El actual brote de ébola en el Congo ya es el segundo más letal de la historia y crece rápidamente

El pasado 15 de mayo se declaraba en el este de la República Democrática del Congo un nuevo brote de ébola que ya es la segunda epidemia de esta enfermedad más letal de la historia, con un total de 2.325 muertes registradas, según los últimos datos ofrecidos por las autoridades sanitarias congoleñas. Con un total de 4.945 casos confirmados, este brote supera al que golpeó el mismo país entre los años 2018 y 2020 que causó 2.299 muertes y 3.481 contagios. Aunque todavía queda lejos de las cifras registradas por el brote en África Occidental declarado entre los años 2014 y 2016 que provocó 11.000 muertes y 28.000 contagios, si sigue el ritmo actual de muertes y contagios, la podría superar, cosa que preocupa a los expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). El director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, aseguraba en declaraciones a la prensa la semana pasada que "a la velocidad actual, [este brote] está encaminado a eclipsar el brote de ébola de África Occidental de 2014 y 2016". 

Según ha revelado la OMS, el virus empezó a circular en el este congoleño en febrero, aunque una investigación publicada en la revista Science a finales de julio situó las primeras infecciones incluso antes, al menos en enero. Después de declararse la epidemia en la región de Ituri, el virus se propagó a la vecina Uganda, país que se declaró "libre de ébola" el 28 de julio después de registrar 20 contagios confirmados, incluidos 15 casos considerados importados de la RDC, entre los cuales hubo dos muertes.

La epidemia se corresponde con la variante de Bundibugyo, cuya tasa de letalidad oscila entre el 30% y el 50% y para el cual no hay vacuna autorizada o tratamiento específico, según la OMS. De hecho, el último boletín publicado por el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP) de la RDC, con datos recopilados hasta el día 15 de agosto, la tasa de mortalidad del brote se sitúa actualmente en el 47%.

Carencias en el rastreo, desinformación y desconfianza

La velocidad de la transmisión es tan grande que, en muchos lugares del país, sobrepasa las capacidades sanitarias desplegadas tanto por el estado congoleño como por organizaciones como Médicos Sin Fronteras (MSF), que dispone de más de un millar de profesionales movilizados en las regiones afectadas. El mismo boletín del ISNP habla de un dato importante para ver las capacidades de respuesta actuales al virus, la tasa de rastreo de los contactos. El último dato disponible la sitúa en el 85,3% de los contactos de personas contagiadas, pero los expertos elevan hasta el 95% la tasa idónea para detectar rápidamente las cadenas de transmisión del virus y poder localizar casos entre personas ya localizadas previamente.

La OMS y los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de África (Africa CDC) rebajan esta tasa hasta el 75%, que todavía bajaría hasta solo el 59% en el caso de la región de Ituri, la más afectada por el brote, según indica MSF. De hecho, según la misma organización, 9 de cada 10 de sus pacientes en el centro de tratamiento del cual disponen en Bunia, la capital de Ituri, no eran contactos rastreados anteriormente.

Estas carencias en el rastreo de positivos se suman a otra pata en la rápida explosión de este virus: la desconfianza de la población local hacia los depauperados sistemas médicos. "Dicen que, si vas allí, al hospital, mueres directamente", admite Isambo Moïse a una reportera de El País en la zona más afectada. La desconfianza de la población se traslada, también, a los centros médicos, donde el personal tiene que convencer a las familias de que acepten los tratamientos y los ingresos hospitalarios para aislar a las personas positivas en el virus, como también a las ceremonias funerarias, donde se tiene que evitar en todos los casos el contacto con la persona muerta de Ébola.

Otra crisis humanitaria que va para largo

El brote, además, se suma a una crisis humanitaria ya existente en la zona, donde miles de personas se han tenido que desplazar de sus casas en los últimos años y malviven en campamentos por donde corren enfermedades como el cólera, el sarampión o la malaria, que se suman a la carencia crónica de recursos sanitarios, pero también alimentarios. Los expertos indican que este brote se está expandiendo a una velocidad muy grande, que supera las capacidades de respuesta en una parte remota del Congo, afectada por conflictos en sus fronteras. Muchos de los nuevos casos se comunican desde zonas fuera del alcance de los trabajadores sanitarios en una región con infraestructuras muy débiles y centros de salud con un equipo mínimo.

Las carencias se tradujeron en una huelga de trabajadores sanitarios durante días el pasado mes de julio para protestar contra el impago de sus salarios. Los sanitarios no volvieron a sus puestos hasta que el Ministerio de Salud de la RDC no les prometió pagarles los salarios impagados. Además, la desinformación también se adelanta a los equipos médicos y profesionales y provoca que personas que pueden presentar síntomas de la enfermedad no vayan al médico, retrasando el diagnóstico y aumentando la exposición de nuevos posibles infectados. "El brote empezó con una gran ventaja, todavía está muy por delante de nosotros, y estamos intentando recuperar el terreno perdido", afirmaba Tedros.

El ébola es una enfermedad rara, pero altamente contagiosa, que se puede contraer con el contacto con fluidos corporales y superficies contaminadas y desarrolla unos síntomas graves, a menudo mortales. Dos vacunas desarrolladas específicamente para luchar contra la variante de Bundibugyo, como la que ha provocado el brote actual, ya se están ensayando en personas por primera vez, informó el presidente de la OMS el pasado miércoles. La OMS también tiene previsto probar si una vacuna existente contra el Ébola podría proteger a las personas contra el virus después de que los estudios en animales mostraran resultados prometedores.

El brote actual ya ha matado a más de 2.000 personas en tres meses, mientras que el brote de 2014-2016 no llegó hasta las 1.000 muertes al cabo de ocho meses después de su declaración. Por lo tanto, estos esfuerzos son muy importantes para conseguir retener un brote que desde la OMS auguran que podría llegar a su pico en entre seis y doce meses.