Los planes de Pedro Sánchez de tener una legislatura tranquila, cómodamente instalado en la izquierda política y situando a Vox, PP y Ciudadanos en el mismo plano de oposición al Gobierno, saltaron por los aires con la pandemia del coronavirus y la crisis económica que lleva asociada, que será muy dura, intensa y larga. No habrá en España recuperación en V -cuesta encontrar una letra del abecedario que identifique, hoy por hoy, cómo será la salida del túnel y tan solo la economía alemana aporta datos de un cierto vigor económico-; y, como ya se está viendo, el turismo no nos sacará de pobres este verano ya que los extranjeros ni llegarán a los aeropuertos, ni entrarán por la frontera francesa con su automóvil en una cantidad suficiente para poder salvar la temporada de verano. Ha empezado julio y Barcelona está vacía de turistas, los principales hoteles aún permanecen cerrados, la ciudad registra unos datos preocupantes en múltiples sectores y en la costa catalana los números siguen sin salir. 

Esa situación agrava el panorama económico y deja aún más a España a merced de Bruselas a la hora de plantear la distribución de los fondos europeos y las reformas que, desde la Comunidad, van a ser una exigencia, no una recomendación. Los primeros mensajes comunitarios ya han comportado un cierto realineamiento de las alianzas políticas en Madrid con un mayor papel de Ciudadanos, como se ha visto en la aprobación de las últimas prórrogas del estado de alarma, en la comisión parlamentaria de la denominada reconstrucción y en los primeros escarceos de la negociación de los próximos presupuestos generales del Estado. También el PSOE está trabajando en rebajar la tensión con el PP, otra de las exigencias que a Sánchez le llegan desde varias cancillerías, como Berlín. Bruselas quiere también que el PP haga renuncias en su papel de oposición a todo para abrir una vía Sánchez-Casado, hoy del todo inexistente. Felipe González también trabaja en ello y despliega sus influencias en los sectores mediáticos y empresariales de Madrid.

El viraje del barco gubernamental está siendo lento pero invariable: todo a la derecha, parece haber ordenado Pedro Sánchez. La incógnita que nadie se atreve a resolver de la ecuación política es qué acabará haciendo Podemos y hasta dónde las estructuras de la formación morada resistirán una agenda que no es la suya, sobre todo en lo que respecta a las obligaciones económicas que impondrán tanto Bruselas como los socios comunitarios. Se las prometían muy felices hace tan solo seis meses con varios ministerios por primera vez desde el inicio de la transición española y una cierta capacidad de influencia para desarrollar una agenda social y algún que otro tema económico estrella como el impuesto a los ricos, que hoy ya se encuentra en uno de los últimos cajones tras darle el PSOE un sonoro carpetazo. Hay un cierto consenso, sin embargo, que, en el corto plazo, la elección de Podemos está más que clara y la coalición gubernamental está asegurada ya que por delante aún hay unos cuantos meses para disimular y hacerse el despistado sobre las instrucciones que se irán recibiendo.

El independentismo deberá hacer sus cuentas. De la misma manera que Mariano Rajoy dio esquinazo a todos sus compromisos económicos con Artur Mas con la excusa de la salida de la crisis en 2011 y ahí quedó flotando en la negociación el pacto fiscal, hoy otro presidente, Pedro Sánchez, se apresta a repetir una estrategia similar que tiene un único mensaje: las reivindicaciones de Catalunya han de esperar. Diferentes intérpretes para un mismo disco.

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