Que un niño se niegue a comer puede convertir cada comida en una batalla diaria. Insistir, negociar, amenazar con castigos o prometer un premio por terminar el plato son reacciones habituales, pero Florencio Ramos propone una estrategia completamente diferente: no entrar en conflicto. Si el niño no quiere comer, se retira el plato con normalidad y se le permite continuar con su actividad.
La idea no consiste en ignorar la alimentación, sino en evitar que la mesa se convierta en un espacio de tensión. Cuando los adultos reaccionan con excesiva preocupación, el niño puede descubrir que negarse a comer genera atención, conversación y negociación. Cuanto mayor es la presión, más probable es que el momento de la comida termine asociado a una experiencia desagradable para toda la familia.
No convertir la comida en una negociación
Ramos plantea que los padres deben decidir qué se ofrece, cuándo se sirve y dónde se come, mientras el niño mantiene cierto margen para decidir cuánto quiere comer. Si rechaza el plato, no hace falta perseguirlo con una cuchara ni sustituir inmediatamente la comida por aquello que le gusta más. Se retira con tranquilidad y se continúa con la rutina.
Este enfoque también evita utilizar la comida como herramienta de poder. Frases como “una cucharada más”, “hasta que no termines no te levantas” o “si comes tendrás postre” pueden convertir el acto de comer en una negociación constante. El objetivo es que el menor aprenda progresivamente a reconocer sus señales de hambre y saciedad sin tener siempre a un adulto presionándolo.
La tranquilidad también forma parte de educar
Eso no significa que un niño pueda comer únicamente cuando quiera o sustituir sistemáticamente las comidas por dulces y aperitivos. Los adultos siguen siendo responsables de ofrecer una alimentación equilibrada y establecer horarios coherentes. Si no come en ese momento, habrá otra oportunidad en la siguiente comida o tentempié previsto dentro de la rutina familiar.
La clave está en mantener la calma y observar el conjunto, no una comida aislada. Un día puede tener menos hambre y al siguiente compensarlo espontáneamente. Si la falta de apetito es persistente, existe pérdida de peso o aparecen otros síntomas, conviene consultar con un pediatra. Pero ante el rechazo ocasional, la propuesta de Ramos es sencilla: menos presión, menos conflicto y más confianza en que el niño aprenderá a regularse.
