La celebración del Any Gaudí a lo largo de este 2026 en conmemoración del centenario de la muerte del arquitecto, que tuvo lugar el 10 de junio de 1926 a causa de las heridas ocasionadas por el atropello de un tranvía, ha puesto sobre la mesa el aspecto más ideológico de Antoni Gaudí, de reconocida trayectoria catalanista demostrada en episodios como la detención el Onze de Setembre de 1924 por intentar asistir a una misa en honor a los caídos de 1714 y que acabó con el arquitecto en el calabozo por mantener el catalán ante las exigencias policiales de pasar al castellano. Este posicionamiento también destaca en su obra con construcciones como Bellesguard, que es toda ella una oda a la idea romántica de una gran Catalunya durante la época medieval.

Precisamente, este posicionamiento ha confrontado con lecturas opuestas, como los intentos de castellanizar su nombre y el de sus obras, o el polémico espectáculo celebrado en Reus por la Federación Española de Patinaje, donde al arquitecto se le hacía hablar reiteradamente en castellano. Todo ello ha originado un debate donde no han faltado defensores de una supuesta españolidad de Gaudí sustanciada en el hecho de que el arquitecto tiene obra fuera de los Països Catalans, en concreto en Comillas (Cantabria), Astorga (León) y la misma ciudad de León. Ahora bien, el hecho es que estas obras solo se explican partiendo de conexiones catalanas. Gaudí, de hecho, solo trabajaba con catalanes, y las obras fuera de Catalunya, como también lo fue su intervención en la catedral de Mallorca, solo se explican por esos vínculos.

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Antoni Gaudí realizó tres obras importantes fuera de los Països Catalans, concretamente en Comillas (Cantabria), Astorga (León) y la misma ciudad de León / Foto: Dominio público
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Joan Baptista Grau i Vallespinós, reusense y obispo de Astorga fue la causa de que Gaudí hiciera el palacio episcopal de esa localidad leonesa / Foto: Dominio público

Vayamos por partes, además de obras que se quedaron en fase de proyecto, como es el caso de las Misiones Católicas Franciscanas de Tánger y la ya mencionada intervención en Palma, Gaudí tiene tres obras fuera de Catalunya, El Capricho, en Comillas, la Casa Botines, en León, y el Palacio Episcopal de Astorga. Las tres tienen los mismos puntos en común, fueron iniciadas gracias a vínculos catalanes y en un caso, el de Astorga, fue abandonada cuando este vínculo se rompió. Como apunta su biógrafo Armand Puig, autor del libro Antoni Gaudí, vida i obra (Pòrtic, 2024), “Gaudí hacía la obra cuando tenía al otro lado una persona que le daba apoyo, que le entendía, que le daba aquello que él necesitaba”. Repasamos los tres casos uno a uno:

El Capricho: un encargo a distancia

La finca conocida como El Capricho fue construida entre 1883 y 1889 en la localidad cántabra de Comillas a partir de un proyecto de Antoni Gaudí, que en aquel momento también trabajaba en la Casa Vicens. De hecho, las dos casas tienen conexiones formales. La ejecución, en todo caso, recayó en el arquitecto de Esparreguera Cristòfor Cascante i Colom y, según el libro citado, “no es seguro que Gaudí visitara nunca Comillas”. Todo apunta pues a que se trató de un encargo hecho a distancia a petición del indiano Máximo Díaz de Quijano que Gaudí aceptó por un enrevesado juego de familiaridades e influencias.

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El Capricho fue un encargo del indiano Máximo Díaz de Quijano, que quería un chalet como residencia de verano / Foto: Respinya
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Interior de El Capricho, también conocido como Villa Quijano / Foto: Respinya

Resulta que Díaz de Quijano era cuñado de Claudio López López, hermano de Antonio López López, que además de marqués de Comillas era suegro de Eusebi Güell, principal mecenas de Gaudí. El de Reus, además, había colaborado con Joan Martorell, arquitecto del Palacio de Sobrellano, también propiedad de Díaz de Quijano y situado igualmente en Comillas, de manera que es este hilo de conocimientos el que explica, en último término, que Gaudí aceptara el encargo de Comillas, eso sí, aparentemente sin ir allí nunca.

El Palacio Episcopal de Astorga: un proyecto de dos reusenses

En paralelo a la construcción de El Capricho, Gaudí construyó entre 1887 y 1893 el Palacio Episcopal de Astorga, otra de sus obras singulares fuera de los Països Catalans. En este caso, el encargo le llegó por una vía más directa que las redes familiares que lo llevaron a aceptar el encargo del indiano de Comillas. En concreto, el palacio episcopal se lo encargó, como se puede deducir fácilmente, el obispo de Astorga, que era ni más ni menos que Joan Baptista Grau i Vallespinós, nacido en Reus en 1832 y, por tanto, paisano de Gaudí y conocedor de su obra. 

