Boris Johnson ya es pasado. Ha planteado una dimisión a plazos, primero como presidente del Partido Conservador y, cuando este haya elegido sustituto, también abandonará el cargo de primer ministro, pero se trata de un aspecto meramente formal. El fortín del 10 de Downing Street ha caído estrepitosamente pese a la resistencia de Johnson, que se negaba a entregarlo hasta este jueves al mediodía, una vez constatado que las bajas en el gobierno eran cada vez más numerosas y su primer círculo de confianza le recomendaba dejar el cargo y abrir una vía ordenada para su dimisión, algo que, finalmente, el premier británico aceptó de mala gana. Johnson es un político peculiar y, en parte, la antítesis de lo que se espera de un líder del Partido Conservador, ya que además de una formación elitista en el Eton College, el colegio que tradicionalmente ha formado a las élites dominantes de la sociedad británica, combinaba un populismo exagerado, que le permitía penetrar fácilmente en el electorado que antaño se consideraba de izquierdas, lo que le podría asemejar en algo al expresidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Johnson pasará a la historia como el presidente del Brexit, el que se comprometió a desconectar a la Gran Bretaña de la Unión Europea y lo ha acabado haciendo. Llegó con este mandato al 10 de Downing Street en diciembre de 2019, con la mayoría absoluta a sus espaldas que le otorgaron los electores y que supuso el mejor resultado de los conservadores en tres décadas, y acabó saliendo del club de la UE sin faltar a su promesa. Ha sido después de la salida del Brexit cuando ha cavado su tumba: se ha situado en un pedestal y sus excentricidades lo han alejado de su base electoral. Tanto es así que él, que es un erudito y un profundo conocedor de la política inglesa, había olvidado cómo se producen los motines contra los primeros ministros en Londres y creía que era insustituible. Las fiestas en su residencia oficial en plena pandemia fueron el primer aviso de que había perdido el norte como gobernante y las mentiras y continuos cambios de la versión de aquellas noches locas, la confirmación de que su tiempo había pasado y su marcha no tenía vuelta atrás.

Aunque no es, ni mucho menos, la primera vez que un primer ministro del Reino Unido tiene que dejar el cargo por la rebelión dentro de sus propias filas, es importante destacar la fortaleza que suponen para la democracia este tipo de situaciones. Encorsetados como estamos aquí, con la ley electoral que acaba dejando en manos de los partidos todas las grandes decisiones y no en manos de cada uno de los políticos, el ejemplo inglés acaba siendo apasionante. Los diputados se deben a su circunscripción y es allí donde han de revalidar su continuidad en el cargo, y ello les confiere una autoridad y una libertad que aquí no tienen. ¿Alguien se imagina un motín de los ministros socialistas para que Pedro Sánchez dimita? ¿O a su grupo parlamentario presentando una moción de censura, como la que tuvo que superar Johnson el pasado 7 junio, el día en que superó su primer match ball, para acabar, finalmente, perdiendo el partido?

La dimisión de Johnson y la más que probable convocatoria de elecciones en un plazo no demasiado largo deja abierta, con muchas posibilidades de que así acabe siendo, la llegada al gobierno del Partido Laborista, recuperando el cargo que en 2015 perdió Toni Blair. Va a ser una oportunidad para Escocia y su primera ministra, Nicola Sturgeon, que anunció la convocatoria de un referéndum de independencia para octubre de 2023. Una repetición de los resultados de los comicios de 2019, en los que el SNP obtuvo 48 de los 59 escaños en juego, daría alas a Escocia para negociar con fuerza el gobierno de Londres a cambio del referéndum de independencia. Sturgeon ha movido con habilidad sus piezas y se ha adelantado a los acontecimientos, una cosa de la que aquí estamos muy faltados y que en política acaba dando siempre grandes frutos.