El presente año no será un año cualquiera para el empleo. Porque, con toda probabilidad, será el momento en el que muchas certezas del siglo XX colapsen —lo harán sin pedir permiso— definitivamente. Pronto toparemos con una evidencia que ya se consolida entre nuestros jóvenes. A saber: la pérdida del sentido de la pregunta “¿en qué vamos a trabajar?” y su sustitución por “¿tiene sentido hacerlo?”.

Un proceso que, por incómodo que suene, está consolidándose entre nosotros, estableciendo las fronteras entre quienes entienden el empleo como una obligación a sortear y quienes lo viven como el medio para dar sentido a la existencia individual y clave en el desarrollo, la cohesión y la existencia social desde los inicios de la revolución industrial.

Porque el empleo, tal y como lo conocemos, está mutando. No por decreto ni por efectos de una normativa laboral, sino como consecuencia de la suma de factores como el propósito vital, la vulnerabilidad humana y la inteligencia artificial. 2026 será el inicio constatable de un punto de inflexión que estallará en el momento en que ya sea constatable socialmente la certeza de que los algoritmos impactan en muchos roles tradicionales y los robots sustituyen al trabajo humano y se convierten en las herramientas clave para decidir, con más o menos objetividad y transparencia, sobre quién merece acceder a las oportunidades laborales que ofrezca el mercado de trabajo.

Primera tendencia: el algoritmo como nuevo mediador

Hasta ahora, el empleo contaba con diferentes mediadores: las empresas, los portales de búsqueda y los servicios de empleo, además de un cuarto representado por la red de contactos. Ahora el mediador ha empezado a ser un algoritmo. Y no estoy haciendo ciencia ficción. Ya en 2025, los sistemas de IA generativa empezaron a construir perfiles de competencias dinámicos y a traducir CVs en “modelos predictivos de empleabilidad”. Hoy estos sistemas están ya integrados en las plataformas más conocidas, en las apps de intermediación laboral y en los espacios de datos de empleo.

El efecto será ambivalente: por un lado, una amenaza de exclusión invisible, porque quien no esté conectado al sistema de datos simplemente no existirá para el mercado, y ello porque los llamados ATS (sistemas de gestión de talento automatizado) son ya una herramienta clave como soporte a los procesos de reclutamiento y selección. La desigualdad laboral empezará a computarse no en el acceso al dato.

Segunda tendencia: nuevos empleos (y los que no lo parecen)

Asistimos ya a un proceso imparable de transformación de los empleos existentes. Muchos de ellos, incluso aquellos que se consideraban poco afectados por la IA, desaparecerán o simplemente se desintegrarán como consecuencia de la disolución progresiva de tareas y roles en flujos automatizados. Y ello tendrá efectos tanto en el volumen de empleos como en el de contrataciones, en particular en determinados ámbitos como los jóvenes. Los sectores más afectados no serán los que puedan parecer obvios —manufactura o transporte— sino los de cuello blanco (funciones administrativas, bancarias, de atención al cliente, de gestión de proyectos, incluso posiciones de liderazgo). La automatización ya no sustituye operarios; sustituye mediadores.

Me he atrevido a preguntar a la IA sobre cuáles van a ser los nuevos roles laborales que sin duda se van a crear y la lista que me propone es surrealista e imposible de clasificar con las nomenclaturas tradicionales. Me habla de curadores de prompts, entrenadores de IA, sintetizadores de conocimiento, facilitadores de transición profesional (esto sí que me suena), arquitectos de espacios de datos sectoriales (¿debería? Lo digo por el proyecto de Espacio de Datos Sectorial en Empleo que estamos impulsando desde la Fundación Ergon) o mediadores humanos en procesos automatizados.

En todo caso, el proceso que ya estamos viviendo y que se va a empezar a consolidar en los próximos meses no es solo el “qué”, sino el “para quién” vamos a trabajar, dado que día a día los empleos se fragmentan en comunidades de propósito, proyectos distribuidos y ecosistemas interdependientes. Trabajar ya no será pertenecer a una empresa, sino formar parte de una red. En este punto me formulo una pregunta: ¿La IA está loca… o el que simplemente estoy loco soy yo?

Tercera tendencia: un nuevo pacto laboral

En el futuro (2026 ya es el futuro) el contrato de trabajo será una pieza secundaria. Lo central, desde el punto de vista individual, será la empleabilidad y la reputación digital. Ello supone que ya podemos ir preparándonos para disponer de un gemelo digital que certificará en tiempo real (blockchain) cuáles son nuestras competencias reales, y que asimismo validará nuestras motivaciones e intereses profesionales.

La confianza no vendrá del papel, procederá del dato, lo que implica una revolución en las relaciones laborales que se definirá por los siguientes elementos: las empresas y organizaciones deberán (de verdad) centrarse en atraer, desarrollar y retener talento; los sistemas de empleo tendrán que aprender a operar como plataformas abiertas eficientes (y no como ventanillas burocratizadas dedicadas al control); y las personas aprenderemos a depender más de las huellas que dejemos en términos de aprendizaje, habilidades y competencias que de las capacitaciones formales. Por cierto, ya podemos olvidarnos de “falsear” nuestros CVs.

El trabajo/ocupación dejará de estar basado en una relación formal/jurídica para centrarse en relaciones de confianza basadas en soportes digitales. Y esa transición —si no se gobierna con ética, seguridad y transparencia y justicia— puede convertir en un fracaso el que va a ser, sin ninguna duda, el mayor experimento social del siglo XXI.

Cuarta tendencia: el dilema humano

Durante décadas, el binomio trabajo/empleo ha sido el elemento central de la estructura social, facilitando a los individuos su integración social mediante tres elementos: estatus, cohesión y pertenencia. Pero si la IA nos libera (o nos expulsa) de la necesidad de desarrollar las tareas que hemos denominado trabajo/empleo, tendremos que inventar nuevas formas para dotar de sentido a la vida humana. Por debajo, late una pregunta más incómoda: ¿qué haremos cuando este binomio deje de ser el centro de la identidad individual?

Ya estamos en 2026. Es probable que el año no sea una catástrofe en términos cuantitativos (el desempleo va a crecer, aunque no significativamente), pero puede ser el primero de los años en los que constatemos socialmente que lo que nos cuentan sobre nuestro mercado de trabajo no es real. Quizás no sea el año de la catástrofe laboral, pero sí será probablemente cuando empecemos a tomar consciencia socialmente de que producir (hacer cosas) no es lo mismo que contribuir (aportar valor).

En definitiva, un momento en el que, si los conflictos en los que estamos inmersos lo permiten, deberíamos poner los cimientos para empezar un nuevo ciclo. Aquel en el que, convencidos de que el binomio trabajo/empleo va a cambiar de forma radical (tanto en términos cuantitativos como cualitativos), iniciemos la construcción de un nuevo modelo basado en la capacidad humana de adaptación y centrado socialmente en la equidad y la responsabilidad colectiva.

Aunque, con franqueza, no esté muy convencido de ello.