Tal día como hoy del año 1517, hace 509 años, en Zaragoza, nacía Antoni Agustí i Albanell, que en el transcurso de su vida sería visitador del rey hispánico Carlos de Gante en Nápoles y Sicilia (entonces estados del edificio político hispánico), nuncio apostólico en Inglaterra y en el Sacro Imperio Romano Germánico (en plena expansión del anglicanismo y del luteranismo sobre aquellos territorios), obispo de Alife (reino de Nápoles), obispo de Lleida y arzobispo de Tarragona.
Sus padres eran Antoni Agustí —de Fraga—, vicecanciller de la Corona en Zaragoza y miembro de un linaje muy vinculado a los Trastámara en el trono catalanoaragonés (siglo XV y principios del XVI), y Aldonça Albanell, hija de una familia de la oligarquía urbana de Barcelona. Aunque los Agustí-Albanell estuvieron en Zaragoza durante dieciséis años y todos sus hijos nacieron en la capital aragonesa, Antoni dejó escrito que la lengua familiar fue siempre el catalán.
Agustí pasaría a la historia por haber sido el introductor de la imprenta en sus tres destinos diocesanos. Pero, en cambio, no es tan conocido por otro aspecto bastante importante: desde la mitra arzobispal y junto con el prohombre local Lluís Pons d’Icart, impulsaría las primeras medidas de recuperación y protección del patrimonio romano de Tarragona, al rescatar y poner en valor piezas reutilizadas en las construcciones medievales o, simplemente, abandonadas en el campo.
Durante su gobierno diocesano en Tarragona (1576-1596), Agustí acumuló los hallazgos en el antiguo Palacio Arzobispal (el desaparecido Castillo del Patriarca, en la actual plaza del Fòrum) y, más adelante, las dispuso —con un criterio historicista— sobre el llamado “huerto de la Catedral”. Tres siglos más tarde, el arqueólogo Bonaventura Hernández Sanahuja (Tarragona, 1810-1891) recogería el testimonio del arzobispo Agustí y marcaría el punto de inicio de las grandes excavaciones en Tarragona.