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Gritar a los hijos puede parecer una reacción inevitable cuando no obedecen, se pelean, hacen ruido o llevan horas poniendo a prueba la paciencia de los adultos. Sin embargo, el psicólogo Alberto Soler propone mirar la situación desde otro ángulo. “Cuando gritamos a los niños no suele ser tanto su culpa sino nuestro descontrol”, explica. Es decir, muchas veces el problema no está únicamente en lo que ha hecho el menor, sino en cómo llegamos nosotros a ese momento.

Soler reconoce incluso que él mismo ha gritado alguna vez a sus hijos. Su mensaje no consiste en presentar una crianza perfecta, sino en diferenciar entre perder los nervios puntualmente y utilizar los gritos de manera consciente como estrategia educativa. Lo segundo, advierte, puede deteriorar la relación, generar miedo y ofrecer un modelo de comunicación basado en la agresividad.

El cansancio cambia completamente nuestra reacción

El psicólogo señala que muchas situaciones que terminan en un grito tienen algo en común, ya que ocurren cuando los adultos están cansados, llegan tarde, tienen prisa, están enfadados o sienten que ya no pueden gestionar una demanda más. Una misma conducta infantil puede parecernos tolerable por la mañana y completamente insoportable al final de un día complicado.

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Ahí aparece una de sus ideas principales: los niños suelen comportarse como niños. Corren, se distraen, tardan en obedecer, se equivocan, hacen ruido y todavía están aprendiendo a regular sus emociones. Esperar que actúen siempre con la lógica y el autocontrol de un adulto aumenta las probabilidades de frustración.

Gritar menos empieza por ajustar expectativas

Para Soler, una de las estrategias más útiles consiste precisamente en ajustar las expectativas. Si sabemos que estamos especialmente cansados o nerviosos, podemos rebajar el nivel de exigencia y anticipar mejor determinadas situaciones. También ayuda intentar ponerse en el lugar del niño antes de interpretar automáticamente su comportamiento como un desafío.

Eso no significa eliminar los límites. Los niños siguen necesitando normas claras, pero es posible marcarlas sin recurrir continuamente al miedo o a levantar la voz. Soler insiste además en que, cuando el adulto se equivoca y grita, pedir perdón también forma parte de la educación.

La clave no está, por tanto, en aspirar a no perder nunca la paciencia, algo poco realista, sino en evitar convertir los gritos en una herramienta habitual. Entender nuestras propias emociones, reconocer cuándo estamos desbordados y recordar que muchas conductas forman parte del desarrollo infantil puede reducir considerablemente esas situaciones. Porque, como resume el psicólogo, muchas veces el grito explica más cómo está el adulto que lo que realmente ha hecho el niño.