Durante décadas, el modelo educativo ha estado marcado por una imagen muy concreta: alumnos sentados, en silencio, escuchando y memorizando contenidos. Sin embargo, la neuroeducación lleva años cuestionando este enfoque. María, psicóloga clínica especializada en desarrollo infantil y autora del libro Hacer de la neuroeducación el arte de enseñar, lo resume de forma clara: los niños no aprenden mejor cuando están quietos, sino cuando se mueven.

Su propuesta no es una moda pedagógica, sino una conclusión basada en cómo funciona el cerebro infantil. Aprender, explica, es un proceso biológico que necesita cuerpo, emoción y experiencia.

El cerebro infantil necesita movimiento

Según María, el cerebro de un niño está diseñado para aprender a través de la acción. En su libro, insiste en que el movimiento activa múltiples áreas cerebrales al mismo tiempo, favoreciendo la atención, la memoria y la comprensión profunda. Cuando un niño se levanta, manipula objetos, camina o gesticula mientras aprende, su cerebro establece conexiones más sólidas que cuando permanece pasivo.

Niños jugando
Niños jugando

El modelo clásico de “estar callado, sentado y escuchando” exige al niño un autocontrol que, neurológicamente, aún no está maduro. Esto genera frustración, desconexión y, en muchos casos, la falsa etiqueta de “falta de atención” o “mal comportamiento”. En realidad, lo que ocurre es que el cerebro infantil no está preparado para aprender de forma exclusivamente pasiva durante largos periodos.

María subraya que el movimiento no distrae; al contrario, regula. Permite liberar tensión, oxigenar el cerebro y mantener un nivel óptimo de activación. Por eso, los niños que aprenden incorporando actividad motora suelen mostrar mayor motivación y mejores resultados.

Aprender haciendo: del cuerpo al conocimiento

En Hacer de la neuroeducación el arte de enseñar, la psicóloga propone un cambio profundo de enfoque: aprender haciendo. Esto implica introducir dinámicas que vayan más allá del libro y la silla: juegos de rol, aprendizaje manipulativo, desplazamientos por el aula, dramatizaciones, retos físicos vinculados al contenido académico o incluso estudiar caminando y verbalizando.

Desde la neuroeducación se sabe que el aprendizaje significativo se consolida cuando intervienen emoción y experiencia. El movimiento genera ambas. Un niño que participa activamente no solo memoriza, sino que comprende, relaciona y recuerda a largo plazo.

cerebro humano redes
Cerebro humano redes
 

María insiste en que este enfoque no significa falta de estructura ni desorden, sino una estructura adaptada al funcionamiento real del cerebro infantil. El objetivo no es eliminar el estudio, sino transformarlo para que sea más eficaz, respetuoso y acorde al desarrollo neurológico.

En casa y en la escuela, pequeños cambios pueden marcar una gran diferencia: permitir pausas activas, estudiar de pie, usar materiales manipulativos o convertir el repaso en un juego físico. Porque, como concluye María, cuando el cuerpo participa, el aprendizaje deja de ser una obligación y se convierte en una experiencia viva.