Pablo Iglesias ha tenido que rectificar públicamente una información falsa que él mismo había difundido sobre la detención de unos agresores: “Fui yo mismo quien recibió de fuentes gubernamentales directas la confirmación”. Es decir, las propias fuentes oficiales le dieron información errónea.
Esto sucede la misma semana en que El País publica un estudio supuestamente académico de las universidades de Valencia que es pura propaganda del gobierno disfrazada de investigación seria.
Este estudio introduce un concepto ridículo llamado “diagonalismo” - que según ellos es cuando la extrema derecha usa discursos que tradicionalmente eran de izquierda. En cristiano: si criticas al poder, da igual desde dónde lo hagas, eres extrema derecha y punto. Es la perfecta justificación intelectual para censurar a cualquiera que se salga del guión oficial.
El estudio se dedica a señalar con nombre y apellidos a un reducido número de personas concretas, como si fueran las únicas que han dado una información específica, que ciertamente habrían publicado toda una serie de medios. Además, una información que, según los propios periodistas, de diferentes medios, provenía de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Es sorprendente porque el propio estudio, que adoctrina sobre desinformación y bulos, comete errores graves en el análisis de los hechos, no aborda cuestiones fundamentales, y crea una especie de lista de personas a las que señala de manera absolutamente interesada y sin rigor. Y esto me parece grave.
Por mucho que nos lo repitan, en mi opinión, en España no estamos ante una “regeneración democrática”. Es la implementación sistemática de un modelo de control informativo que busca que los medios sean correas de transmisión del poder político.
Cuando un gobierno decide quién puede informar y cómo, cuando utiliza la universidad para hacer propaganda, cuando sanciona con millones a los periodistas que investigan, estamos ante un problema democrático grave
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