No deja de ser chocante que la intervención más importante de la galaxia de decenas de políticos izquierdistas, principalmente sudamericanos, que han pasado por Barcelona este fin de semana, respondiendo a una invitación de Pedro Sánchez, haya sido la de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum. Y que su intervención haya destacado por encima de las demás hablando de principios democráticos básicos, del respeto a la autodeterminación de los pueblos, la no intervención, la solución pacífica de controversias y el rechazo al uso de la violencia, el respeto a los derechos humanos y el sometimiento, por la fuerza, de las naciones hasta convertirlas en colonias modernas.

Sheinbaum, buena conocedora de la historia de España y de su pasado, y que ha protagonizado hechos tan destacados como la afrenta de no invitar a Felipe VI a su toma de posesión, por no haber pedido perdón por los excesos cometidos durante la conquista, igual molestó a más de uno. O no. Porque, con los discursos, sucede aquello tan conocido de una frase anónima que destaca que quien no te quiere oír, no te escucha ni que grites. En la Catalunya oficial, que se quiere hacer presente con la vuelta a la normalidad y pasar página a todo lo que sucedió durante los años del procés, es de sobras conocido que la autodeterminación no forma parte de su guion y que la solución pacífica de las controversias quedó fuera del libreto desde el momento en que la respuesta al referéndum del 1-O fue la que fue.

Pedro Sánchez ha conseguido situarse al frente de la izquierda internacional y erigirse en el político anti-Trump por antonomasia

Pedro Sánchez ha conseguido situarse al frente de la izquierda internacional y erigirse en el político anti-Trump por antonomasia. Se lo reconocen hasta en China, país que visitó esta semana con una agenda política y económica importante. Pero también se lo reconoce el propio Trump, que debe ser el presidente norteamericano que más se ha referido a España durante su mandato. Este mismo sábado, al referirse a la cumbre de Barcelona, ha señalado que España daba pena y ha añadido en su red social lo siguiente: "¿Alguien se ha fijado en lo mal que le va a España? Sus cifras económicas son absolutamente desastrosas, pese a no contribuir casi nada en la OTAN".

El presidente del Gobierno se maneja en su salsa en la guerra dialéctica con Trump, que, además, le permite referirse al PP como la derecha lacaya de la Casa Blanca. Una situación que hace que muchas empresas españolas, varias del Ibex 35, tiemblen cada vez que sube el tono dialéctico Sánchez por temor a represalias económicas a sus intereses en Estados Unidos. Merece un comentario que, mientras el presidente francés, Emmanuel Macron, y el primer ministro británico, Keir Starmer, hacían de anfitriones en París de una cumbre de 49 países para debatir una operación defensiva destinada a garantizar la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz una vez que se den las condiciones, España estaba en su pulsión interna y en clave electoral. Todo el mundo hace lo que quiere, obviamente, pero, si la solución tiene que ser diplomática, el aquelarre de Sánchez sirve de bien poco.