En el mundo del running y el fitness, existe un componente que a menudo ignoramos hasta que aparece la primera molestia física por el desgaste invisible de la amortiguación. Los expertos en podología deportiva son tajantes al respecto y utilizan una analogía muy clarificadora con que las zapatillas son como los neumáticos de un coche.

No importa si el dibujo exterior parece intacto, si la estructura interna ha perdido su elasticidad, el riesgo de aquaplaning articular aumenta exponencialmente. La cifra mágica, según el consenso técnico, se sitúa en torno a los 600 kilómetros de uso

El colapso de la mediasuela es el peligro de la fatiga de materiales

A diferencia de un zapato de calle, una zapatilla técnica está diseñada con polímeros y espumas que tienen una memoria elástica limitada. Con cada zancada, el material se comprime para absorber hasta tres veces el peso de nuestro cuerpo y luego recupera su forma. Sin embargo, tras cruzar la barrera de los 600 kilómetros, esa capacidad de rebote se degrada. Es lo que se conoce como fatiga de materiales, la espuma se compacta de forma permanente y deja de proteger nuestras rodillas, caderas y lumbares. 

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Lo más peligroso de este proceso es que es prácticamente imperceptible a la vista. Muchas zapatillas mantienen una suela de goma en buen estado y un tejido impecable, lo que lleva al usuario al error de pensar que la zapatilla está nueva. Sin embargo, el chasis interno ya no cumple su función. Seguir entrenando con un calzado agotado obliga a nuestro cuerpo a absorber el impacto que la zapatilla ya no gestiona, lo que deriva en las clásicas lesiones por sobrecarga, como la fascitis plantar o la periostitis tibial.

Cómo identificar el momento del cambio sin llevar un cuentakilómetros

Aunque la referencia de los 600 kilómetros es un estándar fiable, factores como el peso del corredor o la superficie de entrenamiento pueden adelantar este plazo. Un truco infalible para comprobar la salud de tu calzado es la prueba de la torsión: si al intentar doblar la zapatilla por la mitad o retorcerla ofrece nula resistencia, es señal de que su estructura ha colapsado.

Invertir en un nuevo par no es una cuestión estética, sino una medida de medicina preventiva. Al igual que nadie esperaría a que un neumático reventara en plena autopista para cambiarlo, no deberíamos esperar a que aparezca una inflamación crónica para jubilar nuestras zapatillas. Así pues, en el equilibrio entre el ahorro y la salud, tus articulaciones siempre deberían tener la última palabra.