En mi artículo de la semana pasada explicaba que la geopolítica económica ha dejado de parecerse a una partida de bridge y se asemeja cada vez más a una mesa de póker. Los jugadores ya no actúan en parejas estables ni siguen siempre las mismas reglas. Cada uno juega su mano, sube la apuesta cuando le conviene y se retira cuando el coste es demasiado alto.

Cerré el artículo anunciando que esta semana explicaría qué cartas tiene cada jugador. Así que vamos a ello. Lo haremos viendo las cartas buenas y, después, las cartas malas de cada “player”.

Estados Unidos sigue siendo el que dispone de la baraja más completa. Tiene el dólar, que continúa siendo el gran sistema nervioso del comercio y de las finanzas mundiales. Tiene los mayores mercados de capital, capaces de financiar innovación y empresas a una escala que ningún otro país iguala. Tiene las grandes tecnológicas que dominan la infraestructura digital del planeta. Y mantiene el músculo militar, el cual Donald Trump lo está utilizando de modo agresivo cuando no logra, por otras vías, sus intereses.

Pero también tiene cartas débiles. La polarización política interna complica las decisiones estratégicas de largo plazo. El ciclo electoral introduce incentivos a pensar en horizontes muy cortos. Cada cuatro años hay elecciones. Si los republicanos pierden dentro de tres años, pueden cambiar mucho las cosas. Esa es otra carta mala: en Estados Unidos empieza a aparecer una cierta fatiga imperial: cada vez hay menos disposición a asumir el coste de mantener el orden global. Por eso Estados Unidos ya no intenta ordenar todo el sistema. Prefiere elegir sus batallas.

Estados Unidos sigue siendo el que dispone de la baraja más completa, pero China y Europa también tienen buenas cartas

China tiene otro tipo de cartas buenas. Posee la mayor capacidad industrial del mundo y una escala productiva que ningún otro país puede replicar rápidamente. El control del Estado sobre la economía permite movilizar recursos con una velocidad que en otros sistemas sería impensable. Esto es importante. Decide con mucha velocidad y sus decisiones no van a ser cuestionadas ni anuladas por nadie. Su acceso a minerales críticos y a cadenas de suministro completa su buen juego. Esa carta buena lleva, además, tiempo jugándola.

Pero su mano tampoco es perfecta. Depende todavía de tecnología extranjera en sectores clave. Afronta un problema demográfico de gran magnitud. Y la desconfianza internacional limita su capacidad para construir alianzas duraderas. China compite cada vez más en precio y en escala. Su estrategia consiste en convencer racionalmente al consumidor global: cuando la tecnología se vuelve difícil de comparar, el precio decide.

Europa tiene cartas distintas. Es uno de los mercados más ricos del mundo. Posee una industria sofisticada, conocimiento técnico y capital humano. Su estado del bienestar y su estabilidad institucional generan sociedades cohesionadas. Y su poder regulatorio le permite fijar estándares que muchas empresas globales terminan adoptando. El PIB de Europa, aunque parezca poco importante, es muy relevante. Al resto del mundo le interesa el tamaño de nuestro mercado. Y la UE, en sus últimos acuerdos (Mercosur e India), está, precisamente, jugando con esa carta.

Al mismo tiempo, arrastra debilidades claras. Sus procesos de decisión son extremadamente lentos. Las estrategias comunes a menudo se diluyen entre intereses nacionales divergentes. Este es un asunto sobre el cual he escrito estos últimos años. Cuando voy a una reunión de más de seis personas, es difícil tomar decisiones. Imaginen una reunión de 27. El problema es que Europa sigue siendo un reinado de taifas. Los Estados miembros cedimos la política monetaria, pero nos resistimos a ceder la fiscal y la ejecutiva. Acabará llegando, pero será cuando no nos quede otra. La última carta mala es que mantiene dependencias críticas en energía, defensa y tecnología. Europa tiene capacidad económica, pero le cuesta actuar como potencia estratégica.

El sistema internacional ya no puede funcionar con un solo jugador imponiendo las reglas. La partida exige interacción constante entre manos imperfectas

En conjunto, la imagen que aparece es la de una mesa donde ningún jugador posee todas las cartas. Estados Unidos tiene poder financiero, tecnológico y militar. China tiene industria y escala. Europa tiene mercado y normas. Cada uno domina partes distintas del tablero.

La consecuencia es evidente: el sistema internacional ya no puede funcionar con un solo jugador imponiendo las reglas. La partida exige interacción constante entre manos imperfectas. Nadie gana solo.

En el próximo artículo veremos qué cartas tienen otros jugadores que cada vez pesan más en esta mesa: India, Oriente Medio, África o América Latina. Porque en esta partida global no solo importa quién tiene más fichas hoy, sino quién puede cambiar el valor de las cartas mañana.