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Jordi Roca ha explicado uno de los capítulos más personales de los años en los que perdió la voz. Después de una laringitis prolongada, dejó de hablar con normalidad y tuvo que acostumbrarse a comunicarse mediante susurros, mensajes en el móvil y gestos. La situación se alargó durante años y coincidió con el nacimiento de su hija, que creció sin escuchar inicialmente la voz habitual de su padre.

Lejos de describir aquella etapa únicamente desde la tristeza, el pastelero recuerda que su hija terminó convirtiéndose en el impulso que necesitaba para seguir adelante. “Ella fue como un motor”, ha explicado. Mientras la pequeña empezaba a pronunciar sus primeras palabras, él también estaba reaprendiendo a utilizar la voz mediante ejercicios, calma y una recuperación lenta que avanzaba con altibajos.

Padre e hija aprendieron prácticamente al mismo tiempo

La coincidencia creó una situación emotiva. Su hija no había conocido otra forma de comunicación y, por eso, no vivió la recuperación de Jordi como algo extraño. Cuando él empezó a hablar con mayor claridad, ella también comenzaba a desarrollar el lenguaje. Para la niña, aquella evolución formaba parte de la normalidad y no de una enfermedad que había condicionado durante años a su padre.

Jordi Roca a Universo Calleja, Mediaset

Roca recuerda ese proceso como un aprendizaje compartido. Él necesitaba recuperar la confianza para proyectar la voz, mientras su hija descubría palabras nuevas. Esa convivencia transformó una dificultad médica en una experiencia familiar que le aportó alegría y energía. También contó con el apoyo de su pareja, sus hermanos y las personas cercanas, que aprendieron a comunicarse con él sin convertir el problema en el centro de cada conversación.

La pérdida de voz también le enseñó a adaptarse

Durante aquellos años, Jordi tuvo que aceptar que no sabía si recuperaría la voz. Los médicos tardaron en determinar el origen del problema y él aprendió a funcionar con las herramientas disponibles. Esa incertidumbre le hizo valorar la capacidad humana para adaptarse incluso cuando desaparece algo tan cotidiano como poder mantener una conversación con normalidad.

Su hija terminó dando otro significado a esa etapa. En lugar de recordar solamente lo que no podía hacer, Jordi se quedó con la experiencia de avanzar junto a ella. Mientras una aprendía a hablar por primera vez, el otro recuperaba poco a poco algo que había perdido. Para el cocinero, esa coincidencia convirtió a su hija en un motor de alegría y fuerza. No solucionó la enfermedad, pero sí hizo que el camino para recuperar la voz tuviera un sentido más profundo.