Tal día como hoy del año 1126, hace novecientos años, en la catedral de León (entonces capital del reino de Asturias-León-Galicia), el arzobispo de Santiago y primado del reino leonés Diego Gelmírez y una amplia representación del poder nobiliario gallego y leonés coronaban a Alfonso Borgoña, rey de Asturias, de León y de Galicia. Alfonso era hijo de la reina Urraca I (no había ninguna ley que impidiera a las mujeres sentarse en el trono de León como reinas titulares) y de Raimundo de Borgoña, miembro de la casa de Borgoña y rey consorte de Asturias-León-Galicia. Y era nieto del rey Alfonso VI de Asturias-León-Galicia y de Castilla.
Alfonso Borgoña inició su reinado gobernando sobre un amplio territorio peninsular que abarcaba desde las Rías Bajas (al oeste) hasta las fuentes del río Duero (al este), y desde las costas cantábricas (al norte) hasta el río Tajo (al sur). El rey Alfonso I de Navarra-Aragón (conocido como “el Batallador”) no reunía ni la mitad del dominio del leonés. Solo Ramón Berenguer III de Barcelona, que gobernaba sobre los territorios de la Catalunya Vieja, Languedoc y Provenza, podía competir con Alfonso, pero con la particularidad de que la mayor parte de los dominios del catalán estaban fuera de la península ibérica.
Por este motivo, Alfonso se hizo llamar “Imperator Totus Hispaniae” (Emperador de Toda Hispania). Sobre todo después de la muerte del que había sido su padrastro Alfonso I de Navarra y Aragón —“el Batallador”—. Esgrimiendo este parentesco y un remoto origen genético común, reclamó la corona navarroaragonesa. Pero nunca proyectó su ambición sobre los condados catalanes, que consideraba una entidad política con una historia y una tradición muy alejadas del ideal hispánico de restauración de la antigua monarquía visigótica de Rodrigo, desaparecida con la invasión árabe (siglo VIII).
A la muerte sin descendencia directa de su padrastro Alfonso el Batallador (1134) se produjo la separación de Navarra y Aragón. La nobleza navarra coronó rey a García VI, pariente lejano del difunto. Y la nobleza aragonesa a Ramiro el Monje, hermano del difunto. Sin embargo, el leonés ocupó el valle del río Jiloca y la ciudad de Zaragoza, y no sería hasta que los aragoneses negociaron la unión dinástica con Barcelona y el conde Ramón Berenguer IV de Barcelona se convirtió en el nuevo soberano de Aragón que “el emperador de toda Hispania” se retiraría a Soria y renunciaría a combatir contra los catalanes.