A su manera, esta cuarentena cultural es un artículo que sin embargo son muchos artículos. El lector, es decir, tú, quedas invitado a escoger una de las dos posibilidades de lectura. La primera, con el orden cronológico establecido, del 1 al 14. La segunda, iniciando el camino en el día 3º (3) y siguiendo el orden que se indica al pie de cada jornada. En caso de confusión u olvido, se puede consultar el siguiente tablero de dirección:
3 – 5 – 2 – 11 – 4 – 8 – 7 – 12 – 6 – 9 – 13 – 10 – 1 – 14

Julio Cortázar a la edad de dos años. (Archivo General de la Nación Argentina)

1º día – 30 de enero

¿Encontraría a Cortázar? He decidido dedicar dos semanas a recorrer algunos puntos emblemáticos de Barcelona buscando el rastro de alguien que vivió allí apenas dos años, pero que tuvo la ciudad siempre en la cabeza, aunque solo fuese cuando soñaba. En aquella Barcelona de 1916 en la que Eugeni d'Ors inauguraba bibliotecas de la Mancomunitat como quien hace churros o Joan Puig i Ferreter estrenaba Garidó i Francina en el Romea, un niño llamado Julio Cortázar y nacido en Bruselas el año 1914 daba los primeros pasos de su vida por unas calles que no descubriría hasta décadas más tarde.
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2º día

“¿Por qué hemos tenido que inventar el edén o vivir sumidos en la nostalgia de un paraíso perdido?, dice Horacio Oliveira en el capítulo 28 de Rayuela. ¿Se encontraba en Barcelona el paraíso perdido de Cortázar? Huyendo de la ocupación alemana de Bélgica, y después de pasar por Suiza, la familia Cortázar había llegado a Cataluña dos años después de que el Park Güell se acabara de construir, por lo tanto no era desmelenado que el escritor se pasara la vida preguntándose si los edificios extraños, de colores vivos y cúpulas redondeadas que poblaban a menudo sus sueños eran obra de Gaudí: una reminiscencia de sus mañanas de niñez en las cuales, con su madre, paseaba y tomaba el sol allí. Cuando medio siglo después volvió al parque, como un detective onírico, se dio cuenta que quizás sí que ya había estado antes allí, pero salió decepcionado de su visita. Al igual que creía también Gaudí, en efecto, la vida que vivimos nunca es tan fantástica como la vida que hemos proyectado.
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Imagen actual del Park Güell (Vicente Zambrano / Ayuntamiento de Barcelona)

3º día

He ido al Pont de Marina con la misma ilusión que tiene el protagonista de Rayuela cuando busca a la Maga sobre el río Sena, pero evidentemente ni aquello era el Pont des Arts ni yo he encontrado, tampoco, al autor de la antinovela más famosa de la historia del siglo veinte. Mirándolo bien, si Rayuela tiene una estructura pensada para convertir en protagonista principal del libro a la persona que se enfrenta al texto, el protagonista de esta cuarentena no es Cortázar ni el humilde redactor que escribe estas líneas, sino tú, que eres quien las lee.
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4º día

Quizás tú también querrías explicarle a Cortázar que un 87% de los alumnos de estudios humanísticos ha leído Rayuela antes de los veinticinco años. De este 87%, un 62% han gastado la frase "andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos" después del primer beso con aquella persona que aparece en la vida, por casualidad, y de repente parece capaz de hacer más bonito el oficio de vivir. Una sola frase mal pronunciada, sin embargo, es como una sobredosis: letal. Por eso, a Cortázar le dirías que aunque él no lo sepa, en el Cementerio del Amor Frustrado descansan miles de historias rotas después de que muchos idealistas, erróneamente, estropearan una buena primera cita creyendo que ir por el mundo diciendo cosas intensitas con deje argentino a pesar de tener un castellano más catalán que unos calçots bañados en romesco era una buena idea.
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5º día

