Existe una idea que se ha instalado cómodamente entre nosotros: que hablar o escribir un catalán correcto da pereza. Que este catalán correcto es rígido, artificial, pedante. Que “esto no lo dice nadie”. Y, sobre todo, que corres el riesgo de parecer antipático, repelente o incluso —pecado capital— un poco superior.
El catalán correcto, hoy, parece sospechoso. Como si detrás de una concordancia bien hecha o de un pronombre bien colocado se escondiera una voluntad de corregir a los demás, de marcar distancias o de vete a saber qué. Y así hemos acabado confundiendo dos cosas que no tienen nada que ver: hablar bien y dar lecciones.
En las redes, en las entrevistas, en la radio… todo esto resulta especialmente evidente. Cualquier contenido en catalán que se acerque mínimamente a la norma recibe rápidamente la etiqueta de “artificial”. En cambio, si está lleno de castellanismos, estructuras calcadas o dejadez gramatical, entonces es “natural”, “fresco”, “real”. Como si la corrección fuera un invento reciente y no el resultado de siglos de uso, de evolución y de consenso.
El problema no es que el catalán coloquial exista —por suerte, aún existe—, sino que hemos comprado el relato de que solo es legítimo si es impreciso. Como si hablar bien fuera traicionar la espontaneidad. Como si no se pudiera ser natural y preciso a la vez. Y esto no solo es falso, sino profundamente injusto con la lengua.
Porque el catalán correcto no es una lengua diferente. No es otra lengua que se activa solo para escribir exámenes, informes o artículos de opinión. Es el mismo catalán de cada día, pero dicho y pronunciado con un poco más de conciencia. Con respeto. Con la idea de que las palabras importan y de que la manera como las usamos también dice cosas de nosotros.
Defender el catalán no es solo hablarlo. Es también no tener miedo a hablarlo bien. Sin disculpas. Sin ironía preventiva
Hemos convertido la corrección en una molestia. En lugar de una herramienta, es un obstáculo. En lugar de un recurso, es un motivo de vergüenza. Y eso hace que mucha gente que sabe hablar bien en catalán se autocensure: rebaja el registro, simplifica estructuras, evita según qué palabras. No porque no las domine, sino porque no quiere destacar. Porque no quiere parecer que va de "sabelotodo", que va "demasiado fuerte".
Esto no sucede con todas las lenguas. En otras culturas, hablar bien es visto como un signo de esmero, de atención, incluso de elegancia. Aquí, demasiado a menudo, es visto como una excentricidad. Y esto tiene consecuencias: una lengua que solo se permite ser informal acaba perdiendo músculo. Capacidad. Ambición.
También existe otro factor incómodo: la corrección lingüística se ha asociado, durante años, a la reprimenda, la amonestación. A la humillación pública. A eso de "esto no se dice así". No se trata de corregir constantemente a los demás ni de realizar una gran exhibición de conocimientos ortográficos o sintácticos. Se trata de no renunciar al catalán por miedo a parecer excesivos. De reivindicar que se puede hablar bien sin ser distante. Que se puede escribir con esmero sin ser rígido. Que la corrección tampoco es enemiga de la naturalidad o del humor.
Tal vez lo que dé pereza no sea el catalán correcto, sino el esfuerzo que implica. Pensar un poco más antes de hablar. Escribir con un poco más de cuidado. Pero este esfuerzo es precisamente lo que mantiene viva una lengua, lo que le permite ser útil en todos los ámbitos, no solo en los informales.
Defender el catalán no es solo hablarlo. Es también no tener miedo a hablarlo bien. Sin disculpas. Sin ironía preventiva. El catalán correcto no debería dar pereza. Lo que debería dar pereza es renunciar a él. Y, si algún día hablar bien vuelve a estar de moda, no será porque lo imponga nadie, sino porque habremos entendido que cuidar la lengua no es ningún lujo, sino una forma de respeto hacia nosotros mismos y hacia todo lo que queremos decir.