Tal día como hoy del año 532, hace 1.494 años, en el hipódromo de Constantinopla (entonces capital del Imperio romano de oriente), se producía un alboroto que, al cabo de las horas, derivaría en la llamada revuelta de Nika. Aquella revuelta tuvo un extraordinario impacto en la sociedad del momento de la capital romana de oriente, hasta el punto que, durante aquella crisis, el emperador Justiniano I —posteriormente llamado el Grande— permaneció oculto esperando el momento para huir de la ciudad. El poder consiguió recuperar el control de la situación en buena parte por la gestión de la emperatriz Teodora, que asumió la dirección del gobierno mientras su marido estaba oculto.
Aquella revuelta fue el punto culminante de una crisis social y política de larga duración que enfrentaba a los protopartidos políticos de los azules, formados por la aristocracia y sus clientelas (las clases humildes vinculadas a ellos por cuestiones económicas), y de los verdes, integrados por negociantes, artesanos y jornaleros. Además, profesaban confesiones diferenciadas. Los azules profesaban el cristianismo calcedonio —la corriente eclesial oficial, que defendía la doble naturaleza divina y humana de Cristo— y, en cambio, los verdes practicaban el monofisismo —que veía a Cristo como un líder político y social de naturaleza humana y que la Iglesia consideraba una herejía.
Las competidas carreras de carros que se celebraban en el hipódromo y la dimensión heroica que adquirían sus conductores —a menudo idolatrados por los partidarios de una u otra facción— alimentaban aquella rivalidad, y las gradas de aquel gran edificio de espectáculos eran escenario habitual de los choques violentos entre azules y verdes. Pero el estallido de la Nika se produjo cuando azules y verdes, conjuntamente, se rebelaron contra el poder imperial. Los verdes incubaban un largo resentimiento porque siempre se les había marginado y los azules pensaban que, desde que el Imperio tenía que comprar la paz a los enemigos que lo amenazaban, se les exprimía con una carga impositiva exagerada.
Teodora ordenó a los generales imperiales Mundus y Belisario que atacaran a los sublevados (azules y verdes, que ya estaban esparcidos por toda la ciudad y provocaban incendios) y los obligaran a reconcentrarse en el hipódromo. Completada aquella maniobra, la misma Teodora ordenó la masacre de los sublevados. Según las fuentes documentales de la época, fueron asesinados más de 30.000 partidarios de las dos facciones, que en aquel momento representaban el 10% de la población de la ciudad. En aquel cruento episodio también fue asesinado Flavio Hipacio, magister militum, el superior jerárquico de Mundus y Belisario y candidato de los azules a relevar a Justiniano en el trono imperial.
