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Alexia Putellas ha recordado que su camino hacia la élite comenzó mucho antes de los grandes estadios, los títulos y los reconocimientos individuales. Detrás de cada entrenamiento había una familia que reorganizaba horarios, trabajo y fines de semana para que pudiera jugar. Sus padres se levantaban cada día a las seis de la mañana y, cuando llegaba el sábado o el domingo, volvían a madrugar para acompañarla a cualquier campo.

“Valorabas mucho que tus padres se levantaran a las seis para ir a trabajar y que el fin de semana también madrugaran para llevarte a jugar”, ha explicado. Aquella rutina convirtió el fútbol en un proyecto familiar. Alexia disfrutaba sobre el césped, pero entendía que cada partido exigía gasolina, kilómetros, esperas y horas de descanso sacrificadas por quienes creían en ella durante aquellos años decisivos de formación.

Sus padres sostuvieron un sueño todavía incierto

Cuando Alexia comenzó, el fútbol femenino no ofrecía las estructuras, salarios ni oportunidades actuales. Nadie podía garantizar que tantas horas terminaran convirtiéndose en una carrera profesional. Su padre, Jaume, asumía especialmente los desplazamientos a entrenamientos y selecciones, mientras su madre cuidaba también de su hermana pequeña y mantenía el equilibrio cotidiano de la familia.

Alexia Putellas Instagram (9)

Los horarios podían ser complicados y los trayectos terminaban tarde. Aun así, sus padres procuraron que nunca sintiera que jugar era una carga para ellos. La acompañaban porque reconocían su pasión y querían que tuviera la oportunidad de intentarlo. Esa constancia enseñó a Alexia que el talento solo adquiere valor cuando alguien está dispuesto a sostenerlo con disciplina.

El esfuerzo familiar marcó su manera de competir

La futbolista relaciona aquellos madrugones con la exigencia que después aplicó a su carrera. Ver a sus padres trabajar desde primera hora y repetir el esfuerzo durante el fin de semana le impedía tomarse un entrenamiento a la ligera. Cada oportunidad representaba también el tiempo invertido por una familia que había elegido acompañarla sin conocer el resultado final.

Años después, Alexia se convirtió en una referencia mundial y cumplió el sueño de su padre de verla en el primer equipo del Barça. Sin embargo, cuando recuerda sus inicios no habla primero de goles, trofeos o talento. Habla de despertadores, coches y campos alejados. Su historia demuestra que detrás de muchas deportistas existe un esfuerzo invisible que nunca aparece en las estadísticas. Sus padres no podían jugar por ella, pero hicieron posible que llegara a cada partido. Aquellos madrugones fueron una forma silenciosa de decirle que su sueño merecía todo el esfuerzo.