Salir de fiesta puede ser caro en cualquier parte del mundo, pero hacerlo en Estados Unidos —y más aún en eventos extremos— multiplica el gasto hasta cifras difíciles de imaginar. Ibai lo ha explicado sin rodeos tras su último viaje: se gastó cerca de 3.000 euros en ocio y fiestas durante su estancia, una experiencia que él mismo definió como “vivir en una realidad paralela”. Una cifra que, aunque elevada, palidece frente a otros asistentes que llegan a gastar hasta 15.000 euros en un solo evento.
El creador de contenido participó en Burning Man, uno de los festivales más singulares, caóticos y exigentes del mundo, celebrado cada año en el desierto de Black Rock, en Nevada. Lejos de los festivales tradicionales, Burning Man no es solo música: es una experiencia social, artística y sensorial extrema, donde el consumo, la logística y la autosuficiencia son clave.
El precio del ocio descontrolado en Estados Unidos
Estados Unidos es conocido por tener un ocio nocturno y festivo especialmente caro, sobre todo en grandes ciudades o eventos exclusivos. Copas que superan fácilmente los 20 o 25 dólares, entradas de cientos de euros, desplazamientos largos y propinas obligatorias convierten cualquier salida en un gasto considerable.
En el caso de Burning Man, el desembolso va mucho más allá de la entrada. No hay bares ni tiendas: cada asistente debe llevar absolutamente todo lo que necesita para sobrevivir una semana en el desierto. Esto incluye comida, agua, generadores eléctricos, transporte especializado, tiendas preparadas para tormentas de arena y disfraces. A eso se suma el precio del viaje, el alquiler de vehículos y el material logístico.
Ibai ha explicado que, dentro de ese contexto, él fue “a lo pobre”, gastando unos 3.000 euros en total. Una cantidad que, aun así, sorprende si se compara con el ocio europeo, pero que en Burning Man se considera incluso modesta frente a quienes construyen campamentos de lujo o instalaciones artísticas privadas.
Qué es Burning Man y por qué es tan extremo
Burning Man es un festival que rechaza el consumo tradicional: no se vende nada, no hay marcas y el dinero no sirve dentro del recinto. Su filosofía se basa en la autosuficiencia radical, la creatividad y la comunidad. Durante una semana, más de 70.000 personas levantan una ciudad efímera en mitad del desierto, que culmina con la quema de una enorme figura de madera, el “Man”.
La paradoja es clara: aunque dentro no se compra nada, el coste para llegar y sobrevivir allí es altísimo. Por eso hay asistentes que invierten auténticas fortunas. Ibai, en cambio, ha contado su vivencia desde la sorpresa y el contraste: tres semanas intensas, fuera de la rutina, gastando lo que para muchos sería impensable en “una fiesta”.
Su reflexión final resume bien la experiencia: Estados Unidos y eventos como Burning Man colocan al ocio en otra dimensión, donde el gasto se normaliza y la percepción del dinero cambia por completo. Una realidad paralela pero muy real para el bolsillo.
