PRIMERA SANG castellà

Amélie Nothomb es una gran escritora que escribe pequeñas novelas, cortas, urgentes, convencida de que nunca tendremos tiempo para En busca del tiempo perdido, o ni siquiera para una generosa novela de García Márquez. De modo que, poco a poco, ya lleva publicadas unas treinta, con una impecable factura, la extensión tímida, pensada y digerida hasta el virtuosismo, con una calidad de página publicada que la identifica como al lirio entre las espinas, como escritora estoica, sagaz. Con la rotundidad retórica de un tuit bien trabado, donde no sobra ninguna expresión y donde no hay palabrería ni se escucha al escribir, ésta es una novela preciosa. Dibujada y cosida con la profesionalidad de un Georges Simenon. Amélie Nothomb nació en Kobe, en Japón, y pertenece de algún modo a la nobleza belga por la herencia sanguinolenta a la que hace referencia el título del libro. Pero también procede de las dos literaturas que hoy tienen proporcionalmente más lectores en todo el mundo, la francesa y la nipona. Son dos literaturas que, a veces, corren el peligro de quedar ahogadas, ensimismadas en la tristeza y en el inmovilismo si no fuera que el humor ácido y, a veces, la mala leche, realizan su ley de rescate. La disidencia del atrevido humor da color a la vida, interés a los libros más difíciles.

La disidencia del atrevido humor da color a la vida, interés a los libros más difíciles

Y éste lo es para Amélie Nothomb. Porque es una novela protagonizada por su padre, recientemente traspasado. La evocación del barón rampante Patrick Nothomb le ha sido impuesta por la fuerza de la contingencia, ahora que la memoria aún le está viva y la añoranza urgente. En nombre del padre se ha visto a sí misma narrando el episodio inicial del libro, cuando él escapó de la muerte en el antiguo Congo Belga, una experiencia no más salvaje ni extrema que la dura competencia darwiniana que había vivido a propósito del castillo de su estirpe y de la eminente familia paterna, en realidad, una perfecta horda de bárbaros. La hija se reencuentra con el padre mientras explica la novela de su vida, cuando ambos coinciden en afirmar al individuo frente al grupo, la libertad ante el fatalismo biológico de la sangre, el caos de la improvisación y del vitalismo en contraste con la organización de una pretendida normalidad. Esta novela comienza ante un pelotón de fusilamiento, como en las famosas novelas de Dostoievski y García Márquez, pero naturalmente, la escritora Nothomb es demasiado inquieta e inquietante para resignarse a las convenciones de la narración clásica.

La evocación del barón rampante Patrick Nothomb le ha sido impuesta por la fuerza de la contingencia, ahora que la memoria aún le está viva y la añoranza urgente

De repente veremos cómo esta novela tan pequeña se va agrandando gracias al poder de la condensación. Como la historia familiar sólo late al principio, antes de que el libro coja una dirección inesperada, inquietante, irritante. Correlato de la experiencia vital que nunca acaba ocurriendo según la habíamos planeado. Y que es lo único que tenemos. Amélie Nothomb exhibe entonces una envidiable capacidad de disidencia frente a las convenciones literarias, frente a una personalidad tan íntima como el propio padre, con una confianza completa en el poder la literatura a través del humor, del candor, de la acidez y del calor. El instante inmediatamente anterior a la muerte es siempre potentísimo y elocuente. Es una síntesis de una vida al igual que la novela, a su vez, es una síntesis, breve, esencial, de lo que se quiere narrar.

He aquí la disconformidad frente a la vida contrariada, he aquí la insolencia del pensamiento contra cualquier pronóstico fatalista. He aquí la raíz primera de la literatura. He aquí a la Nothomb, de nuevo, fascinante

En la guerra como en la guerra, en la literatura como en la literatura, es decir, saber en qué consiste escribir. La vida permanentemente en peligro nos enseña que esta vivencia, esa, es la última vez a todo eso. Es necesaria una inminencia, una urgencia, una necesidad de ir a lo que hay que ir, de identificar lo sustancial en la narrativa breve de Nothomb. Frente a la urgencia de la muerte nace una calma interior, seguramente por ley de compensación. Ante la muerte, por contraste, la poca vida que queda parece más vida, el cielo es entonces más azul, la luz más amorosa, el clima más clemente. Ante la intransigencia del tiempo que pasa aparece el despertar de la conciencia, la constatación de haber entendido lo que queríamos entender demasiado tarde. Con un instante más, con un pensamiento adicional, la vida se alargaría como le corresponde, porque la ley de la vida es perdurar. La satisfacción del tiempo que pasa en la conciencia de una curiosidad insatisfecha. La feroz sensación de vida cuando se teme perder la vida. Las trampas que nos ofrece la mente despierta para alargar el tiempo son estupendas. De modo que si cada momento es infinitamente divisible, entonces Aquiles nunca podrá atrapar a la tortuga. No hay ya nada como el poder disidente de la mente. He aquí la disconformidad frente a la vida contrariada, he aquí la insolencia del pensamiento contra cualquier pronóstico fatalista. He aquí la raíz primera de la literatura. He aquí a la Nothomb, de nuevo, fascinante.