La ciencia-ficción africana está de moda en Estados Unidos, y la resonancia de esta moda ya se hace sentir incluso en Catalunya. Llega Nnedi Okorafor con Quien teme a la muerte, un libro publicado en catalán por Raig Verd en traducción de Blanca Busquets y en castellano por Crononauta en traducción de Carla Bataller. La nigero-americana Nnedi Okorafor (nacida en Cincinatti en 1974, pero que viajó de niña con frecuencia a Nigeria) mezcla la ciencia-ficción más clásica con toques de mitología y etnología ibo de Nigeria. Además de sus libros, para adultos, para niños y para jóvenes, ha escrito cómics. Ha obtenido numerosos premios, y HBO ha decidido rodar una serie basada, justamente, en Quien teme a la muerte.

Ficción desde el África

La novela de Okorafor se sitúa en un punto indeterminado de un país desértico, que tiene todo el aspecto de ser africano. Hay elementos de la trama que son indudablemente africanos: la ablación del clítoris practicada a las mujeres, el desierto, los brujos, los grupos de edad, un conflicto racial, la creciente desertización... Pese a todo, Okorafor no tiene ninguna voluntad etnográfica: los seres fantásticos que retrata tienen poco que ver con los que aparecen a las películas de brujería de Nollywood o a la cadena televisiva Africa Magic. Y los miedos y motivaciones de los protagonistas de la obra tienen poco que ver con los de los nigerianos actuales. La autora mezcla algunas costumbres reales con escenarios completamente imaginarios. Ciudades, desiertos y pueblos combinan personajes y situaciones fantásticas con algunos elementos extraídos de la realidad africana. Y los elementos fantásticos, algunos con puntos futuristas, son más propios de El señor de los anillos o de Star Wars que de las leyendas y las fábulas nigerianas. Se habla mucho de la presencia de elementos de la tradición ibo en la potente novela nigeriana, pero, en conjunto, Quien teme a la muerte es mucho más tributaria de los clásicos de la literatura fantástica que de la literatura oral ibo (por no hablar de la literatura escrita africana, que suele moverse en otros parámetros).

En clave femenina

La heroína de la obra, Onyesonwu, es fruto de una violación y todo el desarrollo de la trama será consecuencia de este hecho. Okorafor no se limita a escoger a un personaje femenino como protagonista para vivir las mismas aventuras que viven los hombres (cómo suele suceder en el universo Marvel), sino que Onyesonwu sufrirá la discriminación que sufren tantas y tantas mujeres: no le dejarán aprender ciertos conocimientos, la someterán a la ablación de clítoris, será marginada una y otra vez... Y, pese a todo, la protagonista no se resignará a la marginación y luchará continuamente por evitar la marginación... No luchará sola: tendrá el apoyo de un grupo de amigos en el qué también tendrán un papel clave las mujeres. Mujeres, que como ellas se encontrarán con problemas propios de la condición femenina, pero que también lucharán por superarlos.

Lo más normal

Cuando los autores africanos (y, más concretamente nigerianos) traspasaron el legado de la mitología y de la literatura oral africana a la literatura escrita, sorprendieron a muchos críticos y lectors. Primero fue, ya hace muchos, años, en 1952, Amos Tutuola, con El bebedor de vino de palma (Laertes) quién puso en evidencia que la literatura oral africana podía ser una fuente de inspiración para la literatura escrita. Décadas más tarde, en 1991, un originalísimo Ben Okri, convirtió en protagonista de su novela La carretera hambrienta a un abiku. No era estrictamente un personaje fantástico creado por el escritor, sino un tipo de niño que los nigerianos creen real: el hijo que nace después de que su madre haya tenido muchos abortos o que haya sufrido la muerte de varios bebés, y que tiene especial contacto con el mundo de los espíritus a través de sus hermanos. Pero si Tutuola se movía en un mundo de pura fantasía en un plano atemporal, Okri situaba su trama en la Nigeria postcolonial y combinaba la trama de espíritus con un retrato de la sociedad africana del siglo XX. Alguien llegó a decir que eso era un realismo mágico mayor que el latinoamericano, ya que para muchos africanos lo mágico es estrictamente real. En los últimos años la situación ha cambiado, porque algunos africanos empiezan a cultivar la ciencia-ficción con estándares más parecidos a los occidentales. En Catalunya, hace poco llegó Tomi Adeyemi, con su Hijos de sangre y fuego (ed. RBA); ahora aterriza Quien teme a la muerte (Raig Verd / Crononauta); y ya se prepara el desembarque de Tade Thompson, con Los asesinatos de Molly Southbourne (en la editorial Mai Més) y Rosalera (en Cátedra).

Ciencia-ficción estricta

Nnedi Okorafor ha conseguido mucha resonancia con Quien teme a la muerte; mucha más de la que suele tener la novela africana. Probablemente eso se debe a que esta es una novela canónica en el género de la ciencia-ficción, con una trama muy propia de estas novelas: el viaje iniciático de una chica y sus compañeros de viaje en busca de un terrible enemigo por un territorio donde encontrarán, alternativamente, enemigos terribles y desinteresados amigos que les ayudarán. Una obra muy cinematográfica, que sin duda ya fue concebida con la esperanza de que llegara a convertirse en una película o en una serie, como se ha logrado finalmente (a pesar de que la trama sufre un problema grave de ritmo: tarda mucho en arrancar). Será un libro, pues, más interesante para los seguidores de la literatura fantástica que para los amantes de la literatura africana. Y un éxito garantizado entre los fans de las series de ciencia ficción.

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