El año 1973, después de haberse divorciado de Aurora Bernárdez, Julio Cortázar escribe a Cristina Peri Rossi una carta en la cual el argentino le confiesa que ha quedado maravillado con Libro de mis primos, la última novela de esta uruguaya que vive en Barcelona, exiliada de su país. Unas cuantas cartas más tarde, los dos escritores se citan en París, pasan unos días juntos e inician una intensa, poética y singular relación que permitirá al autor argentino, más de medio siglo más tarde, volver a Catalunya con un único motivo: el amor.
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Cristina Peri Rossi y Julio Cortázar, en una de las fotografías del libro Julio Cortázar y Cris. (Cálamo / Archivo Cristina Peri Rossi)

6º día

Sólo había una cosa que Cortázar amara tanto como el boxeo: Birgit Nilsson, la soprano que el escritor vio en directo en el Palau de la Música, el otro templo del modernismo catalán que oníricamente le recordaba a su infancia. Al lado de la cantante sueca, aquel día Montserrat Caballé cantó en alemán en la primera representación de Die Walküre en Catalunya. Era el 24 de febrero de 1977. "Aplaudimos a rabiar", recuerda Peri Rossi en su libro Julio Cortázar y Cris.
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7.º día

Cuando se llega a la mitad de la aventura es normal estar cansado, por eso si entiendes la creación artística como un juego, siempre sabrás que hay una puerta secreta desde la cual puedes avanzar hasta el final, volver al inicio o invertir el orden de la narración. Cortázar lo sabía, y Josep Maria Junoy también. Lo que es curioso es que el autor de la antinovela Rayuela, que nació en Bélgica y murió en París, viviera dos años en la ciudad donde, en aquellos momentos, Junoy publicaba Oda a Guynemer, el primer antipoema de la literatura catalana, dedicado a alguien que nació en París y murió en Bélgica. Verso y reverso. Dos caras de la misma moneda, vanguardistas los dos, que no se conocieron nunca, exactamente como tú tampoco los has conocido a ellos. Sin embargo, ahora eres tú la única persona que los une, ya que los tres juntos habéis vuelto a demostrar lo que los dos –como tantos otros- proclamaban: que destruir las convenciones del arte es, también, una forma de crear.
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8º día

Julio Cortázar y Joan Miró tenían dos cosas en común. La primera, los dos mantuvieron una conexión telúrica con París; la segunda, los dos no sólo valoraban y conservaban la ingenuidad infantil, sino que quisieron trasladarla a sus respectivas obras. Quizás por eso la Fundació Miró era el museo barcelonés preferido de Cortázar. Si Miró es el artista que pinta aquello que todos los padres consideran que su hijo también sabe hacer, Cortázar es el narrador que escribe aquello que todos los estudiantes de talleres de escritura creen que a finales de curso lograrán haber hecho. Y en los dos casos, sin duda, el resultado es siempre negativo.
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Interior de la Fundación Joan Miró. (Pepe Navarro / Ayuntamiento de Barcelona)

9º día

Cortázar vivía en el país donde el ex-tenista René Lacoste había puesto de moda lo que hoy conocemos como "polo", pero en la Barcelona de los años setenta sólo existían los "niquis". Se llamaban así porque venían de Alemania, el país de donde los traían algunos emigrantes españoles cuando volvían a casa de vacaciones. En aquella Barcelona, por mucho que cueste creer, sólo vendían polos de la talla XXL que Cortázar gastaba en el Corte Inglés, por eso un día de Sant Jordi que Cristina Peri Rossi estaba firmando libros en Plaça Catalunya, el argentino fue a comprarse un "niqui" a los grandes almacenes y un lector, rosa roja en mano, le pidió que le firmara un autógrafo en las bragas que acababa de comprar para su chica. "Con mucho deseo, Julio Cortázar" firmó él un 23 de abril.
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10º día

