¿A quién beneficia el acuerdo entre EE.UU. e Irán?

Donald Trump ha encontrado finalmente una salida a la guerra con Irán, pero el precio político y estratégico de la decisión podría acabar persiguiéndole durante mucho tiempo. Después de meses de escalada militar, amenazas y bombardeos, el presidente estadounidense ha defendido esta semana el acuerdo que pone fin al conflicto con un argumento tan directo como revelador: evitar un impacto económico que pudiera perjudicar a Estados Unidos.

Sus declaraciones, pronunciadas después de la cumbre del G7 en Francia, muestran hasta qué punto la economía ha acabado condicionando su política exterior. Trump admitió que seguía con atención las reacciones de los mercados financieros ante cada noticia relacionada con la guerra. Según explicó, la bolsa se disparaba cada vez que se hablaba de una posible paz y retrocedía cuando aumentaban las tensiones. Un comportamiento que, a ojos del presidente, acabó convirtiéndose en un argumento más poderoso que muchas de las recomendaciones de sus asesores.

¿Giro de guion en la guerra?

La guerra había empezado con una retórica muy diferente. La Casa Blanca había prometido doblegar el régimen iraní, presionarlo hasta límites extremos y obligarlo a aceptar unas condiciones favorables a Washington. Sin embargo, después de semanas de combate y de una situación cada vez más enquistada, Trump ha optado por una vía negociada que muchos de sus aliados consideran excesivamente favorable a Teherán.

Las críticas no provienen solo de los demócratas. Varias figuras republicanas han expresado abiertamente su malestar ante un acuerdo que incluye el levantamiento de sanciones y que podría proporcionar a Irán miles de millones de dólares en ingresos. Entre los sectores más conservadores del partido se extiende la percepción de que la Casa Blanca ha renunciado a buena parte de la presión acumulada durante el conflicto a cambio de una tregua que todavía genera numerosos interrogantes.

El principal riesgo es que el mensaje enviado a los adversarios de Estados Unidos sea interpretado como una señal de debilidad. La conclusión que podrían extraer tanto Irán como otras potencias rivales es que la resistencia militar combinada con la presión económica acaba erosionando la determinación de Washington. En este sentido, la capacidad iraní de alterar el tráfico energético en el estrecho de Ormuz sigue siendo una herramienta de presión extraordinariamente poderosa.

La controversia final

Trump insiste en que el acuerdo abrirá la puerta a unas negociaciones decisivas sobre el futuro del programa nuclear iraní. No obstante, sus propias declaraciones han alimentado dudas sobre la firmeza de los compromisos asumidos. Después de haber exigido una "rendición incondicional", ahora defiende plazos más flexibles y confía en las promesas de Teherán de no desarrollar armamento nuclear.

La imagen final resume buena parte de la controversia. Trump firmó personalmente una copia del memorándum en Versalles y envió una fotografía a las autoridades iraníes. Un gesto cargado de simbolismo que refuerza la sensación de que, para el presidente, la escenificación política sigue siendo tan importante como el contenido mismo de los acuerdos.

La guerra se detiene, pero las preguntas continúan abiertas. La gran incógnita es si esta tregua será el primer paso hacia una solución duradera o simplemente una salida rápida para un presidente que, ante la presión de los mercados y de la opinión pública, necesitaba poner punto final a una aventura cada vez más costosa.