El periodista Llàtzer Moix, experto en temas arquitectónicos, acaba de publicar, en Anagrama, Queríamos un Calatrava. Viajes arquitectónicos por la seducción y el repudio. Se trata de un análisis detallado de la obra del arquitecto valenciano y, sobre todo, del funcionamiento de sus proyectos: desde el encargo hasta la amortización de las infraestructuras. El editor Jorge Herralde valora mucho la tarea de Moix, que ha equiparado a la "de un detective". En la presentación de la obra, Moix quiso dejar muy claro que éste no es un libro "contra Calatrava", sino "sobre Calatrava". Ahora bien, reivindicó que la tarea del periodista es, justamente, buscar "aspectos de la realidad que no se quieren mostrar". Sin duda, este libro saca a la luz algunas realidades que a Calatrava, y a muchos de los que le encargaron obras, no les resultarán muy agradables. Y eso que Moix no tiene ningún problema en reconocer algunos de los valores positivos del arquitecto: su genialidad, su capacidad de trabajo... E incluso confiesa su incondicional admiración por algunas de las obras de Calatrava, como la estación de Stadelhofen, en Zurich.

Calatrava, a la vanguardia

El 2010 Moix había publicado, también en Anagrama, Arquitecturas milagrosas, un libro que ya preludiaba este. En Arquitecturas milagrosas, Moix se fijaba en las estrategias de dinamización de ciudades a partir de grandes proyectos arquitectónicos firmados por los grandes nombres del mundo de la arquitectura. Y en aquel caso ya advertía que el caso del Museo Guggenheim de Bilbao, que había supuesto un gran éxito de un proyecto de dinamización urbana, no era tan fácil de imitar. Calatrava sería, pues, el más visible de una serie de arquitectos que se especializaron en grandes proyectos arquitectónicos, a menudo basados en el gasto incontrolado de dinero público a partir de la voluntad de los políticos de hacer grandes obras para su mayor gloria personal. Un espejismo muy extendido en plena euforia del ladrillo.

Exhaustivo

Queríamos un Calatrava es un libro realizado de forma muy metódica. El autor ha visitado todas las obras notables de Calatrava; y se ha instalado durante algún tiempo en las ciudades donde se sitúan, para captar las relaciones entre la ciudad y la infraestructura. Pero, además, ha interrogado a la gente que ha conocido al famoso arquitecto en varias fases de su vida: desde sus inicios hasta la actualidad. Durante años, Moix ha buscado a los colaboradores de Calatrava, a los usuarios de las infraestructuras y, sobre todo, a los clientes, a los responsables de las instituciones que le hicieron encargos. Decenas y decenas de testigos pasan por las páginas del libro, ayudándonos a hacer un retrato del arquitecto, pero también una historia completa de sus principales encargos. A pesar de todo, Moix no consigue un testimonio esencial: el del mismo Calatrava, que se negó a dejarse entrevistar aunque fue contactado por el periodista. Dicen que se preocupa mucho por su imagen y que trabaja con un equipo de comunicación muy potente, que intenta influir en todas las publicaciones que se hacen sobre Calatrava.

Problemas, problemas, problemas

A través de la historia de los proyectos de Calatrava, Moix evidencia que los problemas son más la norma que la excepción. En primer lugar, habitualmente hay retrasos sustanciales en la entrega de los proyectos (quizás porque Calatrava trabaja con un estudio mucho más reducido de lo que sería recomendable). El Ágora de València se empezó al principio de 2006 y tenía que servir para la entrega de trofeos de la regata Copa América en 2007; no estuvo lista a tiempo. Y tampoco estuvo terminada a tiempo para acoger el torneo Open 500 de tenis, en 2009. Otro de los problemas habituales es el de los sobrecostes. Sobrecostes astronómicos: muchas obras de Calatrava han duplicado o triplicado su presupuesto. Al fin, muchos de los testigos recogidos por Llàtzer Moix tildan al valenciano de pesetero o de cosas todavía más graves. Intenta sacar el máximo de dinero público con presiones a sus clientes cuando las obras están a medias y no hay marcha atrás posible.

