La salud del catalán no depende solo del número de hablantes. También depende —y mucho— de cómo lo hablamos. Y ahí es donde aparece uno de los debates más incómodos: cada vez utilizamos un catalán más calcado del castellano, más uniforme y con menos matices. No es que las palabras sean incorrectas. El problema es que, a base de repetir unas y arrinconar otras, vamos empobreciendo la lengua.
En los últimos años se han recogido cerca de 200 pares de palabras correctas en catalán donde, en la práctica, una ha ido ganando terreno hasta dejar a la otra casi invisible.
Palabras que se van apagando
Un ejemplo claro: enguany. Es correcto, es preciso y está muy vivo en muchas zonas, pero apenas se oye en los medios. En cambio, aquest any se ha impuesto. Lo mismo ocurre con havent dinat, havent sopat o havent esmorzat, expresiones coloquiales que han quedado sustituidas por el más neutro després de….
También hay casos como encomanar, que durante la pandemia cedió terreno a contagiar, o demanar hora, que prácticamente desapareció bajo el peso de demanar cita prèvia —una expresión redundante, porque toda cita ya es previa.
En otros ámbitos, la sustitución es más sutil. Murri ha quedado eclipsado por astut, aunque no significan exactamente lo mismo. O parany, que a menudo se cambia por trampa porque parece que se entiende más. La pregunta es: ¿realmente no se entiende o simplemente hemos dejado de usarlo?
El catalán 'de plástico'
También existe una tendencia a optar por palabras que parecen más formales o más neutras, pero que vuelven el discurso más rígido. Decir iniciar en lugar de començar, finalitzar en vez de acabar, o frases como Es desconeix el motiu pel qual ha presentat la seva dimissió cuando podríamos decir simplemente: No se sap per què ha plegat.
El mismo fenómeno ocurre con despropòsit, que ha desplazado a ximpleria, o con mala olor, que se ha comido un abanico riquísimo de matices: fortor, ferum, bravada, tuf… Cuando todo es mala olor, perdemos precisión.
Y después está la creatividad propia del catalán, que parece haberse ido apagando. Palabras como panxacontent, primfilar, llepafils o menjafestucs forman parte de una manera muy nuestra de construir palabras por composición. Hoy, muchas de estas formas suenan antiguas o directamente ya no se usan.
Uno de los riesgos es que, a fuerza de acercarse a la lengua dominante, el catalán acabe perdiendo perfil propio. Incluso en el caso de los anglicismos, a menudo entran primero por el castellano y después se incorporan con naturalidad. Expresiones como proper o pròxim han ido sustituyendo fórmulas como dimecres vinent, la setmana entrant o l’any que ve. No es que sean incorrectas, pero contribuyen a uniformizar el lenguaje.
Recuperar matices es recuperar lengua
Cuando se pierde una palabra, no solo desaparece un término: desaparece un matiz. No es lo mismo dèria que idea fixa, ni fortor que mala olor. Cada término aporta un ángulo distinto, una textura propia.
La lengua no cambia de golpe. Se transforma poco a poco, con decisiones pequeñas y casi invisibles. Y quizá la conclusión es esta: no se trata de dramatizar ni de purismos, sino de ser conscientes. Si tenemos una lengua rica, llena de recursos, sinónimos y giros expresivos, merece la pena utilizarlos. Porque, al final, la vitalidad de una lengua no se mide solo en cifras. Se nota en la variedad, en los matices y en la naturalidad con la que la hacemos vivir cada día.
