El consumo eléctrico del hogar no desaparece cuando se apagan los aparatos. Numerosos dispositivos continúan utilizando energía incluso en modo de espera, un fenómeno conocido como consumo fantasma o stand-by. Televisores, microondas, ordenadores y otros equipos electrónicos mantienen circuitos activos que, aunque discretos, generan un gasto acumulado a lo largo del año.
Este consumo invisible suele pasar desapercibido en nuestro día a día. Luces piloto, relojes digitales, sensores o sistemas de arranque rápido requieren un suministro mínimo constante. El resultado es una demanda energética continua que se traduce en kilovatios hora facturados pese a no existir un uso activo del dispositivo.
Aparatos apagados que siguen consumiendo energía
El caso de las calderas de gas ilustra bien esta dinámica. Aunque no se encuentren en funcionamiento, determinados modelos pueden mantener un consumo residual anual significativo. Se estima que una caldera puede llegar a consumir en torno a 27 kWh al año incluso estando apagada, debido a componentes electrónicos que permanecen activos. Televisores en modo de espera, microondas con pantalla digital o ordenadores conectados a la red continúan demandando pequeñas cantidades de energía. Individualmente, el impacto parece reducido, pero la suma de múltiples dispositivos puede generar un coste relevante en la factura anual.
Diversos estudios sobre eficiencia energética han demostrado que el consumo fantasma puede representar un porcentaje no despreciable del gasto eléctrico doméstico. En viviendas con alta densidad de aparatos electrónicos, la cifra adquiere mayor relevancia.
Un gasto silencioso pero evitable
La característica más problemática del consumo en stand-by es su carácter silencioso. Al no percibirse como uso real, el gasto se normaliza y rara vez se cuestiona. Sin embargo, desde una perspectiva de eficiencia energética, se trata de un coste en gran medida evitable. Desconectar completamente los dispositivos o utilizar regletas con interruptor permite eliminar este flujo inservible. La medida no implica cambios en el confort ni en el funcionamiento de los aparatos, pero sí reduce la demanda eléctrica permanente del hogar.
Así pues, en un contexto de precios elevados, minimizar consumos innecesarios se convierte en una estrategia básica de ahorro. El consumo fantasma no responde a hábitos intensivos ni a grandes electrodomésticos en funcionamiento, sino a pequeñas fugas energéticas constantes que, con el tiempo, terminan impactando en el bolsillo del consumidor.
