Hay una creencia que tenemos tan interiorizada que muchas veces cuesta darnos cuenta caer en lo irracional que resulta. Esa creencia consiste en la idea de que en cualquier suceso o experiencia de nuestras vidas hay siempre algo positivo y algo negativo. Tenemos una concepción de la realidad en la que cualquier cosa puede ser tanto una bendición como una maldición, si aprendemos a focalizar nuestra atención en todas sus facetas y matices.
Esta creencia es muy persistente, y aunque no nos demos cuenta se expresa a través de muchas maneras diferentes. Sin embargo, algunas veces esto apenas nos causa problemas, mientras que otras puede llegar a comprometer nuestra salud mental. Por ejemplo, cuando nos enfrentamos a una grave crisis en nuestra vida y nos planteamos la idea de “pensar en positivo”, focalizar nuestra atención en el componente beneficioso que se supone que tiene la situación.
Debemos decidir qué hacer desde esa emoción, no con ella, y por eso ignorarla no es una opción
Afrontar la tristeza es necesario
¿Te imaginas lo absurdo que sería decirle a una persona que debería ponerse bien? Esto es más o menos lo que nos hacemos a nosotros mismos si nos empeñamos en pensar en positivo a toda costa cuando tenemos motivos importantes para estar muy tristes o enfadados.
Hay experiencias en las que, lo queramos o no, debemos posicionarnos frente a la tristeza y la ira. Podemos aceptar que está ahí y esforzarnos por salir de esa crisis emocional, podemos hacer que forme parte de nuestra concepción de la vida y asumir que todo lo que no consista en sentirse mal es poco auténtico, o podemos tratar de ignorarla. En teoría, la mayor parte de las personas son capaces de ver que la primera opción es adecuada y beneficiosa mientras que la segunda no lo es; sin embargo, la tercera genera más división de opiniones.
A fin de cuentas, ¿no es ignorar el dolor el lema de fondo de la filosofía de vida basada en “vive el momento, no te compliques la vida”?
Si solo importa lo que sentimos en el aquí y el ahora, sufrir parece una absoluta pérdida de tiempo, así que lo mejor parece ser, simplemente, no hacerlo: pensar en positivo incluso en los momentos más tristes o decepcionantes. Desde luego, es una idea muy coherente con la idea de elegir siempre una interpretación optimista de las cosas. El único problema que tiene es que muchas veces no funciona o, de hecho, puede empeorar la situación.
Por qué pensar en positivo constantemente puede perjudicarnos
El problema que tiene esa aproximación a la tristeza basada en la filosofía del aquí y ahora es que nuestras decisiones no tienen un poder absoluto sobre nuestras emociones. Cuando nos damos cuenta de que hay algo que nos genera una gran tristeza resulta imposible distanciarse de esta y decidir qué hacer con ella tal y como un científico lo podría hacer con una placa de petri que mira a través del microscopio. Debemos decidir qué hacer desde esa emoción, no con ella, y por eso ignorarla no es una opción.
Reprimir la tristeza o el enfado no sirve
Muchas veces caemos en la trampa de pensar en las emociones, sentimientos y sensaciones de una manera demasiado esencialista. Etiquetamos la tristeza, la ira y otros estados mentales parecidos como “emociones negativas” y tratamos de hace que no formen parte de nuestro día a día, sin más. En algunos contextos sí es eficaz desdramatizar ciertas situaciones, pero cuando el malestar es muy intenso, la resiliencia no puede basarse en la supresión de emociones.
El bienestar mental, en definitiva, consiste en poder volver la vista atrás y rememorar experiencias sin sentirnos limitados por nuestras emociones. Pensar en positivo cueste lo que cueste, que en la práctica es obligarnos a ignorar ciertos recuerdos e ideas, no es sino una manera de ponerle un nombre a esa limitación e ignorar el hecho de que no se irá por sí sola si nuestra lucha contra el malestar consiste en reforzar su poder sobre nosotros.
