Rajoy, Aznar, Cospedal, Rato, Mayor Oreja, Acebes, Cascos y Trillo saltaban en la primera plana de la actualidad en enero de 2013; implicados en una gigantesca trama de corrupción política. Gürtel había sido el instrumento de financiación ilegal del Partido Popular, y Bárcenas –el tesorero- el arquitecto de la trama. La historia nos revela que, en las Españas, el ejercicio del poder es consustancial a la corrupción política. Un fenómeno que, desde el origen, adquiere la categoría de institución en la cultura social, política e intelectual de las clases extractivas hispánicas. Un fenómeno que arranca a inicios de la centuria de 1600; en la época de los Lerma, Olivaste, Alba, Sandoval, Medina-Sidonia y una larga nómina de cortesanos del imperio americano de los Habsburgo hispánicos que fabricaron la cultura de la corrupción.

Corría el año 1602. Es el tiempo del Lazarillo de Tormes y de las guerras de Flandes; y en la Corte de Madrid se dispararon todas las alarmas: las minas de oro y plata americanas estaban agotadas. Y la caja de las finanzas imperiales estaba arruinada. Más que un simple contratiempo. Porque ponía en cuestión un sistema basado en los ingresos por el espolio –en las naciones nativas americanas y en las clases populares peninsulares –, y en los gastos militares –para el control de las naciones que formaban el edificio imperial. Y en el gran negocio de las clases extractivas castellanas, que intermediaban entre ingresos y gastos. Con la colaboración inestimable de sus banqueros alemanes. Las comisiones ilegales y la financiación irregular no son un fenómeno de nuestros días. Tienen una larga relación de complicidad con el poder.

La guerra por el control del poder

En aquel contexto adquirió un especial protagonismo la figura de Pedro Franqueza. Entonces tenía cincuenta y cinco años, una edad muy avanzada por la época, pero estaba en la cima de su carrera política. Y patrimonial. Reunía una larga nómina de cargos. Otorgados a dedo, por descontado: secretario de Estado para los asuntos catalano-aragoneses e italianos, secretario de la Reina. Y lo más importante –y decisivo: íntimo amigo del duque de Lerma, Privado del Rey –que equivalía a decir del primer ministro plenipotenciario. Franqueza reunía también un formidable patrimonio, que no le venía por herencia sino que lo había adquirido en el transcurso de su carrera. Era el segundo hombre más rico de Castilla sólo superado por el Rey en persona. En este punto hay que aclarar que una cosa eran las finanzas imperiales –la cosa pública- y otra el patrimonio real –la privada.

"Qui oli toca, les mans se n’unta" dice una vieja dicha catalana. Y a pesar de la sabiduría que se le supone al refranero, en aquella Castilla de 1602 las cosas no eran exactamente así. Los funcionarios imperiales de finanzas, un corpus de personajes que no tenían relación con las clases extractivas castellanas, se tenían que contentar con las migajas de la corrupción. Y cuando se presentó la oportunidad –cuándo se debilitó el monstruo- se rebelaron y plantearon cambios que tenían más de maniobra conspirativa que de reformas estructurales. El funcionariado de finanzas era un coto de vizcaínos, y en aquellos años las élites vascas ya habían formulado una idea moderna de España que gravitaba sobre un nuevo centro de poder desplazado al Cantábrico. La fuerza estratégica de los puertos vascos y la ideología mercantil de sus clases dirigentes. 

La Corte de Madrid en peso se giró y señaló a Franqueza, el eslabón más débil de la cadena de corrupción

El año 1606 –pasados cuatro años de luchas intestinas en la administración imperial- el rey Felipe III, que no sabía ni el color de la tinta de los libros de contabilidad, finalmente tuvo conocimiento de la corrupción que le carcomía la silla. El trono, en este caso. Los vizcaínos perdían la batalla y jugaron la última carta: filtraron el escándalo. Felipe III, alarmado, exigió responsabilidades. Que en aquellos días quería decir poner gente en el cadalso de la horca. Y el duque de Lerma, y la Corte de Madrid en peso, se giraron y señalaron a Franqueza. El eslabón más débil de la cadena de corrupción. Como en aquel inocente juego infantil "... peste!; ... la paras Franqueza". Pero con toda la carga venenosa que podía circular por los cenáculos cortesanos. Una explosión de bullying –la vida cortesana tenía mucho de internado siniestro- que lo enganchó literalmente desprevenido y sin posibilidad de articular una defensa creíble. Fue elevado a la categoría de "chivo expiatorio".