A Cortázar le habría importado poco que el coronavirus haya estropeado la salud del negocio de la restauración y el turismo, ya que según parece, tampoco era demasiado amante de los restaurantes y pocas veces dormía en hoteles barceloneses. Cuando lo hacía, se alojaba en el Colón; cuando frecuentaba algún restaurante, este era el Amaya, en la Rambla, donde no hay ninguna foto suya ni ninguna servilleta de papel firmada por él, ya que Cortázar adoraba perder el tiempo con ensoñaciones poéticas, pero odiaba perderlo haciendo una cosa para él tan primaria como comer.
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11º día

Sólo un argentino como Cortázar podría decir sin parecer un farsante que escribir es hacer bailar los dedos con las teclas de una Olivetti, quizás por eso el escritor, jazzman de cabeza a pies, prefería disfrutar del jazz en casa: fue pocas veces a La Cova del Drac, el local regentado por Guillem d'Efak donde no sabemos si los dos poetas pudieron conocerse, y también algunas veces más al desaparecido La Puñalada, ya que a Peri Rossi el local le recordaba a su Montevideo natal. Cuando no bailaba con los pies, lo hacía con la imaginación: leía. Por eso a menudo se perdía durante horas entre los estantes de la Laie, su librería de cabecera en la ciudad condal.
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La Cova del Drac, en una imagen de archivo de los años setenta. (Francesc Català Roca / barcelofilia.blogspot.com)

12º día

Imagínate que eres uno de los escritores más famosos del mundo, que hace poco has escrito un libro que pasará a la historia, que vives en Barcelona y que un día vas al aeropuerto del Prat para coger un avión y, en la terminal, un señor viene a pedirte un autógrafo. Imagínate, entonces, que cuándo se acerca te dice: "Ahora no sé si usted es García Márquez o Vargas Llosa". Y que tú, el autor de Cien años de soledad, irónicamente le dices: "Los dos". Si quieres, no te imagines que eres Gabriel García Márquez, pero figúrate que su respuesta a aquel hombre sonriente, una anécdota real, es la consecuencia del hecho que Barcelona se convirtiera durante años en la arcadia del boom de la literatura latinoamericana de los años setenta. Y ahora recuerda que, en aquella ciudad donde dos futuros premios Nobel convivían con otros grandes escritores como Bryce Echenique, Jorge Edwards o la misma Peri Rossi, transitó también Julio Cortázar, ni que no fuese para vivir allí. Ni que fuese para no morir de añoranza.
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13º día

Muchos años antes que Loquillo glosara el paseo marítimo más famoso de la ciudad y cantara "No hables de futuro,/ es una ilusión", Cortázar también se había dado cuenta que en Barcelona, junto al mar, había un lugar donde el tiempo se detenía y lo único que existía era el presente: el "rompeolas". Amaba ir allí, por eso le dolería saber que aquel futuro llegó y en aquel viejo rompeolas ya no queda nada: los Juegos Olímpicos y el posterior boom turístico se llevaron para siempre los amantes indiscretos, los pescadores de cebo, anzuelo y caña o aquel olor de mejillones que emanaba del Porta Coeli y que para algunos significa, todavía, el aroma de la felicidad.
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14º día – Fin de la aventura

Si has llegado aquí, sea de la forma que sea, lo has hecho de la mano de Cortázar pero escogiendo tú el camino. Un 12 de febrero de 1984, el autor de Rayuela, Libro de Manuel o Historias de cronopios y fantasmas murió en París. Odiaba la figura del "lector pasivo" que sólo quiere saber "qué-pasará-al-final-del-libro", por eso quiso hacer partícipe de sus obras a las personas que las leían, defendiendo que sin la complicidad entre autor y lector, la literatura no tenía sentido. No creas que has fracasado en el intento de dar con Cortázar en Barcelona, sin embargo. Al contrario. Aunque la Wikipedia afirme lo opuesto, si has llegado hasta aquí significa que tal día como hoy Cortázar no murió, sino que siguió más vivo que nunca.
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