No era eso, compañeros

Otro de los problemas habituales de los proyectos de Calatrava es que vende proyectos por una característica especial que al final acaba por no cumplirse por dificultades en su realización. El Ágora de València debía tener una parte móvil, que nunca llegó a tener; en realidad, por eso no tiene certificación de finalización de obra y legalmente no tendría que usarse. Calatrava se ha hecho famoso por planear piezas móviles en sus edificios que no llegan a moverse nunca. Y, además, al cabo de muy poco tiempo, algunas de las obras de Calatrava sufren graves deterioros: el quebradizo del Ágora de València se desprende, los cristales del suelo del puente de Zubi Zuri de Bilbao se rompen y el Ayuntamiento se gasta mucho para restituirlas...

Puente de la Constitución en Venecia. Foto: Pixabay

De la teoría a la práctica

Calatrava siempre ha mostrado una preocupación desbordante por la estética de sus construcciones: el puente de Bac de Roda no necesitaba los inmensos arcos que tiene ahora, y a pesar de su coste sólo cumplen una función casi decorativa. Más grave es el caso del puente de Zubi Zuri, sobre la ría de Bilbao: tiene el suelo de cristal para permitir que se ilumine mediante focos colocados en su parte inferior. Pero el suelo de cristal es extremadamente resbaladizo y cuando llueve o hiela es muy peligroso. Lo más grave es que el Puente de la Constitución, construido posteriormente en Venecia, tiene el mismo problema; ha sido bautizado por los italianos como "el puente de los resbalones". Y como está lleno de escaleras, no está adaptado para cochecitos, para maletas, ni para sillas de ruedas. Justamente, Moix apunta que lo que más se ha criticado de Calatrava es su visión de la arquitectura como simple creadora de belleza, al margen de cualquier utilidad pragmática. Muchos de los edificios que analiza Llàtzer Moix están semiabandonados o subutilizados.

El repudio

Moix insiste en que Calatrava es un gran seductor, y que gracias a eso consigue muchos proyectos, pero que las relaciones con sus clientes a menudo acaban tensándose. Y explica que, finalmente, el que en los años noventa era presentado a los diarios como un genio español con proyección internacional, en los últimos años acaba apareciendo en las portadas de los periódicos, básicamente, por los escándalos relacionados con sus obras: incumplimientos de contratos, sobrecostes, retrasos... En realidad, ha tenido procesos judiciales en muchas ocasiones; afectan en sus obras de Oviedo, Bilbao, Mallorca, Venecia... Algunos de estos casos todavía están abiertos y otros han acabado con duras sentencias contra el arquitecto. Y, a pesar de todo, Moix reconoce que Calatrava sigue trabajando en nuevos proyectos. Hace muy poco se le encargó la construcción de una torre-observatorio, de 1.000 metros de altura, en Dubái. Calatrava asegura que si tiene críticas es porque muchos lo calumnian porque lo envidian.

Los clientes

Moix apunta que no se podría entender el fenómeno Calatrava al margen del periodo de efervescencia económica y política que se vivió en España en tiempos de la burbuja inmobiliaria. Su libro deja bien claro que el auge de Calatrava tiene su origen en una clase política que durante mucho tiempo le encargó obras públicas. Y, en algunos casos, pese a los problemas presentados en obras anteriores, se le pidieron proyectos adicionales, como sucedió en València: "Los clientes de Calatrava no aprenden nunca", asegura Moix. De hecho, el autor de Queríamos un Calatrava teme que dentro de unos años vuelvan a aparecer los proyectos arquitectónicos megalómanos en España; apunta que "la vanidad de los políticos no desaparece con la crisis. A mí no me extrañaría que en otra situación de burbuja inmobiliaria y volvieran a aparecer clientes ávidos de contratar proyectos de este tipo. Pero no será mañana mismo, como mínimo en España. Ahora el presupuesto no nos alcanza".

Más que Calatrava

Calatrava se vendió como un símbolo de una España determinada: próspera, moderna, cosmopolita, artística... Y quizás sí que el arquitecto valenciano fue el símbolo de una determinada España. Calatrava es el hombre emblema de los grandes proyectos megalómanos del tiempo de las vacas gordas. Calatrava es el hombre de los grandes contactos con políticos corruptos: con Jaume Matas, con el PP valenciano... Calatrava es el símbolo de una modernidad consagrada al culto a sí misma, al margen del servicio a los ciudadanos... El libro de Llàtzer Moix es, pues, mucho más que un libro sobre Calatrava... Es toda una metáfora de la evolución de España en las últimas décadas.

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