Una de las mejores enseñanzas que los progenitores pueden transmitir a sus hijos es una actitud saludable frente a la vida, prepararles para tratar las dificultades y desafíos que se les presenten de una manera provechosa. Uno de los caminos para lograrlo es ayudarles a ver el lado bueno de las cosas, un aspecto que no tiene por qué estar ligado a inocencia e ingenuidad. Este artículo describe cómo hacerlo y, además, cuál es la razón de llevarlo a la práctica desde la infancia más temprana.
Un estudio publicado en la revista Child Development afirma que los niños entienden que pensar de manera positiva les hace sentir mejor. Incluso que el optimismo de los padres podría ayudar a los más pequeños a comprender cómo los pensamientos, positivos o negativos, influyen en el estado anímico.
El papel de los progenitores es imprescindible, y más aún ante situaciones adversas, cuando su ejemplo resulta esencial. En esos casos, los investigadores observaron que a los pequeños les costaba más comprender cómo el pensamiento positivo podía ayudarles en situaciones negativas, como caerse y hacerse daño. En estos escenarios era fundamental la actitud de padres y madres para que el hijo captara la importancia de afrontar los problemas también con optimismo.

El pequeño aprende no solo de lo que oye, sino de las conclusiones que saca de observar el comportamiento de quienes le rodean
Cómo enseñar a los niños a ser optimista
El niño aprende no solo de lo que oye, sino de las conclusiones que saca de observar el comportamiento de quienes le rodean. Son muchos los beneficios de incentivar a los más pequeños a construir una visión optimista, que les garantizará una visión saludable de la vida. Asimismo, cuando un niño consigue un logro, experimenta una sensación de fuerza que le permite seguir y conquistar más éxitos. Se ha demostrado también que el optimismo incrementa la autoestima y la seguridad en uno mismo.
El optimismo y el pesimismo no son innatos (si bien no hay que desestimar un cierto porcentaje de factores hereditarios), sino que procede de la realidad: los menores aprenden su estilo explicativo de progenitores, maestros, medios de comunicación y compañeros, es decir, de todo su entorno desde la infancia. En otras palabras, el pequeño aprende no solo de lo que oye, sino de las conclusiones que saca de observar el comportamiento de quienes le rodean.
Como cualquier persona, cuando un pequeño hace algo mal, se pregunta por qué, y siempre tiene tres recursos con los que responder: ¿quién tiene la culpa?, ¿cuánto tiempo durará?, ¿en qué medida me afectará? Aquí es donde los padres pueden enseñar al niño cómo abordar las respuestas desde una visión más amplia para aprender a mejorar desde la responsabilidad. Compartir los pensamientos positivos con los hijos, reformular sus frases negativas para que puedan descubrir la parte beneficiosa, contar historias parecidas de superación de dificultades o usar elementos gráficos para inspirar (vídeos, cuentos, historias…) son algunas herramientas que pueden ser útiles a los progenitores.
El humor, clave para el optimismo
El humor es otro buen recurso para potenciar el optimismo. Sirve como válvula interna de seguridad que permite liberar tensiones, disipar las preocupaciones, relajarse y olvidarse de todo. Numerosos estudios relacionan el valor curativo de la risa sobre el sistema inmunológico, en la apertura hacia las relaciones sociales y en la generación de esperanza y optimismo.