Tal día como hoy del año 1649, hace 377 años, en Londres, decapitaban al rey Carlos I de Inglaterra. En ese momento tenía 49 años, y esta ejecución era el punto culminante de un largo conflicto que había enfrentado al rey y su cancillería con el Parlamento y que se remontaba a 1642. Este conflicto se fundamentaba en la contraposición de ideas entre las dos partes enfrentadas. Mientras que el Parlamento apostaba por adaptar a la actualidad y proyectar hacia la modernidad el régimen monárquico parlamentario de raíz medieval, el rey y su cancillería se inspiraban en el modelo político francés de los Borbones y maniobraban para transformar Inglaterra en una monarquía absolutista.
Carlos I había sido coronado en 1625 (a la muerte de su padre, Jacobo I, el primer Estuardo en el trono de Londres) y, en aquel momento, había generado muchas expectativas porque se esperaba que Inglaterra pudiera superar la etapa de conflictos que había marcado el reinado de su padre. Pero a medida que fue pasando el tiempo, la figura de Carlos se deterioró a marchas forzadas. Su escasa altura política, su poca habilidad para elegir a las personas que debían ayudarle a gobernar y, sobre todo, su inclinación por George Villiers, duque de Buckingham —y la sospecha de que esta elección obedecía a una relación homosexual— contribuyeron enormemente al desprestigio del rey.
Finalmente, Carlos I fue detenido, acusado y juzgado por el delito de “gobernar contra la religión anglicana, las leyes de Inglaterra y la libertad del Parlamento” y fue hallado culpable de “tiranía, traición, asesinato y enemigo público” y los cincuenta y nueve jueces nombrados por el Parlamento —entre los que estaba Oliver Cromwell, el futuro presidente de la República de Inglaterra— lo condenaron a morir decapitado. A partir de aquel momento, Inglaterra se convertía en una república y su jefe de Estado sería Cromwell, nombrado “Lord Protector” (máxima autoridad política y militar). Esta república estaría vigente hasta 1660 (más allá de la muerte de Cromwell).