El inicio de la tarea episcopal de Grau fue movida, según recoge Puig en el libro citado, “dos meses después de tomar posesión como obispo de Astorga, Joan Baptista Grau vivió directamente el incendio y destrucción del antiguo y destartalado palacio episcopal donde se alojaba”. Con el edificio quemado y la inexistencia de un arquitecto diocesano, Grau vio la oportunidad de contratar a Gaudí para levantar el nuevo palacio, un encargo que se hizo entre múltiples tensiones externas y que solo se salvó gracias a los lazos de amistad y catalanidad entre el obispo y el arquitecto. Tanto es así que cuando Grau murió, Gaudí abandonó el proyecto

Palacio episcopal de Astorga ignacio cobos rey
El Palacio Episcopal de Astorga es una construcción neogótica inspirada en los castillos de la edad media / Foto: Ignacio Cobos Rey
Palacio Episcopal de Astorga fernando losada rodriguez
Espectacular interior del Palacio Episcopal de Astorga / Foto: Fernando Losada Rodríguez

Para empezar, la aprobación del proyecto dependía de la madrileña Real Academia de San Fernando, ya que quien pagaba las obras era el Ministerio de Gracia y Justicia, y eso ya limitó el proyecto original de Gaudí, que no era nada transigente con las modificaciones de sus planos. Por su parte, el arquitecto de Reus consiguió del obispo que “en la obra intervinieran artesanos venidos de Catalunya”. A partir de aquí, la obra avanzó entre el entusiasmo del obispo Grau y las suspicacias de la sociedad de Astorga, entre los cuales los miembros del arzobispado y el mismo alcalde de esta población leonesa.

A diferencia de Comillas, sí que hay registro de que Gaudí se desplazara a Astorga, donde iría una decena de veces a pesar de su aversión a viajar, para supervisar la obra y profundizar la amistad con el obispo Grau, quien, según el biógrafo de Gaudí, introdujo al arquitecto en los conocimientos litúrgicos que después desplegaría en sus obras de carácter religioso. Aquella fecunda amistad, sin embargo, se truncó súbitamente con la muerte del obispo en septiembre de 1893 a causa de las heridas provocadas por un accidente mientras montaba a caballo. Con Grau desaparecido las tensiones afloraron, las trabas a la obra se dispararon y Gaudí, cuando aún no habían pasado dos meses del deceso de su amigo, renunció al proyecto, una renuncia que fue aceptada con celeridad desde Astorga.

En aquel momento el proyecto estaba lo suficientemente avanzado pero la segunda planta estaba inconclusa, que fue finalizada con un proyecto más austero, mientras que Gaudí se desentendió absolutamente del resultado final de un edificio que solo se entiende desde la conexión de los dos reusenses. De la aventura de Astorga el legado más importante no fue el Palacio Episcopal, sino el papel del obispo en el itinerario espiritual de Gaudí que haría eclosión en obras de trascendencia religiosa capital como la misma Sagrada Familia. Esto no quita, en todo caso, que el palacio neogótico de Gaudí en Astorga sea una obra singular y destacable, pero explicable fundamentalmente por las complicidades entre Grau y Gaudí.

La Casa Botines: un edificio que castellaniza un apellido catalán

La tercera parte de esta historia tiene lugar en la ciudad de León, donde en diez meses entre 1891 y 1892 se edificó la llamada Casa Botines, un edificio singular en la plaza de San Marcelo que le encargó la sociedad mercantil Fernández y Andrés, dedicada a los negocios textiles y financieros, para hacer la sede de la empresa. Aunque hasta aquí podría parecer un encargo por parte de una empresa leonesa a un arquitecto catalán, hay dos vínculos catalanes que hay que tener en consideración. El primero, si se quiere más anecdótico, hace referencia al nombre: el edificio se conoce como Casa Botines o de los Botines, pero no porque la empresa se dedicara al negocio de la zapatería. En realidad, este Botines es una castellanización de un apellido catalán, el de Joan Homs i Botinàs, fundador de la empresa que con el tiempo sería Fernández y Andrés, y de donde salió el nombre popular con que se conocía el negocio y, por extensión, la sede. 

La conexión catalana importante es la segunda, que tiene que ver con cómo llegó el encargo a Gaudí: la empresa Fernández y Andrés tenía una rama financiera y otra textil y ambas acabaron confluyendo en Gaudí. Por un lado, eran representantes en León del Banco Hispano Colonial, creado por el marqués de Comillas, Antonio López López, y por otro tenían negocios textiles con Eusebi Güell, mecenas del arquitecto y yerno de López. Todo indica que entre unos y otros pusieron el nombre de Gaudí sobre la mesa, y según Armand Puig, “da la impresión de que Gaudí, que en aquel momento trabajaba en el palacio episcopal de Astorga, cerca de León, se vio comprometido por su amistad con Eusebi Güell y aceptó el encargo”.

La Casa de los Botines de Antonio Gaudí en León xavi lopez
La Casa Botines fue proyectada como la sede de la sociedad mercantil Fernández y Andrés / Foto: Xavi López
Casa Botines reinhard dietrich
Interior de la Casa Botines de León, donde estaban las oficinas de Fernández y Andrés / Foto: Reinhard Dietrich

En todo caso, el arquitecto, que probablemente visitó León en uno de los múltiples viajes a Astorga, “trabajó casi exclusivamente con industriales, albañiles y artesanos catalanes”. Además, aunque la relación con los pagadores fue cordial -pero sin el grado de conexión que tuvo con el obispo Grau-, la construcción de la Casa Botines fue víctima de una campaña de calumnias a las que Gaudí reaccionó enfurecido y desafió a los acusadores a salir del anonimato. Lo que es seguro de todo ello es que después de aquellas tres experiencias por tierras de España, el arquitecto de Reus no tuvo ninguna intención de repetirlas o, como mínimo, no encontró ninguna conexión catalana que de grado o por fuerza, le llevara a aceptar más encargos de ese tipo.