El pedagogo Jorge ha señalado una realidad preocupante: muchos niños con dificultades de aprendizaje o necesidades educativas especiales son etiquetados erróneamente como “vagos”, tanto por algunos profesores como por familiares. Esta confusión no solo estigmatiza a los niños, sino que también puede impedir que reciban la ayuda adecuada. Aunque no tengo acceso al vídeo enlazado, el mensaje que transmite Jorge encaja con una crítica fundada en la pedagogía contemporánea: dificultad no es lo mismo que falta de voluntad, y entender esta diferencia es clave para mejorar la educación y el desarrollo infantil.

Detectar y comprender carencias reales

Para un docente o un profesional de la educación, una parte esencial de su labor es escuchar activamente y detectar signos de dificultades reales en el aprendizaje o el comportamiento de los alumnos. Esto implica observar cómo el niño interactúa en clase, cómo responde ante tareas de diferentes tipos, cómo gestiona la frustración y si sus problemas son consistentes a lo largo del tiempo y en distintos contextos.

Un niño con dificultades podría:

  • Tener problemas de lectura, escritura o cálculo pese a que lo intenta.

  • Mostrarse ansioso, distraído o frustrado frente a tareas académicas.

  • Tener dificultades para organizar sus ideas o seguir instrucciones complejas.

  • Mostrar comportamientos que parecen desinterés cuando, en realidad, reflejan agotamiento cognitivo o falta de estrategias de aprendizaje.

Escuchar y observar permite identificar señales que no encajan con la simple idea de “no querer trabajar”. Por ejemplo, un niño con dislexia puede leer mucho más lentamente que sus compañeros, pero eso no indica pereza, sino una dificultad neurológica real que requiere apoyo pedagógico especializado.

¿Por qué se confunde dificultad con vagancia?

La confusión entre dificultad y vagancia nace de varias fuentes:

  1. Expectativas rígidas: muchas aulas están diseñadas para funcionar de manera uniforme, con ritmos y métodos homogéneos. Cuando un alumno no encaja en ese molde, se tiende a pensar que “no se esfuerza”.

  2. Falta de formación específica: muchos profesores no reciben suficiente formación para reconocer trastornos del aprendizaje (como dislexia, TDAH, trastornos del procesamiento auditivo) o para diferenciar entre un problema académico real y falta de motivación.

  3. Interpretaciones superficiales del comportamiento: brazos cruzados, mirar al vacío, hablar en clase o no entregar tareas a tiempo se pueden interpretar como falta de interés cuando, en realidad, pueden ser manifestaciones de ansiedad, inseguridad o sobrecarga cognitiva.

Según Jorge, esta confusión perjudica a los niños porque no se abordan las causas profundas de sus dificultades. Etiquetar a un niño como vago puede generar rechazo, baja autoestima y una relación negativa con el aprendizaje que persiste durante años.

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Diferencias claras entre dificultad y vagancia

  • Dificultad real: el niño intenta, pero no logra resultados debido a barreras cognitivas, emocionales o de aprendizaje. Suele mostrar frustración, esfuerzo visible y ansiedad frente a tareas difíciles.

  • Vagancia (falta de esfuerzo): el niño elude las tareas por falta de interés o motivación, pero no presenta los signos de bloqueo cognitivo o ansiedad que acompañan a dificultades reales.

Los expertos, y pedagogos como Jorge, insisten en que la primera respuesta ante un comportamiento disruptivo o bajo rendimiento no debería ser “no quiere trabajar”, sino ¿qué está impidiendo que este niño pueda hacerlo?. Un diagnóstico temprano y una intervención adecuada pueden cambiar radicalmente la trayectoria educativa del alumno, mientras que una mala etiqueta puede estigmatizar y frenar su desarrollo.

En conclusión, la labor del profesorado va más allá de evaluar resultados: requiere escuchar, observar y comprender para distinguir entre verdadero desinterés y dificultades que necesitan acompañamiento, apoyo pedagógico y empatía.