En redes sociales, el psicólogo Santiago Ávila ha suscitado interés al señalar que conceptos como idiota e imbécil —aunque muchas veces se usan indistintamente— no son lo mismo cuando hablamos con propiedad y desde una perspectiva psicológica y lingüística. Saber diferenciarlos ayuda no solo a comunicarnos con más precisión, sino también a comprender cómo la sociedad etiqueta y percibe el comportamiento humano.

Idiota vs. Imbécil: ¿qué significan realmente?

Históricamente, tanto idiota como imbécil fueron términos utilizados en ámbitos médicos para clasificar distintos grados de discapacidad intelectual. En la terminología psiquiátrica antigua, un idiota se refería a alguien con una inteligencia extremadamente limitada, mientras que un imbécil describía a alguien con una capacidad algo mayor, pero aún muy reducida —situado entre el idiota y el “morón” en escalas antiguas de clasificación de discapacidad mental— aunque estos usos han quedado obsoletos y hoy se consideran ofensivos para referirse a personas con discapacidad real.

En uso moderno, ambos términos se emplean de forma coloquial como insultos o descalificaciones, pero Santiago Ávila propone una distinción útil: el idiota sería alguien que no logra entender o conectar ideas correctamente, que tiene dificultades para captar relaciones causa-efecto y, esencialmente, “no pilla las cosas” aunque se le expliquen de forma repetida.

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¿1d1ota o 1mbéc1l? No es lo mismo… y la diferencia dice mucho más de lo que crees sobre cómo pensamos, decidimos y actuamos. #PsicologíaCotidiana #PensamientoCrítico #Reflexión #ConductaHumana #DesarrolloPersonal

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Por el contrario, según Ávila, el imbécil es una persona que sí entiende lo que está mal o lo que se le explica, pero decide ignorarlo. En otras palabras, el imbécil sabe lo que hace, las consecuencias que puede tener, y aun así actúa mal intencionadamente. Esta diferencia radica no solo en la capacidad cognitiva, sino en la voluntad de aplicar lo que se sabe.

Por qué la sociedad confunde los términos

En el lenguaje cotidiano —especialmente en discusiones emocionales o como respuesta a comportamientos irritantes— solemos usar indistintamente palabras como idiota o imbécil para referirnos a alguien que parece “estúpido” o que ha hecho algo torpe o mal pensado. La mayoría de las personas no distinguen entre ambos términos porque, fuera de contextos técnicos, simplemente expresan desagrado o crítica negativa.

Sin embargo, etiquetar a alguien con uno u otro término conlleva connotaciones distintas:

  • Llamar idiota a alguien implica que no comprende, que hay una falta de entendimiento o conexión mental.

  • Llamar imbécil sugiere que la persona sí sabe, pero elige mal a propósito o actúa de manera contradictoria deliberadamente.

En psicología moderna ya no se emplean estos términos de forma clínica, precisamente porque categorizan de forma imprecisa y estigmatizante, y se han sustituido por expresiones respetuosas como “discapacidad intelectual” o “trastorno del desarrollo intelectual”.

persona desconcertante
 

Las connotaciones de etiquetar a alguien

Etiquetar a alguien de idiota o imbécil —especialmente en contextos sociales, laborales o familiares— puede tener efectos negativos:

Puede dañar la autoestima y la relación interpersonal.

Refuerza estereotipos negativos sobre capacidad y valor de las personas.

Fomenta comunicaciones agresivas en lugar de constructivas.

Por esto, muchos expertos en comunicación y psicología recomiendan usar un lenguaje más específico y respetuoso cuando se describen actitudes o comportamientos, centrando la crítica en la acción y no en la persona (por ejemplo, “esa decisión fue errónea” en lugar de “eres un idiota”).

Usar el lenguaje con precisión

Aunque hoy idiota e imbécil suelen usarse como insultos genéricos, existe una diferencia importante según Ávila: el idiota no entiende lo que se le explica, mientras que el imbécil sí entiende, pero decide ignorar el sentido común y las consecuencias. Saber esta distinción ayuda a comunicarnos mejor y a no etiquetar a las personas de manera injusta, favoreciendo un diálogo más claro y respetuoso incluso en situaciones de conflicto o frustración.