Se han cumplido estos días dos años desde que Pedro Sánchez llevara a cabo una de las jugadas políticas más sorprendentes de la vida política española: amagar con dimitir por considerar que se estaban produciendo una serie de ataques contra su esposa, que le habían generado, dijo, una gran presión personal y política. Fue el 24 de abril de 2024, en el inicio de la campaña de las elecciones catalanas, que acabaría ganando, de manera clara, Salvador Illa el 14 de mayo y que acabaría siendo determinante para alcanzar la presidencia de la Generalitat el 8 de agosto. Hoy sabemos que todo fue, básicamente, una maniobra para instalar un relato en la opinión pública: la justicia no lo aceptaba como presidente del Gobierno, iban a ir a por él con malas artes y su obligación era mantenerse en el cargo y desenmascarar a los golpistas de toga y guante blanco.
Como en las películas, el protagonista, galán y seductor, trata de aparecer defendiendo el amor y la verdad frente a un grupo de desalmados que solo quieren el poder para hacer dinero y castigar a los más desfavorecidos, ya que por eso son de derechas. Pero Sánchez no dimitió, como es de sobras conocido, aunque, en realidad, nunca tuvo intención de hacerlo. El presidente del Gobierno es un animal político que ha hecho de su manual de resistencia un modo de vida. El caso de Begoña Gómez ha ido avanzando judicialmente y ahora está a expensas de que se celebre el juicio, seguramente a principios del próximo año, por los delitos de tráfico de influencias, malversación, corrupción en los negocios y apropiación indebida. El auto de procesamiento del juez Juan Carlos Peinado ha sido recurrido por la Fiscalía y la acusación particular ha pedido 24 años de prisión.
Dos años después de aquel episodio que se nos presentó como un ejercicio de deshojar la margarita, hoy el barco tiene muchos más agujeros y el casco presenta daños estructurales
Pero incluso ese demoledor auto del juez de hace un par de semanas ha dejado de ser relevante en el devenir de la política española. El argumentario de Moncloa va, mediáticamente hablando, muchos pasos por delante y el poso que deja en la ciudadanía el relato contrarresta de sobras la realidad informativa. Lo mismo sucede con el juicio de Koldo, Ábalos y Aldama por el caso de las comisiones en la compra de mascarillas, que se celebra estos días en el Tribunal Supremo. De hecho, pese a ser un auténtico calvario judicial su presidencia en esta legislatura y de no disponer de una noticia positiva desde hace meses, su presidencia no se ve amenazada, ya que la aritmética política da una suma imposible para desplazarlo de la Moncloa. Los votos de PP y de Vox precisan del apoyo de Junts per Catalunya y del PNV, algo que no entra en las previsiones de Carles Puigdemont y de Aitor Esteban.
No es exagerado decir que la política española ha entrado en una fase de un gran apagón, donde la oscuridad de los hechos y las cosas que suceden han dejado de ser relevantes. Ni el hecho de que no se puedan aprobar los presupuestos, ni la posibilidad del Gobierno de llevar al Congreso una iniciativa política para salir adelante, ni que un grupo político que dio los votos claves para la investidura de Pedro Sánchez los retire y pida la convocatoria de elecciones. En esta travesía por el desierto en busca de la supervivencia básica, responde siempre el CIS y su presidente, Félix Tezanos, que hace una semana lo catapultaba hasta 13 puntos por encima del PP. Algo tan irreal que no merece otro comentario que destacar la manipulación del organismo.
Pues bien, dos años después de aquel episodio que se nos presentó como un ejercicio de deshojar la margarita, hoy el barco tiene muchos más agujeros y el casco presenta daños estructurales. Pero, como la orquesta del Titanic, los músicos siguen tocando.