Después de 225 días atrapado en una posición de primera línea en el este de Ucrania, un soldado de infantería ucraniano conocido con el sobrenombre de "Kenya" logró caminar durante dos días para recorrer 11 kilómetros y reunirse finalmente con su unidad. Lo hizo evitando minas y drones en una de las zonas más peligrosas del frente, cerca de Kostyantynivka, tal como recoge la BBC.

Cuando llegó, su estado físico estaba extremadamente debilitado. Sus músculos se habían atrofiado después de más de siete meses en una trinchera, según relatan fuentes militares. Su caso no es excepcional, sino un ejemplo extremo de las dificultades que afrontan las fuerzas ucranianas para mantener la rotación de tropas en un frente dominado por la vigilancia aérea constante.

La 93.ª brigada mecanizada ucraniana es una de las unidades encargadas de defender este sector, considerado clave para contener el avance ruso hacia las últimas grandes ciudades del Donbás bajo control de Kyiv. Si Kostyantynivka cayera, Moscú podría presionar desde tres direcciones hacia Kramatorsk y Sloviansk, dos de los principales bastiones ucranianos en la región.

La guerra en Ucrania cambia

El presidente ruso, Vladímir Putin, ha calificado el control del Donbás como un objetivo prioritario de su campaña militar, mientras que la inteligencia ucraniana advierte que el Kremlin podría preparar una nueva ofensiva durante los meses de verano. A pesar de ello, varios indicadores muestran una cierta ralentización del avance ruso. Según el portal de seguimiento militar DeepState, las fuerzas de Moscú capturaron la mitad del territorio en el Donbás en abril respecto a marzo, y mucho menos que en meses anteriores.

En este contexto, la guerra en la línea del frente ha cambiado profundamente. Los combates tradicionales han dejado paso a un escenario dominado por los drones, que convierten grandes áreas del frente en una llamada "kill zone", un espacio donde cualquier movimiento puede ser detectado y atacado en cuestión de minutos.

Según testimonios de soldados, la presencia humana en primera línea se ha reducido a pequeñas unidades que permanecen en refugios improvisados, con el objetivo principal de mantener posiciones más que de avanzar. "La mayor parte del combate la hacen los drones", explica "Kenya", que describe un entorno en el que salir de la trinchera implica un riesgo constante de muerte.

Condiciones extremas

Los soldados se mueven a menudo en grupos muy reducidos, de dos o tres efectivos, o incluso en motocicleta, bicicleta o a pie, intentando evitar la detección de los sistemas aéreos no tripulados. La velocidad, más que la protección, se ha convertido en un factor clave de supervivencia.

Esta transformación del conflicto ha modificado también la logística militar. Los suministros de comida, agua y munición a menudo llegan a las posiciones avanzadas a través de drones, aunque estos también son vulnerables a interferencias y ataques. En muchos casos, las entregas son irregulares o incompletas.

Las condiciones de vida en estas posiciones son extremas. Los soldados describen frío intenso en invierno, con temperaturas que pueden bajar hasta los -25 °C, falta de agua potable y una alimentación muy limitada. En algunos casos, incluso la presencia de roedores en los refugios dificulta la conservación de los alimentos.

Otros testimonios recogidos en el frente describen situaciones aún más duras, como muertes por hipotermia o ataques combinados de drones y artillería en posiciones subterráneas. En varios casos, los soldados solo han podido sobrevivir gracias a salidas de emergencia improvisadas en refugios destruidos.

El Instituto para el Estudio de la Guerra, con sede en Estados Unidos, apunta que la intensificación de los ataques ucranianos a las líneas logísticas rusas podría haber contribuido a frenar parcialmente el avance de Moscú en las últimas semanas. Sin embargo, los analistas coinciden en que el frente del Donbass se ha convertido en un espacio de alta estabilidad táctica y enorme desgaste humano, donde ninguno de los dos bandos consigue avances decisivos.

En este escenario, los soldados de primera línea continúan siendo imprescindibles. "Sin la infantería, el frente colapsaría", resume uno de los combatientes. Una afirmación que refleja el paradójico equilibrio de una guerra donde la tecnología domina el campo de batalla, pero aún depende, en última instancia, de la presencia humana sobre el terreno.