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Cada vez que friegas una sartén, un plato o un vaso con un estropajo sintético, este va perdiendo una parte minúscula del material que lo forma. No lo vemos a simple vista, pero el frotamiento constante desgasta las fibras y la espuma de muchos estropajos convencionales, fabricados parcial o totalmente con polímeros plásticos. El resultado es la liberación de partículas microscópicas que pueden acabar principalmente en el agua del fregadero y, eventualmente, en el medio ambiente. La ciencia ya ha conseguido identificar microplásticos e incluso nanoplásticos procedentes de esponjas de cocina, un detalle que hace mirar con otros ojos un objeto que utilizamos prácticamente cada día.

Usar el estropajo de siempre no siempre es una buena opción

El estropajo se desgasta cada vez que rascas

El mecanismo es bastante fácil de entender. Cuando fregamos una superficie con restos de comida pegados, ejercemos presión y fricción. Esta abrasión es precisamente la que permite arrancar la suciedad, pero también deteriora progresivamente el propio estropajo. Si está fabricado con poliuretano, poliéster u otros materiales sintéticos, pequeñas porciones de estos polímeros pueden separarse durante el uso.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Una investigación publicada en 2026 cuantificó esta pérdida y confirmó que diferentes tipos de esponja pueden liberar microplásticos a lo largo del año. La cantidad varía considerablemente según la composición del producto, y los estropajos con menos proporción de plástico generaron menos partículas. Esto explica también por qué un estropajo viejo, deteriorado o que empieza a deshacerse resulta especialmente interesante desde el punto de vista de la contaminación: el desgaste ya es visible y continuar fregándolo implica seguir perdiendo material.

La mayor parte de estas partículas se enjuagan con el agua y bajan por el desagüe. A partir de aquí, entran en el sistema de aguas residuales. Las depuradoras pueden retener una parte importante de los microplásticos, pero no necesariamente todos, especialmente las partículas más pequeñas. Las que escapan pueden llegar a ríos y mares e incorporarse gradualmente a los ecosistemas acuáticos.

La alternativa es mucho más sencilla de lo que parece

Esto no significa que tengamos que entrar en pánico cada vez que lavamos un plato. Tampoco está establecido que una cantidad relevante de partículas del estropajo quede siempre adherida a la vajilla y acabe directamente en la comida. Lo que sí sabemos es que los estropajos sintéticos se desgastan y contribuyen a la liberación de microplásticos, de manera que reducir su uso es una forma sencilla de disminuir esta fuente doméstica.

Una alternativa es optar por estropajos fabricados con materiales vegetales, como la lufa, la celulosa o fibras procedentes de coco y otros restos vegetales. También conviene sustituir cualquier estropajo cuando empieza a romperse y evitar fregar con más fuerza de la necesaria. No eliminaremos así todos los microplásticos de la cocina, pero sí una fuente sorprendentemente cotidiana. El estropajo parece inofensivo porque siempre ha estado al lado del fregadero, pero cada vez que se va haciendo más pequeño, ese material no desaparece: simplemente acaba en algún otro lugar.