Si no has estado nunca en el barrio de El Serrallo, el barrio marinero por excelencia de Tarragona —lo que vendría a ser la Barceloneta, salvando las diferencias—, ya tardas, me comentó un buen amigo que vive en la zona y que me ha invitado a ir a verlo muchas veces para enseñármelo y así zamparnos un buen arroz o lo que convenga junto al mar, mientras rememoramos aventuras pasadas. Pero, mira por dónde, todavía no ha sido posible.
Aun así, hoy me acerco yo solo al barrio de El Serrallo para visitar el conocido restaurante Ca l’Eulàlia, donde son unos verdaderos especialistas en pescado, marisco y arroces, situado concretamente en la plaza de Sant Pere Apòstol, patrón de los pescadores, donde encontramos la iglesia neogótica del mismo nombre, o al revés.
Para situarnos, os explicaré que Ca l’Eulàlia abrió sus puertas en 2008 de la mano de la joven pareja formada por Eulàlia —tercera generación dedicada a la restauración, que está al frente de los fogones porque su abuela tenía un bar de menús en el barrio de Vallcarca— y Òscar, pescador de vocación y de herencia, que lo dejó todo para centrarse en el restaurante, convirtiéndose así en el anfitrión perfecto a la hora de explicar el producto a los clientes. Òscar dirige la sala con maestría y buena memoria. Fíjate que en Ca l’Eulàlia no tienen carta y él mismo canta la carta a pelo de principio a fin, teniendo en cuenta que hay platos que cambian a diario, en función de la pesca del día y de los productos de temporada.
Sentado en el comedor pequeño, con vistas a la plaza, empiezo con una anchoa buenísima que preparan ellos mismos; es decir, las compran crudas, las limpian y las salan y, posteriormente, las desalan y las ofrecen a los clientes con un pan de cristal con tomate muy crujiente.
Es fácil enamorarse repentinamente de Ca l’Eulàlia porque hacen esa cocina de mercado que tanto nos gusta, centrada en pescado y marisco, pero, mira por dónde, también en arroces
Sigo con unos calamares a la romana que encuentro tiernos y gustosos como los de antes, con ese rebozado elegante y fino que no empalaga. Me sorprende que, siendo martes, el comedor interior —porque también tienen una preciosa terraza— esté lleno a rebosar y, curiosamente, todos los clientes se conocen entre ellos, por lo que deduzco que soy el único infiltrado. Algunos agradeceréis los manteles de tela y la servilleta de un metro cuadrado que no te la acabas y ya no encuentras en ningún sitio. Por cierto, el otro día un buen amigo me propuso hacer una sección en La Gourmeteria de restaurantes con manteles; no le dije que no.
Es fácil enamorarse repentinamente de Ca l’Eulàlia porque hacen esa cocina de mercado que tanto nos gusta, centrada en pescado y marisco, pero, mira por dónde, también hacen arroces. De hecho, Òscar me ha ofrecido uno para mí solo, pero no me apetecía mucho, puesto que el fin de semana cociné un arroz negro para la familia y todavía lo tengo en la memoria. Me inclino por las sepionetas con alcachofas y los calamares pequeños con guisantes lágrima, que son una maravilla; la lagrimita casi me cae a mí al probarlos.
Termino la comida con unas trufas Chartreus que hacen ellos mismos, como también el resto de los postres. Definitivamente, tenía razón mi amigo al decirme que hay que visitar El Serrallo regularmente y, por supuesto, Ca l’Eulàlia, donde comerás como los ángeles y te tratarán como a un rey. Casi nada.
