Los Juegos Olímpicos de Invierno afrontan un reto que va mucho más allá del deporte. La disponibilidad de nieve y las temperaturas invernales se han convertido en un factor clave para garantizar la celebración de las pruebas, hasta el punto de que diversos estudios alertan de que el número de sedes viables podría reducirse drásticamente en las próximas décadas.

Desde 1950, las temperaturas medias del mes de febrero en las ciudades que han acogido los Juegos de Invierno han aumentado aproximadamente 2,7 grados centígrados, según datos de la organización científica Climate Central. En el caso de Cortina d’Ampezzo, sede de los Juegos de 1956 y escenario central de los próximos Juegos de Milán-Cortina, el incremento es aún más elevado: 3,6 grados en siete décadas.

Este calentamiento tiene consecuencias directas: menos días bajo cero, nieve más húmeda y fina y condiciones más inestables para los deportistas. En Sochi 2014, las temperaturas inusualmente altas coincidieron con un aumento de accidentes en pruebas de esquí alpino, en parte por el estado de la nieve.

La nieve artificial, imprescindible

Ante esta situación, la producción de nieve artificial se ha convertido en imprescindible. Si en los Juegos de Lake Placid 1980 era un soporte puntual, hoy es estructural. En Pekín 2022 se utilizó prácticamente solo nieve fabricada. Para Milán-Cortina, los organizadores prevén producir cerca de 2,4 millones de metros cúbicos de nieve, con un consumo estimado de cientos de millones de litros de agua.

Ahora bien, la nieve artificial también tiene límites: necesita temperaturas lo suficientemente bajas y aire relativamente seco. Además, comporta un coste energético e hídrico considerable, un aspecto que genera debate sobre la sostenibilidad a largo plazo del modelo actual.

Un estudio publicado en 2024 analizó 93 sedes pasadas y potenciales de los Juegos de Invierno y Paralímpicos. Las conclusiones son claras: incluso si los países cumplen los compromisos climáticos actuales, solo 52 ubicaciones mantendrían condiciones adecuadas hacia mediados de siglo. En el escenario más pesimista, el número podría reducirse a solo cuatro con nieve natural fiable.

En busca de alternativas

El Comité Olímpico Internacional ya estudia alternativas: un modelo más flexible donde no sea necesario que una sola ciudad acoja todas las pruebas, adelantar fechas en el calendario o reforzar los requisitos ambientales para futuras candidaturas. A partir del 2030, la acción climática será una exigencia contractual para las sedes.

Más allá del deporte, sin embargo, el debate tiene una dimensión económica y territorial. La nieve no es solo un elemento deportivo: es un recurso hídrico esencial para la agricultura, el consumo doméstico y la producción de energía hidroeléctrica en muchas regiones del mundo.

La gran pregunta ya no es solo cómo adaptar los Juegos de Invierno a las nuevas condiciones, sino si el modelo actual es sostenible a largo plazo. Lo que está en juego no es solo una cita deportiva, sino el futuro de un tipo de invierno que cada vez es menos previsible.