Madrid, 1562

De 'Franquesa' a 'Franqueza'

Lo cierto, sin embargo, es que poca cosa podía alegar. Sus "honores" –sus funciones- le reportaban unas rentas de 20.000 ducados al año. Para tener una idea aproximada de lo que eso representaba diremos que un buen caballo –el equivalente a un buen coche- podía costar unos 100 ducados. Y una casa en el centro de la villa y corte podía costar de 5.000 a 10.000. Era un funcionario muy bien pagado, pero no podía justificar un patrimonio de 5.000.000 ducados, formado por palacios en Madrid, Sevilla, Toledo, Granada, Córdoba y Lisboa, y extensos latifundios por toda la península. Su particular contribución a la creación de puestos de trabajo se llamaba Villafranqueza, un latifundio sobre el cual había construido una población de campesinos colonos que vivían allí –y morían- en régimen de semi-esclavitud. En la actualidad se un barrio de Alacant.

Pedro Franqueza, nacido –y bautizado- Pere Franquesa i Esteve en la villa de Igualada en 1547, había llegado a Madrid con dieciséis años. Como simple funcionario del aparato administrativo del imperio. Hizo una carrera fulgurante. Se casó con la hija de un oficial secular –laico- de la Inquisición, de nombre Ana Gabriel, y se naturalizó castellano. Pedro y Ana formaban a una sociedad insaciable: compra y venta de información, tráfico de favores y de influencias, incluso usura y adjudicaciones privilegiadas de glamurosos desahuciados. Todo bajo el paraguas de su íntimo amigo: el Privado del Rey. Franqueza era el arquitecto de una gran trama de corrupción. Y se lo cobraba. Pero tenía un pequeño problema. No formaba parte de la élite cortesana -la aristocracia militar y latifundista de "rancio abolengo"-; y en aquella sociedad clasista no pasaba de la categoría de "hidalgo rico".

El mismo Lerma alimentó el rumor del "catalán ruin y codicioso que hizo gala de su naturaleza"

De la noche a la mañana su poder y su influencia quedaron arruinados. El mismo Lerma alimentó el rumor del "catalán ruin y codicioso que hizo gala de su naturaleza". Arrestado con prisión incomunicada, no sabremos nunca si Lerma le envió una nota al estilo de "Pedro, sé fuerte"; porque toda la correspondencia fue destruida a conciencia. Pero sí que sabemos que se le acusó de más de cuatrocientos cargos. Le negaron una defensa con garantías, y se lo condenó sin remisión. Fue expropiado y su familia expulsada de la Corte. Y liquidado su patrimonio, consiguieron reunir unos tres millones de ducados. El equivalente al doble anual de los envíos de oro y plata americanos que recibía el Estado, sin embargo –extrañamente- poco más de la mitad del valor real de las propiedades. Franqueza murió cautivo y silenciado el 1614.

El triunfo de la cultura de la corrupción

Poco antes, sin embargo, a finales de 1613, Felipe III y el duque de Lerma ordenaron un convoy de moneda destinado a pagar los salarios retrasados de los Tercios a Holanda. Curiosamente un tesoro de tres millones de ducados. Tenía que hacer el camino hasta Barcelona para ser embarcado hacia Génova, sede de los banqueros imperiales. Curiosamente, también, fue asaltado y robado en los Hostalets –entre Cervera e Igualada- por un ejército de bandoleros catalanes. Entonces Catalunya era un avispero de bandolerismo. Una acción sorprendente, por la extraordinaria dimensión del hecho, que prefigura un eje de complicidades entre ciertos elementos de la Corte –el Rey incluido- y ciertos dirigentes del bandolerismo catalán –de la facción señorial involucionista. El profesor Llobet i Portella estudió el caso y concluyó que sólo se recuperó –extrañamente- la mitad del botín.

Los Lerma y toda la nómina de cortesanos de 1600 son el precedente más remoto –y probablemente más escandaloso- de la cultura hispánica de la corrupción política. Prácticas consustanciales al ejercicio del poder –político y económico- que, actualmente, hemos visto a través de las múltiples tramas de corrupción que han afectado al Gobierno de España. Y a los sectores estratégicos de la economía. Sobre todo el sector bancario. Son los descendientes –genéticos e ideológicos- de aquellos cortesanos corruptos del siglo de oro español.