El sábado es día laborable en Irán y la mañana había comenzado con la normalidad habitual en las calles de Teherán, llenas de trabajadores yendo hacia el trabajo y de niños entrando en la escuela. La rutina se rompió de golpe con una primera oleada de ataques que sacudió la capital con una treintena de explosiones casi simultáneas y que, según las primeras informaciones, también golpeó otros puntos del país como Karaj, Qom, Khorramabad, Esfahan, Sirjan y Bandar Abbas. En cuestión de minutos, el cielo se llenó de columnas de humo mientras los Estados Unidos e Israel confirmaban el inicio de una nueva campaña militar contra la República Islámica. Los misiles impactaron contra residencias de dirigentes, instalaciones militares y de inteligencia, edificios gubernamentales e incluso oficinas vinculadas al líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, y al presidente Masoud Pezeshkian. En las calles se extendió el pánico, con largas colas en gasolineras y cajeros automáticos ante la incertidumbre generalizada. La guerra había comenzado.
En un vídeo difundido en las redes sociales, Trump anunció el inicio de una campaña militar para “defender al pueblo americano y eliminar las amenazas del régimen iraní”. Entre proclamas ultranacionalistas, el presidente de Estados Unidos dio a la ofensiva un nombre altisonante —la Operación Furia Épica— y trazó sus objetivos con la voluntad de hundir la República Islámica. El mandatario enumeró entre los objetivos de la misión la destrucción total del programa de misiles de Irán, de su flota, de su programa nuclear y de su red de aliados en la región, en referencia a grupos como Hezbollah, Hamás o los hutíes.
El ataque no pilló a nadie desprevenido. La movilización militar de Estados Unidos y los avisos de varios países para evacuar embajadas iraníes hacían pensar que la ofensiva era cuestión de horas. Jamenei y el resto de pesos pesados del régimen tuvieron margen para ponerse a cubierto y, a la vez, preparar la respuesta. Irán optó por ensanchar el frente y trasladó la guerra más allá de sus fronteras con ataques contra bases de los Estados Unidos en Bahrein, Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos y Catar. También contra Arabia Saudí. La Guardia Revolucionaria anunció “la primera oleada de extensos ataques con misiles y drones” y advirtió que “todos los activos e intereses norteamericanos e israelíes en Oriente Medio” pasaban a ser “objetivos legítimos”. En Bahrein, el Ministerio de Defensa informó del lanzamiento de un misil contra la quinta flota norteamericana en Juffair, junto a la capital. Qatar también confirmó la ofensiva y aseguró que sus defensas aéreas habían interceptado y repelido “varios ataques aéreos” antes de que impactaran. La dimensión regional ya era un hecho.
Ahora bien, el principal foco del contraataque iraní fue Israel, la única potencia de la región con un músculo militar superior. Teherán venía herido. En junio, Israel ya lo había humillado —decapitando la cúpula militar y evidenciando hasta qué punto estaba infiltrado—, y la República Islámica sabía que la respuesta contra su gran rival debía disipar la duda de si aún era capaz de resistir o si se encaminaba hacia una nueva humillación estratégica. Irán activó varias oleadas de ataques con decenas de misiles, muchos de los cuales fueron interceptados por la Cúpula de Hierro, aunque se notificaron muertes. En medio de un intercambio constante de proyectiles y alertas, Benjamin Netanyahu compareció ante la nación y pidió a los israelíes “resistencia y fortaleza”.
Netanyahu replicó la grandilocuencia de Trump y anunció el inicio de la operación León Rugidor, con el relato de una ofensiva que, a su juicio, pretende impedir que “este régimen terrorista asesino se arme con armas nucleares”. “Nuestra acción conjunta creará las condiciones para que el valiente pueblo iraní tome las riendas de su destino”, aseguró el primer ministro en un mensaje difundido coincidiendo con el aviso de que Teherán había respondido con misiles a los ataques contra su territorio. En la misma grabación, Netanyahu quiso escenificar la sintonía con Washington y afirmó: “Agradezco a nuestro gran amigo, el presidente Trump, por su liderazgo histórico”. El líder israelí terminó su mensaje alertando que los próximos días serían duros. "Juntos resistiremos, lucharemos y aseguraremos la eternidad de Israel".
La muerte de Jamenei
Cuando el conflicto ya se había convertido en guerra abierta, la pregunta que empezó a correr de boca en boca fue una sola: si la cúpula del régimen iraní todavía estaba viva. En medio de versiones cruzadas, Israel sostuvo que la nueva campaña militar apuntaba directamente a la dirección política y militar de la República Islámica e incluyó en esta lista tanto a Jamenei como a Pezeshkian. Según fuentes israelíes, entre los objetivos también figuraban el jefe del Estado Mayor, Sayyid Abdolrahim Mousavi, el secretario del recientemente creado Consejo de Defensa de Irán, Ali Shamkhani, y el secretario del Consejo de Seguridad Nacional, Ali Larijani. La gran noticia empezaba a asomar la cabeza a las ocho de la tarde, cuando un funcionario de alto rango israelí declaraba a la agencia Reuters que el líder supremo había muerto. Poco después, Netanyahu afirmaba que la máxima autoridad política y religiosa de Irán desde 1989 "ya no está con nosotros". Los bombardeos de primera hora de la mañana destruyeron la residencia oficial de Jamenei. Así lo mostraban las imágenes vía satélite publicadas por el New York Times.
A las 22:37, hora catalana, Trump confirmaba en Truth Social la muerte de Jamenei. "Una de las personas más malvadas de la historia ha muerto" afirmaba, al tiempo que lo describía como un acto de "justicia" para el pueblo iraní y las personas de todo el mundo "que fueron asesinadas o mutiladas por Jamenei y su banda de matones sanguinarios". "No pudo evadir nuestra inteligencia ni nuestros sofisticados sistemas de rastreo, y en estrecha colaboración con Israel, ni él ni los demás líderes pudieron hacer nada", añadió el republicano. Con la mirada puesta en el futuro, el líder de la Casa Blanca instaba a los ciudadanos a aprovechar "la mayor oportunidad para recuperar su país" y, poco después, pese al bloqueo de internet en Irán, se informó de varios sectores donde la gente salió a la calle a celebrar la noticia.
Una magnitud sin precedentes
Aún es pronto para determinar si la ofensiva de Estados Unidos e Israel acaba hundiendo el régimen de Irán. Lo que sí sabemos es que el choque entre Washington y Teherán eleva la tensión a un nivel inédito en décadas de confrontación indirecta. Hasta ahora, la rivalidad se traducía en episodios puntuales —como en junio de 2025—, a menudo más simbólicos que sostenidos en el tiempo. Es especialmente relevante en una región donde los grandes conflictos militares habían tenido otros protagonistas en el centro del tablero. Ni en la invasión de Kuwait por Irak en 1990 ni en la invasión norteamericana de Irak en 2003 Irán fue objetivo de ataques sostenidos durante meses. Tampoco en la guerra entre Israel y Hamás. Precisamente por eso, la magnitud de lo que se ha visto ahora —con Jamenei muerto, según Trump y los israelíes— obliga a replantear la naturaleza misma del conflicto en Oriente Medio. La Casa Blanca aseguraba al final del día que los bombardeos "pesados y precisos" sobre Irán continuarán "sin interrupciones durante la semana" o durante el tiempo que Washington requiera para alcanzar su "objetivo".
