El machismo cultural es una forma de vida, una costumbre barroca. Está en las películas románticas, en Neruda diciendo que le gusta cuando callamos y en los artículos paternalistas que nos dedican y que apestan a cerrado. Son ya incontables las letras cantándoles a nuestros culos y tetas, miles de chistes donde la mujer es una cosa sin libertad, condenada a puro pseudónimo, adiestrada para gustar, complacer y chupar; obligada a pelarse las rodillas para ser alguien en la vida. Demasiado cerca quedan las preguntas sexistas sobre maternidad en programas de entretenimiento, las babas repugnantes de los entrevistadores a las entrevistadas, la brecha abismal que nos hace publicar menos libros, ser menos directoras creativas, ser también muchas menos artistas encabezando carteles en los festivales.
A Pedro J. Ramírez le intentaron desprestigiar difundiendo un vídeo sexual, él con cotilla roja y una prostituta latina entre sus piernas, con mujer y tres hijos en casa, y ya nunca jamás ha dejado de ser el periodista reconocido que siempre fue; se libró del estigma por hombre y por poderoso. No tuvo que avergonzarse ni empezar de cero en otro país. No pesan en él ni la duda ni la indiferencia. La grabación ha desaparecido de Internet y la búsqueda en Google da escasos resultados sobre ese bochornoso episodio de su vida. Que se lo pregunten a Jennifer Lawrence, a Pamela Anderson, a Britney Spears.
Escribirlo ya es incómodo pero algún día deberíamos hacer un Me Too global en los escenarios, en las redacciones, en los rodajes de videoclips, en los certámenes de premios literarios y en los backstages de programas televisivos. Se liaría gorda. No quedaría en pie ni el apuntador si nos atreviéramos a acusarles y declarar lo que vivimos todas; lo que nos vemos obligadas a soportar cada día. Cuando comentan sobre nuestras aptitudes a las espaldas, cuando nos obvian y nos excluyen de sus conversaciones de corrillo, si hablamos de feminismo y somos más amenaza que compañeras, y se ridiculiza la lucha y la causa, y nuestras convicciones son lanzadas al paredón de las causas exageradas. El día que frente al paredón estamos nosotras y nos morimos porque nos matan.
Algún día deberíamos hacer un Me Too global en los escenarios, las redacciones, los rodajes o los certámenes de premios literarios
Alguien debió alertarnos que los golpes se dan también con las palabras, con la ignorancia y con los codos, que se puede morir muchas veces en vida. Saldrán hoy muchas cifras sobre denuncias machistas, sobre feminicidios y niños muertos por violencia vicaria, esos padres sanos del patriarcado que se ceban con sus crías porque su mujer es más puta que las gallinas. No saldrá ningún número sobre las risas humillantes por debajo de la nariz, sobre el expolio de nuestras ideas en el curro para colocarse la medalla. Tampoco sobre las veces que se burlan de lo que tatareamos, lo que escribimos, la serie que vemos, la foto en bikini que publicamos en redes en verano o sin él, provocando, perdiendo el derecho al respeto, a la admiración. Esto lo he escuchado yo con estas orejitas y no de personas poco instruidas. Merecidamente violadas por la falda corta, por la lengua larga. No habrá estadísticas que midan la culpa en nuestros hombros, ni quesitos coloreados que entiendan cómo de mierdas nos sentimos. Que los actos de rebeldía, solo si se toca su butaca de felpa, no la nuestra; tampoco tenemos ninguna. Tantas horas de terapia, tanta violencia contra todas, tanta puta impotencia. Imposible llevar la cuenta.
Quizás lo que hay que eliminar no es la idea ambigua de la violencia contra la mujer sino a todos los buitres que la perpetúan en todas sus facetas. Con (re)educación feminista, haciendo revisiones profundas de toxicidades. Me preocupa bastante que no se vea la evidente correlación entre un tipo que solo culpabiliza, chantajea o hace gracietas sexistas y un maltratador. De la carcajada al insulto hay solo un paso; entre la rabia y la maldad, una línea fina. La primera bofetada nunca llega en la primera cita. Las millones de muertas por violencia machista también fueron felices un día. Cuántos heroinómanos dijeron que controlaban su destino antes de pincharse un chute y pasar al otro barrio.
¿Quiere decir esto que todos los hombres son o serán unos violadores? No. La violencia de género no es un acto, es un proceso que debe pararse. No tiene lógica que se ofendan con Harvey Weinstein o Jeffrey Epstein, el dúo dinámico hollywoodiense de los abusos sexuales, pero griten los goles de Maradona, separen a Kevin Spacey de su filmografía y aplaudan la voz de Plácido Domingo. Egoísmo. Ignorancia. Privilegio. Y me da un pánico tremendo que nuestros amigos, padres, hermanos, los primos del pueblo y nuestras parejas, los productores, los cantantes, los editores de revistas y los locutores de radio crean que no forman parte de esto porque jamás harían daño a una mujer, porque mientras tanto nos van matando cada día un poco más.