musk, han difundido mensajes considerados provocadores o raciales contra comunidades como la somalí, especialmente expuesta a redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en ciudades como Minneapolis y Saint Paul.

Beirich advierte de que, más allá de la provocación o el “troleo”, existe una deriva preocupante: “En el caso de los mensajes del DHS, existe el riesgo real de que se esté intentando atraer a militantes de la extrema derecha hacia cuerpos como el ICE”. Legisladores demócratas ya han expresado inquietud por la posibilidad de que personas vinculadas a los disturbios del 6 de enero o al grupo Proud Boys hayan sido contratadas por estas agencias.

Incluso dentro de los foros neonazis, como los canales de Terrorgram en Telegram, la ambición de Trump sobre Groenlandia genera división. “Groenlandia dice que prefiere quedarse con Dinamarca”, escribía recientemente un influyente usuario de estos espacios. “La respuesta de Trump es insinuar que la tomarán igualmente. El mundo no tolerará mucho tiempo este comportamiento”.

Evolución del lenguaje de la Casa Blanca

En todo caso, cabe subrayar que la lectura de estos códigos corresponde al análisis de Heidi Beirich y otros especialistas en extremismo, y no a una admisión explícita por parte de la administración norteamericana. Aun así, el precedente obliga a observar con atención la evolución del lenguaje y las imágenes que emanan de la Casa Blanca. Si estos mensajes forman parte de una estrategia consciente, de una provocación calculada o de una peligrosa banalización de referentes extremistas, es una cuestión abierta. Lo que está en juego, sin embargo, es hasta qué punto la comunicación institucional de los Estados Unidos está dispuesta a coquetear con imaginarios que hasta hace poco quedaban relegados a los márgenes más oscuros de internet.