Vivimos un momento de transformaciones profundas: cambios tecnológicos acelerados, tensiones geopolíticas y una presión creciente para avanzar hacia modelos más sostenibles y competitivos. En este contexto, hay actores que, a pesar de operar a menudo lejos del foco mediático, son determinantes para el progreso económico e industrial: los centros tecnológicos. El 120 aniversario de Leitat es una efeméride relevante, pero no es el núcleo de este artículo. El verdadero objetivo es valorar el papel de los centros tecnológicos como puente efectivo entre el conocimiento científico y la industria, entre la investigación y soluciones reales y tangibles.

Desde sus orígenes, Leitat ha tenido una vocación clara: Investigar e innovar para resolver los retos concretos del tejido productivo en cada momento. Aquello que hoy llamamos transferencia tecnológica o innovación aplicada ya formaba parte de su ADN mucho antes de que estos conceptos se consolidaran en el discurso público. No es una cuestión terminológica, sino de enfoque: la investigación adquiere todo su sentido cuando se traduce en impacto económico, social y ambiental.

En los últimos años, este enfoque se ha vuelto imprescindible. Las empresas, especialmente las pequeñas y medianas, afrontan retos de una complejidad creciente: descarbonizar procesos productivos, incorporar tecnologías digitales, adaptarse a marcos regulatorios exigentes, gestionar la escasez de talento especializado o competir en mercados globales cada vez más volátiles. Pretender que estos desafíos se resuelvan de manera individual no es realista. Es en este punto donde los centros tecnológicos devienen socios estratégicos: reducen riesgos, aceleran la innovación y traducen el conocimiento científico en soluciones aplicables a la realidad empresarial.

Nuestro país dispone de un ecosistema de innovación sólido y diverso, en el que los centros tecnológicos tienen un papel vertebrador. En el caso de Leitat, la presencia en el territorio y la colaboración continuada con empresas industriales, empresas emergentes, administraciones públicas y universidades ha permitido transformar líneas de investigación avanzadas en soluciones tangibles. Hablamos de proyectos con impacto directo en sectores clave como la industria manufacturera, la movilidad, la salud, la energía o la alimentación, siempre desde una lógica de aplicación práctica.

A escala europea, el papel de los centros tecnológicos es aún más evidente cuando se analizan los datos. Según la Comisión Europea, los países con redes sólidas de centros tecnológicos y de RTO (Research and Technology Organisations) presentan mayores niveles de productividad industrial, una transferencia más eficiente de los programas de I+D y un mejor aprovechamiento de los fondos públicos de innovación. No es casual que cerca del 60 % de los proyectos colaborativos de Horizon Europe con participación empresarial cuenten con centros tecnológicos como socios clave, actuando como integradores entre universidades, empresas y administraciones. Cada euro invertido en este tipo de infraestructuras genera un efecto multiplicador significativo en valor añadido, ocupación cualificada y competitividad a medio plazo.

En el ámbito de los materiales avanzados, por ejemplo, la investigación en nuevos compuestos, procesos de fabricación más eficientes o alternativas sostenibles ha ayudado a las empresas a mejorar prestaciones, reducir costes y avanzar hacia modelos más responsables. En el campo de la digitalización, la incorporación de tecnologías como la inteligencia artificial, la simulación avanzada o la sensórica industrial no se plantea como un fin en sí mismo, sino como una herramienta para optimizar procesos, mejorar la toma de decisiones y reforzar la competitividad.

La sostenibilidad es otro de los grandes ejes de trabajo de los últimos años, entendida de manera integral. La transición hacia modelos productivos más respetuosos con el medioambiente no es solo una exigencia social, sino también una necesidad estratégica. Los centros tecnológicos acompañan a las empresas en este camino, aportando rigor científico para reducir emisiones, valorar subproductos, desarrollar nuevas fuentes de energía o repensar el diseño de productos desde una perspectiva de economía circular. No se trata de discursos abstractos, sino de proyectos medibles y escalables.

Este modelo de colaboración tiene, además, un impacto directo en el territorio. Los centros tecnológicos no solo transfieren tecnología, sino que atraen y retienen talento, generan empleo cualificado y actúan como nodos de conexión entre actores que difícilmente colaborarían de manera espontánea. En un momento en que la competitividad de las regiones depende cada vez más de su capacidad de innovar, esta función es especialmente relevante.

Este impacto se concreta también en indicadores medibles sobre el tejido productivo. Diversos estudios europeos apuntan que las pymes que colaboran de manera sostenida con centros tecnológicos incrementan su capacidad innovadora, reducen el tiempo de salida al mercado de nuevos productos y mejoran su resiliencia en entornos de incertidumbre. En muchos casos, estas colaboraciones se traducen en mejoras de doble dígito en eficiencia energética, reducciones relevantes de emisiones o el acceso a nuevos mercados internacionales. Más allá de los porcentajes, el resultado es estructural: empresas más preparadas, territorios más atractivos para el talento y una economía que basa su crecimiento en conocimiento aplicado y no solo en costes.

La experiencia de Leitat demuestra que la innovación no es patrimonio exclusivo de las grandes corporaciones. Cuando el conocimiento se pone al servicio del tejido productivo, también las pymes pueden acceder a tecnologías avanzadas, explorar nuevos modelos de negocio y posicionarse en cadenas de valor globales. Este efecto democratizador de la innovación es uno de los grandes valores añadidos de los centros tecnológicos.

Celebrar 120 años de trayectoria no significa mirar solo atrás. Al contrario, obliga a plantear cómo ha de evolucionar este puente entre conocimiento e industria en los próximos años. El contexto actual reclama centros tecnológicos aún más ágiles, con una visión internacional reforzada y capacidad de anticipar tendencias para acompañar a las empresas en escenarios de incertidumbre. También exige marcos de colaboración público-privada estables, que reconozcan el valor estratégico de la innovación aplicada como motor de desarrollo.

Desde la dirección de Leitat, esta reflexión no es retórica, sino un compromiso firme con una manera de entender la innovación: cercana a la empresa, rigurosa desde el punto de vista científico y orientada a resultados. Porque el éxito de un centro tecnológico no se mide solo en proyectos o indicadores, sino en su capacidad de transformar conocimiento en industria, y la industria en progreso económico y social compartido.

Que este 120 aniversario sirva, pues, para hacer visible una realidad a menudo discreta pero imprescindible. Los centros tecnológicos no son un actor secundario del sistema de innovación: son el puente que permite que las ideas crucen hacia la otra orilla y se conviertan en soluciones reales para la economía y la sociedad. Un puente que, en Cataluña, hace más de un siglo que demuestra su utilidad y que hoy es más necesario que nunca.