Irán, la gran derrota de Trump

Cuando faltan pocas fechas para que se cumplan cuatro meses de la guerra que Estados Unidos e Israel iniciaron contra Irán el pasado 28 de febrero, es muy probable que la capitulación del presidente Donald Trump acabe marcando irremediablemente el balance de su segundo mandato presidencial. Aunque cualquier acuerdo de paz merece, en principio, un respaldo por lo que supone de poner punto y final a la pérdida de vidas humanas, el memorándum acordado del final del conflicto bélico, que se firmará este viernes en Ginebra, es un castigo a la frivolidad política que emana de todas las decisiones de la Casa Blanca. Los objetivos que se planteó Trump al anunciar la guerra con Irán no se han conseguido, su posición en el concierto internacional es más débil que antes, el coste económico que ha tenido ha sido inmenso y aquella bravuconería inicial con la que empezó la guerra, afirmando que Estados Unidos lograría una victoria total y completa y que Irán debía aceptar una rendición incondicional, ha quedado en una chulería propia de su lenguaje tabernario.

Lo único cierto es que la presunta fortaleza estadounidense lo es hoy un poco menos. No es imbatible y el régimen de los ayatolás sigue al frente de Irán con más fuerza que antes. Han tenido pérdidas enormes, empezando por el ayatolá Alí Jameneí, el líder supremo asesinado el primer día de la guerra. Y muchas más de relevantes como Ali Larijani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional y principal estratega político. También han muerto numerosos altos mandos de la Guardia Revolucionaria Iraní (IRGC), el Ejército regular y el Ministerio de Inteligencia, incluyendo al jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, el comandante de las milicias Basij, el jefe de la Armada de la IRGC y varios directores de inteligencia naval. Son bajas importantes, pero el régimen se ha regenerado y todo ello se compensa de sobras con el hecho de que Estados Unidos haya retrocedido y aceptado el final del conflicto.

La presunta fortaleza estadounidense lo es hoy un poco menos. No es imbatible y el régimen de los ayatolás sigue al frente de Irán con más fuerza que antes

El acuerdo reabre el estrecho de Ormuz, algo que sin duda va a aliviar la presión sobre la economía global. Pero eso ya era algo sabido: la economía vive mal con un conflicto militar y, prescindiendo del futuro que pudiera haber, un conflicto militar siempre es una mala noticia para la economía. Es, por tanto, una perogrullada argumentar ahora, como ha hecho Trump, que cada vez que había una noticia de un acuerdo de paz las bolsas subían y viceversa y, en consecuencia, lo mejor era poner punto final. Como explicación puede valer, pero como argumento es tan inconsistente como la gran mayoría de declaraciones que hace al respecto. La normalización del tráfico marítimo mundial por el estrecho de Ormuz acabará bajando los precios de la energía y otros productos. Pero lo que era impensable en febrero es que, para quedarse en el statu quo anterior a la guerra, Estados Unidos tuviera que facilitar inmediatamente las exportaciones iraníes de petróleo y productos petroquímicos, incluyendo servicios asociados como el transporte, los seguros o las operaciones bancarias. Además de impulsar, junto con socios regionales, un plan de reconstrucción y desarrollo económico para Irán dotado con al menos 300.000 millones de dólares.

Vamos a ver en las próximas semanas cómo evoluciona el calendario de negociaciones de 60 días para cerrar un tratado definitivo, un periodo en que las dos partes mantendrán el statu quo: Irán no ampliará su programa nuclear y Estados Unidos no impondrá nuevas sanciones ni reforzará su presencia militar en la región. Pero también un realineamiento de los países de Oriente Medio que daban por descontada la victoria norteamericana, empezando por su principal aliado, Israel. El país hebrero no acepta el acuerdo, que le deja desprotegido frente al gigante Irán. Pero también las monarquías árabes productoras de petróleo del Golfo, que habían basado su éxito y su dinamismo económico en la gran apuesta por la estabilidad en un escenario tan complicado como Oriente Medio. La guerra se ha llevado esa idílica idea y tienen por delante años antes de regresar a la situación anterior. Y todo ello con un renovado Irán más amenazante que antes.

Aquella estúpida comparación de Irán con Venezuela y de que se trataría de una operación de muy pocas semanas ha acabado aplastada contra la pared. Aquellos discursos en campaña en los que afirmaba que "Yo traeré de regreso el sueño americano: más grande, mejor y más fuerte que nunca", "volveremos a hacer de EE. UU. una nación poderosa", se han dado estas horas de bruces con la realidad.