La oferta de series que hay en las plataformas roza la absurdidad. Entre las decenas de nuevas propuestas que llegan semana tras semana, este 2026 destacan dos. La primera, El Caballero de los siete reinos, doblada y subtitulada al catalán, que forma parte del universo de Juego de Tronos y que explica la historia de uno de los caballeros más legendarios de Poniente. La otra es Heated Rivalry. Basada en un libro homónimo, se trata de un romance deportivo prohibido entre dos jugadores de hockey de dos equipos con una rivalidad histórica. El Shane Hollander (interpretado por Hudson Williams), el “chico perfecto” de una familia estructurada, educado, sensible y que nunca ha tenido ninguna relación con ningún otro chico, pero a quien las chicas tampoco le acaban de convencer; y el Ilya Rozanov (Connor Sotrrie), ruso, descarado, creído, polémico y bisexual: ha tenido relaciones secretas con otro chico, pero también le gustan las mujeres.
Podría parecer lo que en el mundo de BookTook (los vídeos de TikTok donde, sobre todo chicas jóvenes, recomiendan libros) se conoce como un enemies to lovers: de enemigos a amantes. Pero su relación no acaba de encajar en el término de enemigos; en realidad son poco más que rivales y, desde un primer momento, se entienden a pesar de que sus equipos, de Montreal y Boston, podrían ser el equivalente al F. C. Barcelona y el Real Madrid de la liga de hockey sobre hielo. Su historia de amor, que inicialmente parece reducida solo a encuentros sexuales cuando compiten en la misma ciudad, comienza desde el primer capítulo y se alarga durante años y años.
Un éxito en las redes
Heated Rivalry, en castellano traducido torpemente como Más que rivales con un doblaje francamente mejorable y disponible en Movistar+ desde principios de febrero, tiene todos los ingredientes para enganchar: una historia de amor prohibida entre dos hombres atractivos (son los nuevos “novios de Internet” y a los actores protagonistas les empiezan a llover proyectos) bien regada de escenas de sexo, que no son tan explícitas como en la novela de Rachel Reid, y con un final bastante feliz. Además, la trama es buena y va más allá de lo que se espera. En Estados Unidos ha sido un éxito desde que se estrenó en noviembre y su popularidad se extendió como la pólvora en las redes sociales, especialmente en TikTok. Los vídeos de montajes de la media docena de capítulos acumulan millones de visualizaciones. También han triunfado los vídeos de personas reaccionando a los episodios. Los más divertidos son los de hombres denunciando que la serie ha secuestrado a sus mujeres, o de chicos que decían que no querían saber nada de una historietita de amor gay y que acaban mucho más enganchados que sus novias. Conscientes de que uno de los elementos que atrae más de la ficción son sus escenas eróticas, desde HBO incluso han hecho una lista de los momentos íntimos entre los protagonistas para que, quien quiera, los pueda recuperar.
Su popularidad en las redes provocó que mucha gente no esperara al estreno internacional de la serie y la consumiera en plataformas pirata. Desde Movistar, que la trajo a España, en lugar de quejarse lo han aceptado de buen grado y han aprovechado para hacer broma: “Más que rivales será toda vuestra, otra vez” escribieron para promocionarla, dando por hecho que el público potencial ya la había visto. Si el estreno de Hamnet ha provocado un aumento de ventas de la obra de Maggie O’Farrell, ha sucedido lo mismo con este romance sobre hielo, que ya es uno de los libros más vendidos de Amazon y la cola para poder pedirlo en préstamo en la E-Biblio, el servicio de préstamo digital, es de casi trescientos días.
Evita los clichés
Gran parte del encanto de la serie radica en el hecho de que huye de lo que hasta ahora había sido uno de los grandes clichés en las historias de amor del colectivo: no es un relato basado en el trauma. Es una historia luminosa que confronta con las grandes películas protagonizadas por hombres gais, como la mítica Brokeback Mountain o, más recientemente, God’s Own Country, una de las mejores interpretaciones de Josh O’Connor, actor de moda. Los dos chicos no lo tienen fácil: uno tiene una familia conservadora (en Rusia, entre todos los países del mundo) y la única persona dentro de su ecosistema que lo podría comprender, su madre, se suicidó; el otro no quiere decepcionar a sus padres, que también son sus managers, ni a sus compañeros de equipo y solo quiere ser noticia por ser el mejor en su deporte. Así, a pesar de la relación secreta, esta no es tortuosa ni les hace sentir miserables. El drama no está entre ellos dos, sino por el mundo que los rodea, y no tienen una relación tóxica.
La serie, de bajo presupuesto y que se rodó en poco más de un mes para una plataforma canadiense, quiere, en palabras de su creador y director Jacob Tierney, “reflejar la alegría queer” en la relación entre los dos chicos, que también pasa por altibajos y no pretende ser un documental. “El motivo por el que quise hacer esta serie es porque es una historia de amor. No quiero vender los traumas homosexuales”, reflexiona. En series dirigidas al gran público como estas, además, los personajes gays acostumbran a convertirse en el comic relief, como el Cameron de Modern Family o el Anthony de Sexo en Nueva York. Aquí, en cambio, ellos son los protagonistas y sus amigas, el accesorio. Los personajes femeninos, eso sí, no dejan de ser importantes, sobre todo en la subtrama del tercer capítulo de la serie, que abandona el hilo principal para centrarse en otro jugador de hockey de la misma liga y rival de Hollander y Rozanov. En este sentido, en la ficción queda clara la importancia de tener referentes. Hay quien puede considerar que el colectivo LGTBI ya está totalmente normalizado, pero la realidad es que hay muchos espacios donde este todavía está mal visto. Especialmente en el del deporte, donde los insultos homófobos están a la orden del día. Por eso, esta relación es clandestina y ninguno de los dos quiere hablar demasiado sobre sus propios sentimientos más allá del sexo hasta que no se ven reflejados en un espejo que los reconforta.
La serie no ha tenido el mismo éxito en el Estado que en países anglosajones, en parte por su falta de promoción, su retraso a la hora de estrenarla y, quizás, un público menos receptivo a este tipo de ficciones. Con todo, su impacto en la comunidad LGTBI es evidente y un tema de conversación bastante recurrente en redes sociales, también en catalán y castellano. Bares que se definen como queers, como el bar Fluid del Poble Sec de Barcelona, han organizado proyecciones de la serie para este domingo en formato watch party. Concretamente, el capítulo cinco, que no tiene ni una sola escena de sexo y, en cambio, sí que cuenta con una bonita declaración de amor.
