Tal día como hoy del año 1643, hace 383 años, en Madrid; el rey Felipe IV cesaba a Gaspar de Guzmán y Pimentel; conde-duque de Olivares y valido (ministro plenipotenciario) de la monarquía hispánica desde 1623. El desinterés de Felipe IV en el gobierno, convertiría al ambicioso Olivares en el personaje más poderoso del edificio político hispánico. Cuando llegó al poder, encontró las finanzas públicas arruinadas (las remesas de metales americanos, principal fuente de ingresos de la corona hispánica, cada vez eran menores). Pero, a pesar de ello, durante veinte años (1623-1643) fabricó guerras contra enemigos externos (especialmente contra Francia, que disputaba a los hispánicos la primacía mundial; y contra integrantes de la monarquía hispánica (Cataluña, Portugal, Nápoles y Países Bajos hispánicos).

El principal proyecto político de Olivares fue la Unión de Armas, que aspiraba a aplicar una aportación tributaria y militar proporcionalmente homogénea a todos los estados integrantes de la monarquía hispánica. Pero aquel proyecto, que se saldaría con un rotundo fracaso, chocó con la arquitectura foral (contemporáneamente la llamaríamos confederal) de la monarquía hispánica, que consagraba la relación bilateral de cada uno de los miembros de aquel conjunto con el poder central y la negociación singular en temas como la fiscalidad o el ejército. Además, los cálculos de población de cada uno de estos estados – que presentó Olivares –, habían sido burdamente inflados; y esto desacreditaría su proyecto y lo condenaría al fracaso.

No satisfecho con el revés político que había recibido, decidió provocar una guerra civil en Catalunya – el territorio que más se le había resistido –. El objetivo de Olivares era provocar la desafección de la población catalana hacia sus clases dirigentes y hacia sus instituciones, que debía culminar con la destrucción – desde dentro – del sistema constitucional catalán. Para conseguirlo desplazó el principal frente de guerra con Francia a la frontera catalano-francesa (1635) y llenó Catalunya de soldadesca hispánica (1635-1640) que se comportaría como un ejército de ocupación (robos, incendios, violaciones, asesinatos). Esta crisis derivaría en la Revolución (1640) y Guerra de Separación de Cataluña (1640-1652/59). 

Con las tropas hispánicas expulsadas de Catalunya y de Portugal; pero, sobre todo, con las humillantes derrotas en Montjuïc y en Lérida, con miles de bajas y deserciones (1641-1642), vería agotado su crédito político y el partido del antiguo valido – el también superministro duque de Lerma (1599-1623) – convencerían al rey Felipe IV para que lo cesara. El hombre que había provocado una gigantesca crisis social, política y económica en Catalunya (con miles de damnificados y de muertos) y que era el principal causante del estallido de la Revolución y Guerra de Separación, moriría desterrado de la corte y obligado a vivir lejos de Madrid y de sus amistades y acabaría muriendo dos años después (1645) en Toro (antiguo reino de León) en la más absoluta soledad y totalmente desacreditado y olvidado.