¡Hola hola gourmeteros! Hay restaurantes donde parece que el tiempo se detenga. Y los hay otros que, además, consiguen que olvides que estás en el corazón de una gran ciudad. El Cafè de l'Acadèmia es un poco las dos cosas. Situado en el corazón del Gòtic, junto al bullicio turístico y a pocos metros de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona —de ahí su nombre—, cruzar su puerta es como entrar en un comedor de masía. Piedra vista, madera, luz cálida y una barra donde cuelgan embutidos que te dan la bienvenida antes incluso de sentarte.

En la vitrina no faltan las olivas, la cocina está abierta y deja entrever el ritmo tranquilo pero constante de los fogones. Todo respira aquella idea de restaurante “de toda la vida” que no necesita artificios. La carta es claramente catalana y tiene una presencia notable de platos de mar y montaña, una combinación muy nuestra que mezcla productos del litoral y del interior en un mismo plato —como el pollo con cigalas o la sepia con albóndigas— y que simboliza perfectamente la riqueza geográfica del país. Aquí, esta filosofía se traduce en guisos, carnes melosas y producto bien tratado.

La proximidad también se hace evidente en los proveedores. El pan tostado llega del Horno de Vila Mala —un obrador artesano situado en el barrio del Raval, conocido por trabajar con masas madre y cocciones lentas—, y los quesos son de la mítica Casa Carot, una quesería histórica del Gòtic con décadas de oficio y una selección exquisita que es parada obligada para los amantes del buen queso.

Empezamos con una gilda —clásica, punzante, adictiva— que sirven acompañada de otras aceitunas, de aquellas que no puedes parar de picar. Continuamos con una selección de quesos de Casa Carot, servidos con tostaditas finísimas. Aquí no hay cortes escasos: llegan en buenos cortes generosos, para que el gusto no se te haga corto y puedas apreciar bien la textura y los matices.

Quesos de Casa Carot
Quesos de Casa Carot

Rebozados de categoría

El calamar rebozado con alioli de su tinta es uno de esos platos que desaparecen sin que te des cuenta. El calamar, tierno; el rebozado, crujiente y ligero; y el alioli, con ese punto marino intenso que le da la tinta, crea una combinación profunda pero equilibrada. 

No nos podemos resistir a la alcachofa frita con romesco. El romesco —con un sabor potente a avellana tostada— es de esas salsas que te comerías a cucharadas. No sé si soy la única a quien le pasa, pero cuando el romesco es bueno, muy bueno, eclipsa casi cualquier cosa que toque.

Seguimos con el canelón relleno de carrillera con su reducción, bechamel y queso Formatges Reixagó. Este queso, elaborado artesanalmente en Olost desde hace generaciones, es conocido por su personalidad e intensidad. Aquí aporta carácter a un canelón meloso, profundo, con una carrillera que se ha deshecho a fuego lento y que demuestra que la cocina tradicional, cuando está bien ejecutada, no necesita nada más.

Los platillos del Café de la Academia
Los platillos del Cafè de l'Acadèmia

Pies de cerdo guisados como en casa

Y llegamos al plato que, sin esperarlo, se convierte en el favorito: los pies de cerdo. No es un plato que pida a menudo, pero me lo recomiendan y me lanzo. A pesar de la textura gelatinosa propia del producto, no se me hace nada pesado. El guiso es tradicional, de esos que recuerdan las comidas de domingo o las masías perdidas en medio de una ruta de montaña. Van acompañados de patatas fritas caseras, perfectas para no dejar ni una gota de salsa en el plato. Y aquí es donde entiendes que la sencillez bien hecha es imbatible.

De postres, un flan cremoso de huevo, buenísimo, con una nata que juraría que es montada en casa o de alguna pastelería de barrio —porque tiene aquel gusto fresco, láctico y delicado que cuesta de encontrar. Y el ya mítico pan con aceite y chocolate reconvertido: tostaditas finitas con una ganache espesa e intensa que nunca falla. 

Flan de huevo
Flan de huevo

El Café de la Academia es esto: comida de toda la vida en un lugar con aspecto de toda la vida. Sin fuegos artificiales, sin pretensiones innecesarias. Un restaurante donde el producto es bueno, el guiso es paciente y el ambiente invita a alargar la sobremesa. En medio del centro más turístico de Barcelona, todavía hay espacios que parecen resistir el paso del tiempo. Y este es uno.