Existe un tipo de error lingüístico que hace menos ruido que los barbarismos, pero que todavía hace más daño. Es ese error que no llama la atención porque sale de la boca de periodistas, presentadores, tertulianos y redactores que, en teoría, tienen más conocimiento lingüístico que otros profesionales. Hablo de errores de estructura, de estructura básica, y de errores que no vienen solo de la interferencia del castellano en el vocabulario, sino en la forma de construir las frases, en la forma de pensar la lengua. Y eso es mucho más grave.

Llevamos años alarmándonos —con razón— por los barbarismos. Que si 'bueno', que si 'vale', que si 'pues'… Pero mientras discutimos sobre esto, los medios van desmontando el esqueleto del catalán pieza por pieza. Oímos constantemente frases calcadas del castellano que ya hemos normalizado, hasta el punto de que casi han dejado de sonar extrañas: 'donar-se compte' en vez de 'adonar-se', 'tenir que' en vez de 'haver de', 's’ha caigut', 'donar-se per enterat', 'van haver-hi'. Estructuras enteras copiadas del castellano, pero dichas con palabras catalanas. Un catalán aparentemente correcto, pero mentalmente traducido.

Es aquí donde la lengua se rompe de verdad. Porque un barbarismo todavía molesta. Todavía nos activa esa especie de alarma interna, pero cuando el error es estructural, cuando afecta la sintaxis, el ritmo y la forma natural de decir las cosas, deja de percibirse como un error. Y entonces el catalán pierde personalidad sin que nadie se dé cuenta y, poco a poco, estas expresiones van calando en la población.

Los medios tienen una responsabilidad enorme en esto. Durante décadas habían sido un modelo lingüístico. La gente aprendía expresiones, giros y vocabulario escuchando la radio y la televisión. Ahora, en cambio, a menudo parece que solo se preocupen de sonar “naturales”. Y bajo esta excusa, todo vale. Pero “natural” no significa traducido. No es natural decir “va haver tres cotxes implicats”. Es un error. No es natural decir “s’ha donat compte de l’error”. Es castellano disfrazado de catalán.

Oímos constantemente frases calcadas del castellano que ya hemos normalizado, hasta el punto de que casi han dejado de sonar extrañas

Y el problema es que estas estructuras entran en nuestras casas todos los días. En las noticias. En los pódcast. En las entrevistas. En la televisión pública. Repetidas miles de veces hasta que acaban pareciendo correctas. Después nos sorprende que los jóvenes escriban mal. Pero quizás deberíamos preguntarnos qué han estado escuchando toda su vida.

También hay otra consecuencia especialmente perversa de este fenómeno: la gente acaba dudando del catalán correcto. Expresiones que antes eran naturales, ahora suenan "demasiado normativas", "demasiado artificiales" o directamente "mal dichas" simplemente porque han desaparecido de los medios. Y cuando una estructura genuina deja de sonar natural a los hablantes de la lengua, es que el deterioro ya es profundo. El problema no es solo qué decimos, sino qué nos han acostumbrado a escuchar.

Y lo más preocupante es que a menudo esta degradación se produce desde espacios que deberían proteger la lengua. No hablamos solo de creadores improvisados en internet o de conversaciones coloquiales. Hablamos de profesionales de la comunicación, de medios públicos, de personas que tienen altavoz y prestigio. Cuando los errores estructurales se convierten en modelo lingüístico, dejan de ser percibidos como errores y pasan a marcar el futuro de la lengua. Y entonces el catalán no desaparece de golpe. Se va diluyendo lentamente hasta convertirse en una copia desdibujada de otra lengua.

La degradación de una lengua no empieza cuando aparecen palabras extranjeras. Empieza cuando la lengua deja de pensar por sí misma. Y eso es exactamente lo que está sucediendo. El catalán no necesita hablar como el castellano para sonar moderno, espontáneo o cercano. Necesita recuperar su estructura natural y su propia manera de construir el mundo.