Tal día como hoy del año 1515, hace 511 años, en Düsseldorf (entonces ducado independiente de Cléveris, del conglomerado romanogermánico), nacía Ana de Cléveris, hija del duque Juan III y de su esposa María de Julich, que veinticinco años más tarde (1540) se convertiría en la cuarta esposa del rey Enrique VIII de Inglaterra y, por lo tanto, en reina consorte de Inglaterra. Según las crónicas de la época, Enrique, viudo de la difunta Jane Seymour desde 1537, deseaba casarse de nuevo y su primer ministro, Thomas Cromwell, le arregló unas vistas matrimoniales con las hermanas Ana y Amalia de Cléveris. Acto seguido, Enrique encomendó al pintor Hans Holbein sendos retratos para valorar el atractivo físico de las dos hermanas.
Ana era prima-sobrina de Felipe de Cléveris, hijo de Adolfo II de Cléveris y de su esposa Beatriz de Portugal, princesa de la casa catalana Urgell que había sido perseguida y dispersada por los Trastámara después del Compromiso de Caspe (1412). Beatriz era hija de Isabel de Urgell y de Aragón y, por lo tanto, nieta del conde Jaime de Urgell, candidato al trono después de la muerte de Martín I, y de su esposa Isabel de Aragón y de Fortià. Y bisnieta —por parte materna— del rey Pedro III. En consecuencia, Ana también era descendiente de la familia real del Casal de Barcelona. El tío de Ana, Felipe, habría muerto sin descendencia, y Ana habría formado parte de la herencia cultural catalana que Beatriz había llevado hasta Düsseldorf.
Bien sea porque aquellos retratos de Holbein no hacían justicia, bien sea porque Cromwell mintió, el caso es que cuando Ana (que había sido la elegida) llegó a Richmond (un pequeño puerto fluvial del río Támesis), Enrique se sintió engañado. Según las fuentes documentales de la época, Ana era muy corpulenta y tenía las facciones muy grandes. No obstante, Enrique y Ana se casaron el 6 de enero de 1540, en el Palacio Real de Placentia, en Greenwich. Pero aquella unión matrimonial ni siquiera llegó a consumarse, y siete meses más tarde —el 9 de julio de 1540— el matrimonio fue anulado por orden del rey, que era, a la vez, el jefe de la Iglesia Nacional de Inglaterra. Ana fue compensada con un abundante patrimonio.